En torno al año 342 a C. nace Epicuro en Samos, en la antigua Grecia; aunque fue en Atenas donde estableció su famosa escuela conocida como El jardín. Su filosofía, como otras de la época, se orientó principalmente hacia las personas, hacia el establecimiento de pautas que ayudaran a lograr una vida buena, una vida aceptablemente feliz.
Por lo que hace a su interpretación de la realidad, Epicuro defendió el atomismo mecanicista establecido por Demócrito. Según esta cosmovisión todo es explicable por la materia y el movimiento o cambio físico. No hay más realidad. Incluso el alma, mente o psique es de naturaleza material. Como diría, siglos después, Gilbert Ryle: No hay fantasma en la máquina. Si esto es así, la felicidad de las personas no puede orientarse a un fin no físico o trascendente. La felicidad ha de ser aquí, en este mundo material y en mí.
Entendía Epicuro que, en consecuencia y ateniéndonos a nuestro carácter exclusivamente material, la felicidad no puede consistir sino en el placer, la hedoné. El materialismo supone por coherencia una filosofía práctica de corte sensualista. Esto no debe inducir a engaños, sensualismo aquí hace más bien alusión a sentir bien.
¿Cómo ha de entenderse, pues, el placer? Epicuro concibe el placer fundamentalmente como ataraxia. Este concepto viene a significar algo así como tranquilad de espíritu, paz mental o ausencia de perturbaciones anímicas. Por su puesto el placer entendido como ataraxia requiere también de la aponía o ausencia de dolor físico. Si queremos una vida placentera, agradable o feliz, tendremos que trabajar ambos aspectos. En consecuencia, todo aquello que facilite o promueva el placer será entendido como una buena actividad, pauta o actitud; por el contrario, todo aquello que nos perturbe o nos genere dolor habrá de ser considerado como algo a evitar.
No obstante, conviene aclarar que, si bien en términos absolutos (sin relación a otra cosa), el placer siempre ha de ser perseguido y el dolor siempre ha de ser evitado; en términos relativos, no. El fin último es la hedoné, sí; pero si para lograr un placer hemos de padecer un dolor menor, bienvenido sea el padecimiento, esfuerzo o sacrificio; del mismo modo, si para evitar un dolor mayor hemos de renunciar a un placer, merecerá la pena la renuncia. Se nos recomienda, pues, reflexionar para echar bien las cuentas. En eso consiste la phrónesis o sabiduría práctica: saber elegir en nuestra vida para que sea lo más placentera posible. No es amiga esta filosofía de los actos impulsivos que no prevén las consecuencias.
Precisamente su famosa Carta a Meneceo (recogida por Diógenes Laercio) comienza con una invitación a ejercitar la reflexión en nuestra vida. Deben filosofar tanto el joven como el viejo; éste para que rejuvenezca en su vejez en los bienes por la alegría de lo vivido; aquél para que sea joven y viejo al mismo tiempo por su intrepidez frente al futuro. Y es que la racionalidad forma parte de nuestra naturaleza; atiende, pues, a tu naturaleza reflexiva y ponla al servicio de tu felicidad.
Continúa la carta con cuatro recomendaciones que, a su juicio, sabiamente asumidas nos allanan el camino para la lograr la ataraxia y disfrutar así de una buena vida. Estos cuatro consejos son conocidos como el tetrafarmakon:
Primero, si es que lo padeces, libérate del temor a la divinidad y al otro mundo, da paz a tu vida. Epicuro no llegó a negar la existencia de los dioses (tal vez así se evitaba problemas, quién sabe); pero sí que afirmó que estos no pueden ser como la gente los considera, que con sus vanas presunciones hacen derivar de ellos los mayores daños y beneficios. No, no puede ser este temor el que oriente nuestras acciones. Frente a esto, Epicuro nos diría: piensa, reflexiona y basa en ello tu elección. Recordemos que, para Epicuro, todo es de naturaleza material. No hay inmortalidad del alma, solo una descomposición o un nuevo resolverse de los componentes materiales. No hay premios ni castigos divinos. Tú resuelves, tú decides y tú serás o no feliz. De ahí el valor de la prudencia o sabiduría práctica.
¿Pero qué decir de la muerte? ¿No es este otro de los grandes temores de la humanidad? ¿No es fuente constante de pesar y tristeza? Tiempo perdido es el pensar en la muerte, nos diría Epicuro. Si reflexionamos caeremos en la cuenta de que la muerte no es una realidad que nos afecte ya que todo bien y todo mal están en la sensación y la muerte es pérdida de sensación. No se refiere Epicuro al proceso de morir sino al estado resultante. Supone más bien la afirmación de que nada hay terrible en el no vivir. Desde esta perspectiva, el temor hamletiano a un más allá no tiene sentido pues mientras somos, la muerte no es; y cuando ésta es, nosotros ya no somos. Disfruta, pues, de lo que tienes: tu existencia.
Acepta también que no tenemos pleno control sobre todo lo que acontece, pero sabiendo que tampoco somos esclavos de un destino. El futuro no es nuestro ni completamente no nuestro. Reflexiona, elige y actúa; pero sin esperar ni desesperar por algo en demasía, pues no todo está en nuestro poder.
Y por encima de todo, conoce la naturaleza y origen de tus deseos. Distingue entre ellos. Algunos son naturales y necesarios, así que atiéndelos; otros naturales, pero no necesarios y otros ni naturales ni desde luego necesarios. No sufras por ellos. Sólo aquellos deseos que responden a unas necesidades verdaderamente naturales y verdaderamente necesarias nos deben preocupar. Los demás, si buena y sabiamente se les puede dar satisfacción, perfecto; pero de no ser así, no nos debemos perturbar. Hoy diríamos frustrar. A menos deseos, más libertad, más autosuficiencia y más felicidad.
Compartamos o no su visión materialista, en tiempos de consumismo, fanatismos e indolencia, atender los consejos de Epicuro puede ayudarnos a distinguir lo importante de lo accesorio, lo esencial de lo interesadamente generado por otros. Nos ayuda a recordar que el control sobre nuestra vida lo debemos ejercer nosotros mismos y que ejercitar la prudencia en las decisiones siempre supondrá un bien.
Así hablaba Epicuro al pasear por su Jardín.






