El espectáculo del poder / José María Sánchez Romera

En la primera entrega de la saga de Indiana Jones (En busca del arca perdida), antes de convertirla en un espectáculo ridículo, el hiperactivo arqueólogo persiguiendo un medallón antiguo que actúa como hilo conductor de la primera parte de la película, trata de localizar una antigua amante que pueda proporcionarle pistas sobre su paradero. Para ello el guión lo lleva nada menos que al Nepal donde ella vive regentando un tugurio en el que se organizan apuestas entre bebedores para ver quién cae borracho antes. Indiana Jones aparece allí y tras recibir una liberadora bofetada producto del despecho, entran en tratos por el asunto del medallón. Ido el profesor Jones, aparece un nazi acompañado de unos cipayos nepalíes con el mismo objetivo, pero el arqueólogo vuelve y el asunto degenera en una tremenda reyerta de disparos, intercambios de golpes e incendios que concluye con la huida del nazi y la muerte de sus secuaces. En la escena siguiente el tugurio aparece ardiendo por completo y la ex –amante le grita a su salvador: “¡Indiana Jones eres único para entretener a una dama!”.

En España los políticos son Indiana Jones y los ciudadanos la dama y no se les puede negar desde luego su capacidad para distraernos, mientras se calcinan nuestras energías, con grandes dosis de espectáculo y estruendo, que siempre preceden a la vacuidad más absoluta. En esta ocasión ha sido una especie de juego del ratón y el gato, con censores censurados y súbitos abandonos de escena para aparecer por otra puerta (giratoria, pero no para salir sino para quedarse), nos ha dejado a todos estupefactos. Nunca el juego político en corto y la descarnada lucha por el poder había sido retransmitida en directo. El discreto encanto de la conspiración suplantado por el cuchillo en ristre a la vista de todos. Tampoco del nivel medio reinante cabe esperar mayores sutilezas, ni El Príncipe parece animar la voracidad lectora de quienes ejercen el poder en nuestro sufrido país.

Aunque, en realidad, todo esto carece en último extremo de mayor importancia porque siempre ha sido igual, sólo que, como en casi todo, por simple educación, la gente antes era más discreta. Hoy todo es presa de las redes, disculpen el vulgar juego de palabras, y las grandes páginas digitales viven en un turbión de noticias que se solapan vertiginosamente unas con otras buscando el mayor número de clics posibles que garanticen la viabilidad económica del negocio, aunque no sea más que para que la redacción pueda sobrevivir de forma medianamente digna. Se debe reconocer que hoy día el periodismo es oficio de héroes.

Mucho más importantes son las constataciones que estos hechos, inéditos en cuanto a la pérdida de todo disimulo, nos proporcionan. Si los devotos de la extensión del intervencionismo público siguen creyendo que cuanta más burocracia, más normas intrusivas y más aparato político, es el medio para producir el bien a las personas, es que también siguen creyendo en los Reyes Magos. Si hay quien piensa que el estado reparte mejor y más justamente la riqueza que el trabajo de cada uno genera, en imprescindible colaboración con otros, es que tiene los ojos cerrados a la realidad. El grave vicio de la petición de principio que una noción antropomorfa del poder entraña como predeterminada a proporcionar a cada individuo una suerte mejor de la que él mismo puede CONSEGUIR, no sufrirá una refutación más profunda que los hechos vividos en los últimos días.

Nada supera o mejora a la libertad y al orden espontáneo. Si la historia nos enseña algo es que los estados fuertes de vocación holista, si llegan a tener algún éxito, es fugaz y aparente. Ni el autoritarismo de los zares blancos ni el de los zares rojos sacaron a Rusia del atraso, la fortaleza política de aquellos sistemas no se tradujeron nunca en la prosperidad de sus gentes, sino en la preservación de sus élites. De Napoleón, sólo se puede hablar bien por sus anécdotas o frases, sus hechos dejaron, tras un fulgor engañoso, una Francia devastada. Hitler redimió a los alemanes de la humillación de Versalles para arrojarlos más tarde a la más completa devastación. Sólo los países que han disfrutado de libertades económicas y políticas prolongadas en el tiempo han alcanzado grandes y generalizadas coberturas de prosperidad. Especialmente la libertad económica, premisa de todas las demás, es como el cuello de nuestro cuerpo, si se presiona en exceso sobreviene la muerte. Por ello confiscar por principio atiende a la misma lógica que supondría imponer a los japoneses hacerse el hara-kiri por el mero hecho de su nacionalidad. Pero lo cierto es que para poder afirmar todo esto basta simplemente con repasar la historia. Las ideologías políticas redentoras sólo han mejorado la vida de sus promotores y si la patria es el último refugio de un canalla, la impostada búsqueda del bien común da cobijo a muchos logreros.

Si el estado como expresión teórica de la materialización de los actos de poder, debe aceptarse como un mal menor, para llegar a constituir un bien ha de actuar con capacidades limitadas que afecten los menos posible a la vida de los individuos. Porque la justicia no proviene del poder, la justicia es un acto deliberativo incompatible con la coerción inherente al estado. Con el poder no se negocia ni se establecen condiciones, el poder dicta normas y las normas para cumplirse requieren de la fuerza y a ésta solo cabe oponer para la defensa, una fuerza equivalente. El choque de ambas entraña de forma apodíctica violencia. Sólo un poder contenido puede asegurar la paz perpetua.

José María Sánchez Romera.


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