El lado correcto y otras historias / José María Sánchez Romera

El viejo Kant salía en ocasiones de su espesura lo suficiente para expresar con sencillez poco habitual en él que “los Estados tratan una y otra vez de menguarse o sojuzgarse entre sí” y ante la evidencia de que no hay paz que genere ahorro suficiente para costear la siguiente guerra (el ingenioso recurso a la deuda pública termina destruyéndose a sí mismo), debería ser el pueblo, que es quien paga las consecuencias, no los jefes, quien decida sobre si debe haber guerra o no. Estas aspiraciones kantianas como tantas otras no se han visto realizadas y la cruel realidad de la guerra decidida por unos pocos ha sido la cotidianidad de la raza humana. Por tanto, la guerra puede generar múltiples sentimientos menos el de la perplejidad, nunca ha dejado de producirse, siempre ha sido un acontecimiento inacabado.

Desde la Antigüedad las guerras se distinguían por ser justas o injustas, una distinción que ha ido evolucionando hasta lo que el derecho internacional moderno ha definido como “guerra justa”, que es la sometida a estrictos parámetros de ser en legítima defensa, proporcional, respeto y ayuda a la población civil, el no empleo de medios devastadores, etc. Cumplir todas las condiciones no pasa de ser un desiderátum teórico ya que las circunstancias de cada conflicto son distintas, al igual que sus motivaciones, y la posibilidad llevar a cabo ataques quirúrgicos, pese a la constante sofisticación del armamento, no es garantía de nada. Tal vez por eso se ha traído desde el activismo político la noción de “lado correcto de la historia” para tomar partido en los conflictos armados con lo cual se ha conseguido, nada inocentemente, ideologizar el debate para sacarlo del juicio que merecen los actos de cada uno de los contendientes. Así el lado correcto se convierte en una posición estática y determinista que pretende congelar la historia y reforzar una posición “a priori” como su ya nada de lo que ocurra o se conozca en el futuro pueda desmentir el criterio así establecido. Pero, bajemos el balón al pasto, que diría el gran Di Stéfano, con ejemplos.

¿Cómo se determina el lado correcto de la historia en el caso de las relaciones entre la URSS y Alemania (Stalin y Hitler) que primero fueron aliados repartiéndose Polonia y luego enemigos cuando Hitler rompió en 1.941 el pacto entre ellos? El contraataque soviético fue justo porque fue la parte agredida, pero ¿resultó proporcional y necesario arrasar media Alemania, provocar miles de víctimas civiles hasta llegar a Berlín y reducir la capital a escombros cuando carentes ya de defensa Hitler no era más que un demente moviendo tacos de madera en su búnker creyendo que eran ejércitos? Recuperado su territorio y expulsados los alemanes continuar la guerra podría calificarse como cruel e innecesario, pero será muy difícil encontrar una opinión así en la historiografía. ¿Dónde está el punto exacto de equilibrio que nos marca el lado correcto de la historia? Está claro que con el presentismo hoy imperante será difícil que el comportamiento de los soviéticos pudiera merecer el privilegio de situarlo en el lado correcto de la historia.

Podríamos preguntarnos si nuestra pasividad ante la dictadura de Nicaragua, el régimen del usurpador Maduro, la represión de China sobre los uigures, los cientos de miles de tutsis masacrados o los también centenares de miles de muertos en Sudán, nos sitúa en el lado correcto de la Historia. Si la UNESCO, organismo dependiente de la O.N.U., estuvo en el lado correcto de la historia homenajeando en 1987 al dictador comunista Ho Chi Minh, responsable de la muerte de muchos miles de personas y que nos permite cuestionar con fundamento la solvencia de algunos informes de Naciones Unidas. Desde luego no se está en el lado correcto cuando se escudriñan “techos de cristal” en las sociedades occidentales mientras no se dice nada de la situación de las mujeres en países como Afganistán e Irán o se olvida que en la agresión rusa a Ucrania han muerto miles de civiles y hay millones de desplazados. Por eso la indignación selectiva ante la injusticia, sentida o fingida, según quien la cometa, es inaceptable. Resulta curioso que se nos quiera moralizar imponiéndonos un determinado lenguaje y no por aquello que los hechos demuestran, acusando de inmoralidad y falta de empatía en función de las palabras que se utilicen para describir las cosas. No deja de ser paradójico que los defensores del igualitarismo se autoerijan en mejores personas que el resto de los que no piensan como ellos. Ante ello, es legítimo preguntarse qué clase de igualdad es la que promueven.

Más que Palestina e Israel, que no dejan de ser líneas en un mapa, son los palestinos y los israelíes quienes tienen el derecho a una coexistencia pacífica y deben encontrar las fórmulas que la garanticen a ambos, ese y no otro es el lado correcto de la historia. Han ocurrido tantas cosas trágicas que buscar un solo culpable con fines propagandísticos es banalizar tanto sufrimiento, tanto como equiparar a los descendientes de los seis millones de víctimas del Holocausto con los nazis. Hasta para el agitprop, una forma exacerbada de mentir en política, debe respetarse un mínimo poso ético.

 

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