Hace muchos años Gregorio Morán escribía un libro sobre el Presidente Suárez titulado “Historia de una ambición”. En uno de sus pasajes recordaba el artículo escrito por Ricardo de la Cierva “saludando” el nombramiento de Suárez como Presidente de Gobierno y que titulaba “Qué error, qué inmenso error”. E ironizaba a renglón seguido haciendo un juego de palabras, “qué horror, qué inmenso horror”, sobre lo que sentiría el historiador recordando su opinión sobre Suárez precisamente cuando éste acababa de nombrarlo Ministro de Cultura. Eso naturalmente sería ahora un imposible en medio del cainismo y el rencor con que se han concebido unos usos políticos simbolizados en el levantamiento de un muro inexpugnable a cualquier entendimiento. Nada que ver en eficacia con el muro que empezó a construir Clinton y quiso acabar Trump para evitar a los inmigrantes procedentes del Sur de América. Convertir a media España, seguramente más, en espaldas mojadas ideológicos debe reconocerse que es mucho más ambicioso que el proyecto americano. Por eso, en estos días perfectamente descriptibles como de ruido y furia recordar el discurso del Sr. Ábalos en la moción de censura contra el Gobierno de Mariano Rajoy se ha convertido en un inmenso horror para el Ejecutivo de Pedro Sánchez. Releer aquellas palabras, pronunciadas precisamente por Ábalos (devenido un sinnombre en el Gotha progresista) se ha convertido en el fiscal más duro, por incomparecencia del otro, para el propio Gobierno. Aquellas palabras repetidas ahora son un acta de acusación de la que no hay escape posible más que en la radicalización de las posiciones con el fin de solapar hechos cuya mayor trascendencia no radica en su relevancia penal.
Parece, sin embargo, que nadie haya prestado suficiente atención a las palabras pronunciadas por Mariano Rajoy cuando dio réplica a las razones que los censurantes esgrimían para derribar el Gobierno del Partido Popular. Si el discurso de Ábalos exponía las exigencias que sus firmantes nunca se exigirían a sí mismos, las palabras del todavía Presidente del Gobierno fueron un notable ejercicio de clarividencia sobre lo que venía. Como quiera que Rajoy no parece que aspire al ser el sucesor de Nostradamus, hay que pensar que contaba además con una información bastante precisa de lo que se cocinaba con aquella moción de censura y los costes políticos (en su sentido más amplio) que tendría.
La gran cuestión: cómo era posible gobernar apoyado en un grupo parlamentario que tenía ochenta y cinco de los trescientos cincuenta diputados del Congreso. La ausencia de respuesta a tan elemental interrogante decía lo que se callaba y que no era otra cosa que la moción de censura no tenía otro argumento que la toma del poder mediante un atajo que se facilitaba por quienes votaban contra el Gobierno a cambio de concesiones entonces ocultas y que el tiempo y la necesidad de votos para mantenerse en el poder han ido desvelando. Rajoy golpeó donde más dolía al denunciar que a Pedro Sánchez le daba igual gobernar con Rivera, ya lo había intentado son éxito, que con Bildu, esta vez sí, alcanzando el objetivo.
La impugnación del entonces candidato a Presidente se limitó a la rimbombante afirmación de dar “una respuesta constitucional a la crisis institucional”, anticipando una compulsiva afición por las frases hechas y el retruécano como salida a cualquier decisión o hecho escasamente justificables. Si hace siete años el cuadro tenebroso de un Gobierno nadando en la corrupción se basó en una libérrima interpretación de una Sentencia, después parcialmente anulada precisamente en el punto crucial sobre el que la moción se asentaba, hoy ante una grabación explícita sobre turbios ofrecimientos que implican a instituciones del Estado se aplaza la repulsa hasta comprobar “si es verdad lo que se escucha”. Cómo pueda no ser verdad lo que se escucha sólo es entendible referido a algo procedente del mundo de las psicofonías o las voces que algunos dicen oír en su interior, no en el medio físico normal en el que nos movemos. Se ve que la vanguardia progresista ha superado la vieja certeza que nos permitía creer en lo que oímos más allá de lo que pudiéramos opinar, una muestra de que esa España que es cada vez más una ficción literaria, ha avanzado sin parar en los últimos siete años.
Los antecedentes que fructificaron en la formación de un Gobierno en minoría sin más firmes apoyos que los obtenidos a base de concesiones a priori inasumibles han terminado por conformar un estado de cosas donde, como ya hubo de admitir el Presidente al anunciar la amnistía, se hace de la necesidad virtud, es decir, lo que sea necesario para la obtención del fin perseguido (verbigratia: seguir en el gobierno en las mismas circunstancias por las que antes se habría exigido su destitución). Las tesis utilitaristas de Bentham permitían considerar que un fin éticamente superior avalaba el uso de medios indignos incluso a costa de abrir la peligrosa puerta de beneficio calculados sobre el perjuicio de otros. En nuestro caso la virtud se concreta en mantener el poder sin gobernar o hacerlo convirtiendo en propia cualquier idea ajena que permita alcanzar ese fin. Para esto se ha recurrido a un monismo causal en relación con los males que genera el sistema: la culpa es siempre de la derecha y la extrema derecha a las que representan personajes que entran y salen de escena (Ayuso, Peinado, la UCO, los periodistas de la fachosfera… en un interminable etcétera que conforma lo que se denomina el mundo “cloaquero” creado seguramente con ayuda de la IA por el Ministerio de Transformación Digital) en función de los acontecimientos, aunque los socios de esa joint venture sometida a su conveniencia sean el auténtico origen de todo lo que se reputa negativo. París no es que valga una mentira, sino todas las que sean necesarias y para eso se mantiene en zafarrancho de combate permanente al cuartel de Intxaurrondo desde donde últimamente se ha lanzado la especie, sin traslucir ningún rubor en las mejillas ni buscarse antes asistencia legal, que mentir debería estar penalmente castigado. Lo que rectamente entendido significa, claro, que tal principio no será aplicable en ningún caso a sus promotores porque exigirles que tuvieran que atenerse a sus principios sería una ingenuidad que la experiencia no admite y además se aprovecharía por los hombres y mujeres que defienden las políticas progresistas para agitar es espantajo de que todo es una cacería desatada contra ellos, aunque la mayor parte del fuego dialéctico provenga de sus filas.






