El funeral de Montesquieu / Tomás Hernández

Conmemoramos estos días, 6 de diciembre, el referéndum que aprobó la Constitución de 1978. Ha pasado casi medio siglo ya y la Constitución va adquiriendo un valor de texto sagrado, palabra revelada e intocable. En cincuenta años la sociedad cambia y parece lógico que algunas de las leyes fundamentales deberían ajustarse a esas transformaciones. La Constitución no es la Biblia. ¡Qué maravilla el fervor con el que Marcelino Mayor Oreja defendió el valor histórico de la Biblia! A mí me emocionó ese fervor. Considero la Biblia quizá el libro más completo. En él están todos los géneros. Pero no es momento de divagar sobre las maravillas que encierra. La declaración de don Marcelino se hizo desde la tribuna del Senado, una de las dos cámaras del Parlamento. Y quizá no fuera el lugar más idóneo. Iba a proponer una iglesia, pero ni siquiera, porque la Iglesia ya transige en una creación en diferido.
La Constitución Española establece los tres poderes que definió el barón Michel de Montesquieu: legislativo, hace las leyes, ejecutivo, las aplica, y judicial, vela por la imparcialidad en la práctica de las leyes. Pero, el tiempo también ha cambiado desde que Montequieu escribiera su “Espíritu de las leyes”. Qué ajustado título, ¿verdad? Porque la ley no es sólo la palabra esculpida, es también el espíritu que la sostiene, la piedad sobre la venganza, la verdad sobre la mentira.
Los tres poderes andan hoy alocados y revueltos, pese a la advertencia del barón francés sobre la necesaria independencia entre ellos. Se tambalean los parlamentos por la llegada de los bárbaros, como en esas películas donde los senadores de Roma se pelean entre ellos y a lo lejos arden las hogueras del enemigo. Hoy se firman sentencias que lo dejan también tambaleante a uno. Sirva de ejemplo la última del Tribunal Constitucional. Condena al gobierno por haber ordenado el confinamiento durante la pandemia. Desconozco la sentencia, su fundamento jurídico y su espíritu, si es que lo tiene, Pero recuerdo el miedo, los zapatos a la entrada de la casa, la incertidumbre de si se lograría una vacuna a tiempo, el contagio, las mascarillas, las calles desoladas, engrandecidas, llenas de un poder y un miedo invisibles. Toda Europa se confinó. Ningún gobierno ha sido condenado por hacerlo, salvo España. ¿Adivinan quiénes fueron los denunciantes? Pues ganaron. Y van ganando, lo afirmó Mayor Oreja con orgullo.
Sobrarían los ejemplos sobre los bochornosos juicios y sentencias de algunas señorías. Las leyes no se promulgan en el Parlamento, las sentencian los tribunales, algunos de ellos envilecidos. Poco queda de los ejemplares poderes de Montesquieu y su independencia. Y hay poderes nuevos que el pensador francés no pudo imaginar. Un devastador ejército de papel y relampagueo de pantallas donde la mentira  vale tanto como la verdad en una equidistancia en boca de miserables.
Y el mal, como aquella pandemia del miedo, se va extendiendo. También en “nuestra madre España, / este país de todos los demonios”, que decía Gil de Biedma en ese desolador poema donde deja, sin embargo, una puerta a la esperanza: “Que es tiempo aún para cambiar su historia / antes de que se la lleven los demonios”. Pues eso, el que pueda hacer que lo haga. Y pronto.
Tomás Hernández
 

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