La revista de Almuñécar y la Costa Tropical

El tímpano me va a reventar / Luna Fernández Muñoz

 

Carpeta J. Celorrio

El tímpano me va a reventar. El sonido metálico de esa campana no solo se oye; me está empujando.

Casi tres años, ensuciándome durante doce horas diarias. Tres años pensando en unas manos que hoy no sé dónde están, y en unos ojos que cada día espero volver a mirar. La hermana Moira me lo arrancó del vientre y, más tarde, del pecho.

Me he levantado a las seis de la mañana, me he puesto este maldito saco pardo y me he lavado la cara. Ni siquiera me he peinado, porque hace una semana me rasuraron la cabeza. A la hermana Moira no le gusta que pregunte, pero yo no puedo evitar preguntar por mi criatura. La hermana Moira dice que debo sentirme halagada; que Dios me ha elegido y me ha dado la oportunidad de purgar mis pecados. Maldita sea ella y su cruz de mierda.

La sala huele a humedad, pero, bendito sea el olor a humedad, comparado con el olor a jabón y a los vapores de la sala de limpieza. He estado doce horas recogiendo ropas, frotándolas y enjuagándolas. Doce horas lavando las sábanas de la escuela industrial que linda con este maldito lugar. Doce horas lustrando las cofias de estas malnacidas. Doce horas sintiendo cómo me ensucio mientras limpio.

Ayer por la mañana nos tocaba ir a misa. El Padre Sullivan arrastra cada palabra con un tono indescriptiblemente serpentino; el mismo que debió usar el ofidio que habló a Adán y a Eva. Me pone el vello de punta, así que siempre intento mirar de reojo a las muchachas. Mis compañeras y yo no podemos hablar, pero siempre encontramos la forma. Ayer, Aíne me dijo que, en el momento de llevar las sábanas a la escuela industrial, había conseguido hablar con dos de las chiquillas. Aíne les preguntó por mi pequeño Darren; les habló del lunar que tiene en la cara y cuánto tiempo hacía que no lo veía. Las chiquillas no sabían nada de él, pero le dijeron que, hoy, en el cambio de turno, puedo encontrarme con ellas en la azotea que pega a la lavandería.

Después del planchado, he salido hacia el patio trasero, mientras mis compañeras iban al comedor. Yo tengo los intestinos como dos culebras; esmirriadas y temblorosas, pero una sopa de tomate y una papa cocida no van a solucionar nada. Cuando he abierto la ventana, el aire helado se me ha colado por la sien y me ha traído ese olor a húmedo que tanto me gusta. La escuela industrial queda a unos metros, pero la azotea queda más a mano, si consigo subir al murete que rodea esta casa del infierno. He llegado al lugar indicado, pero, cuando han pasado diez minutos, he visto a dos chiquillas caminando por el jardín. Una de ellas tenía los ojos rojos. Una monja caminaba tras ellas con una fusta y una cuchilla abierta. Una de las niñas se ha vuelto ligeramente; sabía que me estaba buscando… pero la reverenda (reverenda hija de …) le ha azotado los tobillos rápidamente y han entrado en la capilla de la Escuela.

Uno. Cinco. Diez. Han pasado los minutos, pero no aparece nadie. La humedad ya me ha calado este saco y se me está colando en los oídos. En este tiempo, he escuchado algunos golpes. Las chiquillas no iban a llegar. Sin embargo, yo ya no puedo volver al comedor. Ha empezado el revuelo y la luz del pasillo se ha encendido. No puedo volver. Sería demasiado arriesgado y la hermana Moira lleva varios días bastante agria. No puedo volver. Me descuelgo por el murete y me arrastro junto a él con la esperanza de llegar pronto a los setos que hay antes de la valla. Ha empezado a llover y el sonido del agua disfraza los zapatazos que doy, nerviosa, sobre la hierba. Me falta solo diez metros para alcanzar los setos, cuando veo, sobre el murete, dos ojos mirándome. Unos ojos enrojecidos de llanto, pero también, de la sangre que patina sobre una cabeza rapada; llena de trasquilones. El terror que me inunda da paso a la admiración y, después, a una eterna gratitud. Esos ojos, llenos de miedo y remordimiento, reflejan las luces de la lavandería, que se abren, iluminadas, como la boca del mismo Leviatán. Esos ojos, llenos de una inocencia que había sido rota, me dirigen hacia la manita que la chiquilla ha conseguido pasar sobre el murete. En ella, una nota de papel. Tan rápido como agarro la nota, desaparezco detrás del seto. Y corro, entre la oscuridad de estas calles desiertas, con el saco calado.

Y es entonces, que recuerdo que tengo la nota en la mano. La abro con ansiedad, y leo la letra de una mano temblorosa: “Darren. Madrid”. No hay más. Suficiente. Ding. Dong. Las campanas empiezan a sonar. La hermana Moira debe de estar furiosa. Y yo, mientras corro, sonrío de que así sea. El tímpano me va a reventar. El sonido metálico de esa campana no solo se oye; me está empujando.

Monumento a las «Magdalenas» en la ciudad de Galway, Irlanda. Fuente: Murphy, William en Flickr.
La oscura historia de Irlanda ha tenido dos monstruos a su paso. Por un lado, la imposición del Imperio Inglés, que durante siglos ha frustrado el desarrollo de una cultura y una sociedad que ha luchado por su independencia. Por otro, el monstruo omnipresente en la historia de cada país: La presencia y el peso de la Iglesia Católica que, lejos de ser un apoyo a esa independencia, ha utilizado sus tentáculos para controlar la educación, la sociedad y la economía.

En 1765, la filántropa irlandesa Arabella Denny, fundó el primer “Asilo de Magdalena”, destinado a asistir a prostitutas y jóvenes protestantes, a las que se ofrecía un trabajo a cambio de techo y comida.

Que la mujer ha sido un colectivo a merced de la Iglesia, y que el control sobre su cuerpo y su vida se lleva aplicando desde que Lilith decidió consagrarse ella sola, es algo que no debemos olvidar. Las Hermanas de la Misericordia, congregación fundada por Catalina MC Auley en Irlanda hacia 1831, y que hoy día cuenta con miles de religiosas dedicadas a sus fines, comenzaron a hacerse cargo de esos asilos que el Estado Irlandés (en realidad inglés, por aquél entonces) había usado como refugio para prostitutas. Las buenas monjitas avistaron el negocio, y, bajo la indulgencia del Estado, se hicieron con el control de esos asilos. Sin embargo, las llamadas “Magdalene Laundries” han funcionado como prisiones legales para niñas y mujeres, cuyo pecado no era otro que el haberse alejado de la gracia de Dios; ya fuese por tener relaciones (consentidas o no) previas al matrimonio, mostrar un carácter demasiado extrovertido o liberal, o bien, haber sido repudiada por su entorno. Mujeres violadas, mujeres con discapacidad intelectual o física, o mujeres cuya orientación sexual se alejaba de la norma católica, eran enviadas a aquellos edificios en los que trabajaban de sol a sol, limpiando, secando, planchando y transportando tejidos, que luego eran utilizados por las propias monjas o servían de ropa de hogar en las Escuelas Industriales, que a menudo se situaban junto a las laundries, y que no eran más que orfanatos/reformatorios que se extendieron por todo el terreno anglosajón a partir del siglo XIX. Muchos de esos bebés y niños/as eran los propios hijos e hijas de las magdalenas, a quienes les arrebataban a sus criaturas nada más nacer. Algunos se metían en estos orfanatos; otros, eran dados en adopción o enviados a otras ciudades. Los que tenían menos suerte, eran directamente asesinados.

Marina Playa

Las Magdalene Laundries eran instalaciones en cuyos muros se desató el infierno de muchas mujeres que, engañadas o forzadas, entraban para trabajar en un estado de esclavitud, y a las que se les evitaba contacto con el exterior, así como hablar entre ellas. Esta vergüenza, que salió a la luz oficialmente en 1993, cuando se encontraron los restos de más de 150 mujeres en el terreno de uno de estos edificios, ha perdurado durante más de doscientos años de forma totalmente legal, contando con la colaboración y subvención de numerosas y famosas empresas e instituciones.

El paralelismo con España es apabullante. Durante el franquismo, y con la total colaboración y protección que ofrecía la Santísima Iglesia, el Patronado de Protección de la Mujer humilló, maltrató y condenó a toda aquella mujer que saliera del margen moral católico, y diferentes órdenes se encargaron del destino de cientos de bebés que aún, hoy día, buscan a sus familias. Sin embargo, y pese a las numerosas pruebas que existen, la institución más sangrienta de la Historia sigue negando la realidad de estas mujeres, cuya valentía ha permitido que algunas de ellas declaren y relaten todo lo que vivieron tras esos muros. Tanto en España como en Irlanda, aún esperamos una reparación justa y real de un pasado que NO debemos perdonar, ni tampoco olvidar.

Luna Fernández Muñoz
Miembro de Unidas Podemos por Almuñécar La Herradura y de la Coordinadora Andaluza de Izquierda Unida

Referencias:

[Justice for Magdalene Research] (s.f.) de http://jfmresearch.com/

[Web oficial de las Hermanas de la Misericordia] de https://www.sistersofmercy.org/es/

Assiego, V. (22 de Octubre de 2019). Las mujeres que el franquismo no quería. El Diario. https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/adoctrinar-franquismo-mujeres-queria_129_1469600.html

Humphries, S. and Kirwan, D. (1998). Sex in a cold climate [Documental]. Testomony Films.

Lloyd Roberts, S. (12 de Octubre de 2014). Lavanderías de las Magdalenas: las monjas irlandesas no piden perdón. BBC news. https://www.bbc.com/mundo/noticias/2014/10/141002_abusos_monjas_irlandesas_finde_dv

Mitchel, J.; The Chieftains (1999). The Magdalene Laundries [Canción]. BMG.

Moore, C. (2006). Magdalene Laundrya [Canción]. Sony Music

Mullally, U. (02 de Junio de 2019). The truth about the Magdalene laundries was hiding in plain. The Irish Times. https://www.irishtimes.com/culture/heritage/the-truth-about-the-magdalene-laundries-was-hiding-in-plain-sight-1.3900697 Mullan, P. (2002). The Magdalene Sisters [Película]. Momentum Pictures; Temple Films; PFP Films.

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