El rapto de Europa / José María Sánchez Romera

Como en aquella escena de El Padrino II en la que el abogado de Michael Corleone gritaba con el mayor cinismo que el Comité de Senado había difamado a su cliente por haber acusarlo de ser un gánster, la Unión Europea, esa falsa representación de la ciudadanía que deseábamos compartir, reaccionó enojada por las palabras que el Vicepresidente de los USA, James D. Vance, les dirigió en el marco de la Conferencia de Seguridad de Múnich (un lugar que sólo podía traer oscuros presagios). Leído el discurso completo se llega a la conclusión de que la reacción ha sido bastante impostada, amplificada por los medios con mayor capacidad para difundir mensajes, los cuales, según se ha hecho mala costumbre, han cogido el rábano por las hojas para complacer al poder político, pues, total, el que paga manda. ¿Tenía Vance razón en todo lo que dijo?, pues en gran parte sí y las apresuradas e inútiles reuniones posteriores de los dirigentes de la UE lo demuestran. La cuestión es que hemos podido ver según pasaban los días que ese diagnóstico, poco controvertible, era a la vez una cínica excusa para justificar el “delenda est Europa” que parece haber decretado Trump, haciendo un uso avieso de la verdad como coartada. Una verdad degradada a cuestión de conveniencia donde la propia estupidez de quien la desvela se quiere presentar como una muestra de sinceridad.

Sin embargo, el mayor problema que puede tener Europa es negarse a asumir sus carencias, empezando por no reconocer que las tiene, y muchas, en ámbitos esenciales vitales en el mundo de hoy. Y probablemente sea el peor no reconocer que se ha ido configurando una idea de democracia muy parecida a aquel viejo despotismo ilustrado en el que las legítimas inquietudes y formas de vida de millones de personas son despreciadas como propias de gente incivilizada e ignorante. El liberalismo de la igualdad ante la ley y la legitimidad de la opinión razonada expuesta pacíficamente en un debate abierto, para que sea democrático, ha ido cediendo en beneficio de un elitismo burocrático que ha tratado de construir social y económicamente una Europa completamente artificial, destruyendo concienzudamente sus sectores primario y secundario, que es tanto como cortarle a un cuerpo los pies y las manos. El rapto de Europa ha venido del conjuro que pone las palabras sobre las cosas, del sometimiento de la realidad a la ideología mediante la invocación de objetivos abstractos que han ido deteriorando el presente y destruyen el futuro. Por supuesto, tanta aparente perfección teórica no es óbice a que la distribución del poder y sus compensaciones materiales respondan a la más ruda expresión de pragmatismo. Las manifestaciones más básicas de la sociedad y la economía, esos “pequeños pelotones” de los que hablaba Tocqueville, han sido sistemáticamente acorralados por normas y regulaciones cuyos destinatarios van reaccionando en una peligrosa oscilación pendular que quienes han sido sus causantes tratan de demonizar invocando una democracia liberal que no han dejado de destruir, incluso en términos semánticos, como a los mismos fines en otros tiempos se usó la palabra “burguesía”. Imitando los peores resortes del totalitarismo se ha conducido a la sociedad europea a un dualismo de inocentes y culpables en función de que se acepte o no la sumisión a ciertos dogmas cuyo simple cuestionamiento hace perder, como si fuera una cualidad intrínseca, la condición de europeo. Se ha traicionado a quienes forjaron nuestros mejores fundamentos intelectuales, dígase Montesquieu, Hegel o Kant, en sus concepciones sobre el Estado de Derecho, la separación de poderes o el derecho de propiedad, ¡qué sabrían ellos de eso comparados con los “apparatchiks” con residencia en Bruselas! Imposible no imaginar los progresos derivados de ese histórico descubrimiento que ha desvelado el inescindible vínculo entre tapón y botella, dejando reducida “Crítica de la Razón Pura” a los desvaríos insomnes de un aficionado.

Hay en estos días una enorme preocupación por la ruptura de “statu quo” salido de la Segunda Guerra Mundial, se extiende la sensación de una reordenación del poder global en la que se dividirán tres zonas de influencia entre norteamericanos, rusos y chinos. Antes que nada, debe recordarse que el mundo partido en dos bloques salido de Yalta, rememorado como alternativa al paralelismo presente con el siniestro Pacto de Múnich, ya desapareció en los años ´90 con el hundimiento de la parte que conformaban los países del Telón de Acero. Los treinta y cinco años posteriores han visto un mundo unipolar bajo la égida de USA convertida en el gendarme del mundo. Su decadencia paulatina y las contradicciones internas de la hasta ahora gran potencia liberal del mundo la han debilitado enormemente, sobre todo, pero no solo, en el plano económico. Trump ha significado, entre otros errores no atribuibles al actual ocupante de la Casa Blanca, una explosión nacionalista que se rebela frente a una decadencia percibida como el efecto de haber sido un gigante ingenuo del que todos se han aprovechado. “América primero” o “Hacer grande América de nuevo” responde a ese sentimiento que ha prendido tan fuerte como para llevar de nuevo a Trump, un intervencionista muy alejado del liberalismo clásico, a la Presidencia de los USA. El nacionalismo es, como todo lo extremo, una pésima idea para evitar el hundimiento, todas las experiencias, democráticas o autoritarias, han terminado en fracaso. Las más de las veces el nacionalismo es la idealización de un pasado que, como el recuerdo de la juventud, añora lo que nunca fue.

No hay paradigmas eternos, las hegemonías son pasajeras, todos los sistemas terminan siendo sustituidos por otros, de hecho, suelen abrigar en su interior el germen de su final, y los equilibrios siempre son desequilibrios no percibidos durante un tiempo. Ahora bien, esas constataciones, por más ineludibles que se nos presenten, no justifican que las naciones del mundo se repartan como hacen los hampones con los barrios, precisamente cuando se afirma por el Sr. Vance que un nuevo sheriff ha llegado a la ciudad.

José María Sánchez Romera

 

También podría gustarte