El aplauso / Tomás Hernández

Indignación y rabia, por no usar palabras más fuertes y quizás más apropiadas, debieron de sentir las víctimas y los afectados por las inundaciones de Valencia. Indignación y rabia al ver a Carlos Mazón en la tribuna abrazado a y por Feijóo, y a la plana mayor de los representantes autonómicos aplaudiendo con fervor y entusiasmo al todavía presidente valenciano, llevándose la mano al corazón y lanzando besos con inocente candidez de niño a la selecta concurrencia. Indignación y rabia.

Feijóo había oficiado el perdón y la imposible justificación en una entrevista con el equidistante periodista Carlos Alsina en Onda Cero. La equidistancia es el manto de cobardía del miserable. Fue en esa charla matutina cuando Feijóo pronunció la palabra consigna: noqueado. El presidente Mazón, sentenció, estaba noqueado. Pero no acabó aquí el escarnio, había que explicarlo. “Estaba noqueado, como cualquier ser humano ante una catástrofe de esa magnitud”, sentenció. “Estaba noqueado, como el político honesto que no aprovecha la desgracia para sacar rendimiento político a cualquier precio”. Pero resulta que Carlos Mazón no era cualquier ser humano, era, y sigue siendo, el ser humano-presidente de una Comunidad que empezaba a morir ahogada mientras él almorzaba en una comida familiar primero, de trabajo después; como presidente de la Generalitat, primero, como presidente del PP valenciano, después. ¡Y qué importa eso! No estaba donde tenía que estar como presidente, no como cualquier persona “sensible”, que dijo Feijóo.

Tampoco es fácil de imaginar a una persona sensible y noqueada, en un almuerzo de tres horas. No sabemos que sentirá el boxeador sobre la lona, pero seguro que no sueña con una fuente de hamburguesas como Carpanta con bocadillos. Y perdonen el humor en un asunto tan bochornoso, pero es que se mueve uno entre la risa y el asco.

Fue el propio Mazón quien coronó la farsa. Emocionado, respondió a los aplausos afirmando que estuvo noqueado -¿cómo rechazar el flotador del jefe?-, pero al frente de la situación en todo momento. Así lo atestiguan las llamadas de su móvil. Que tenga cuidado de que no caiga su móvil en manos del juez destripamóviles.

Pero hubo más aplausos bochornosos el pasado fin de semana. De un dolor distinto, pero de parecida infamia. Sonaron esos aplausos lejos de aquí. En un campo de fútbol, en Riad, capital de Arabia Saudí. Se aplaudió allí a cuatro equipos españoles, que habían viajado al riquísimo país, a un reino medieval que tiene su propio apartheid para las mujeres y los pobres. El Organismo futbolero competente hacía el sacrificio de ese largo viaje para enseñar maneras democráticas a través del deporte. Pero pudimos ver las declaraciones de las mujeres que acompañaban a algunos de los futbolistas, del Mallorca en este caso, indignadas por las vejaciones y el acoso en la calle por su manera de vestir. Eso aplaudíamos por la tarde en el fervor de los goles.

El significado primero de la palabra “aplaudir” es “golpear con ruido”. A eso sonaban los aplausos del fin de semana, a golpes, a ruido sucio.

Tomás Hernández.

 

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