El estado de la emoción / Tomás Hernández

Republicano como es uno por convicción, ideología y corazón, me sentí orgulloso estos días por las palabras del rey Felipe VI en la Asamblea de la ONU. Los exquisitos de la semántica andan ya en disquisiciones sobre si pronunció, dijo o no dijo, la palabra genocidio. La denuncia que el rey de España hizo contra la masacre y el exterminio del pueblo palestino y contra el gobierno de Israel fueron palabras rotundas, contundentes y claras. Reparó la intervención del rey el bochorno del día anterior con la actuación del bufón “pelodepaja”, el republicano presidente de los USA. ¡El Señor se apiade de ellos! ¡Y de nosotros! Se comportó el Trump con los modales y el lenguaje del bravucón de taberna, sin pistolón en la cartuchera. Por ahora. Felipe VI restableció la dignidad que la Asamblea, y el mundo entero, había perdido el día anterior.

También habló Pedro Sánchez sintiéndose triunfador; fue el primero en Europa en la denuncia, sin tapujos, del genocidio. Insistió en la privilegiada situación económica en que las principales agencias sitúan a nuestro país. Y ahí, el esqueleto emotivo crujió un poco. Tendremos una macroeconomía que va como un cañón, así creo habérselo oído decir. Quien no entiende la factura de la luz o el agua, como yo, no puede hablar de esas cosas de alta economía. Pero en esa situación tan boyante, la vivienda es una angustia, una frustración y un desasosiego incesante para los jóvenes y bastantes viejos tan bien. La vivienda es un derecho social. Vivienda digna. Está en la Constitución. El rincón donde vivir y compartir la vida no es un bien de mercado, es una necesidad. Si las CCAA del PP no aplican las leyes que pretenden protegernos contra la especulación inmobiliaria, que el gobierno socialista y su suficiente minoría parlamentaria obliguen al cumplimiento de la ley, como ya se hizo contra los independentistas catalanes. El artículo 155 era, ¿no?

En tanta prosperidad tenemos salarios de país pobre; de los más bajos entre los países de la CE. La brecha entre los más pobres y los más ricos crece a velocidad de escándalo y escandalosas son las ganancias del monopolio bancario, las eléctricas, laboratorios farmacéuticos, que escuchamos con asombro sin poder calcular siquiera cifras tan galácticas. Así que para algunos españoles y españolas, señor presidente, la bonanza económica no va como un cañón, es, más bien, la amenaza de una bala en la sien.

Tienen lugar estos días sesiones parlamentarias sobre el estado de la región, el país o la autonomía. A poco que se mire la tele, hemos visto los pasajes memorables de esas intervenciones. La altanería estrafalaria de Ayuso. “Cráneo privilegiado”, diría don Ramón María del Valle-Inclán. No hablo de los asuntos debatidos, eso es lo de menos, hablo de la desazón emocional que produce oír las cosas que salen de la boca de una gobernante con tanto poder y responsabilidad. Podría irse de cañas con sus troncos Trump y Meloni por los bares de Madrid.

En Valencia compareció Mazón, y eso no es ya desajuste emocional, es rabia y asco. Es imposible mirarlo sin ver los ahogados en sus ojos. En esa sesión parlamentaria se despide el asesor áulico Gan Pampols. Después de un año de afanada asesoría, el general llega a la conclusión de que lo que falló el día de la dana fue la autoprotección individual. O sea, que los ahogados ese día lo fueron por descuido propio, no porque un innombrable no estuviera en el lugar donde debería haber estado. Hay doscientas veintinueve personas muertas por descuido y una región arrasada por el dolor y la pérdida todavía.

Mientras consultaba la relación del salario medio español con otros países europeos, encontré, por azar, que ocupamos también un lugar privilegiado en el consumo de ansiolíticos. Algo había oído, pero al encontrar los datos esta mañana, pensé en el estado emocional de “esta meva, pobra, trista, dissortada patria”, que decía Salvador Espríu de su Cataluña natal, durante los años en que no podía publicar en su lengua materna. No sé si habrá aumentado en estos años últimos el consumo de tranquilizantes en este imperio del insulto en el que nos quieren acostumbrar a vivir. Desde la ofensa atroz y amenazante de Tellado, el cavador de fosas, al acoso judicial y mediático a las instituciones, gobierno, fiscalía, tribunales superiores de justicia. Y no son tan minoría como dicen.

Lo dicho: Salud y república. ¡Palestina libre ya!

Tomás Hernández

 

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