
Había un consenso prácticamente unánime para atraer toda la atención en el inicio de este año, y seguramente para lo mucho que aún queda de él, sobre la vuelta de Donald Trump a la Presidencia de los USA. Antes de la toma posesión y de que haya adoptado medida alguna desde el cargo una multitud de politólogos y periodistas han venido caracterizando con tintes casi prebélicos cada declaración del Presidente electo (como si Occidente no estuviera ya en guerra de facto con Rusia), creando un ambiente de sospecha y miedo hacia la futura administración republicana. Pero ni ese libro, devenido de culto, titulado “Cómo mueren las democracias” no demuestra de forma convincente el fundamento de los mismos presagios que ya entonces anticipaba la obra y ello pese a los esfuerzos de sus autores en buscar paralelismos, bastante inapropiados, de otros tiempos y lugares con los Estados Unidos de 2.018, cuyos “guardarraíles”, como Levitsky y Ziblatt llaman al sistema de contrapoderes constitucionales, funcionaron a la perfección cuando fue necesario. Los autores incluso reconocen que los dos Roosevelt, Theodor y Franklin Delano, provocaron alarmas similares en su época y los forcejeos entre la presidencia y los otros dos poderes han sido una constante en la política norteamericana. Lo que no existía en aquélla época eran esos “metarrelatos” que en la actualidad condicionan, para arruinarla, la utilidad del debate público. A Norteamérica, al contrario que a la Europa continental, le queda mucho aún de verdadera democracia liberal para aguantar envites autocráticos que por cierto no vienen sólo del lado republicano sino también del Partido Demócrata por su asunción de buena parte del discurso más intransigente del wokismo, que le lleva a sostener, por ejemplo, que el origen étnico debe condicionar el sentido del voto y que en consecuencia la raza de las personas determina su orientación política. En todo caso y aun a riesgo de que el empleo de la lógica más simple pueda provocar algún prejuicio injustificado, es muy difícil aceptar que sea compatible tanta preocupación por la palabrería de Trump con esa unanimidad mediática de considerarlo un mentiroso compulsivo.
Pues bien, en España, todo ese excitante turbión de disquisiciones que hasta el párrafo anterior nos ocupaba sobre el futuro Gobierno USA y su trascendencia geopolítica ha quedado interrumpido por una señora de nombre artístico “Lalachús” y de la que hasta el día 1 de enero del año en curso no es arriesgado aventurar que su grado de popularidad era, por así describirlo, considerablemente limitado. El uso del Sagrado Corazón de Jesús para una “gracieta” en la retransmisión por la Primera Cadena de TVE de las campanadas de Año Nuevo, ha conseguido sacar a Trump de las portadas de la prensa y de nuestras cabezas con grandes posibilidades de arrebatarle el título informal de personaje del mes al norteamericano. Lo primero que se debe resaltar es que para quienes tienen la aspiración de sacarnos del sótano de un pasado histórico pretendidamente oscuro con proclamas de modernidad y progreso, resultan muy decepcionantes sus contribuciones a ese empeño: la pretendida broma no alcanza para unas risas en una francachela ampliamente regada con alcohol.
Sin embargo, en España nunca deben desdeñarse las anécdotas, meras apariencias tras la cuales acaban apareciendo las categorías. Es evidente que la Sra. “Lalachús” objetivamente ha ofendido un símbolo católico y es muy probable, por lo que ha venido después, que se haya hecho a propósito porque eso de que estamos ante una improvisación en un programa del que se espera una enorme audiencia no se deja a la inspiración momentánea de los presentadores (“Dios no juega a los dados”, que diría Einstein). La primera categoría es una buena noticia por cuanto descubre la tolerancia se ha ido desarrollando con respecto a la religión católica al cabo de noventa años: los templos no se queman como hacían aquellos elementos descontrolados, así nombrados técnicamente, que, ajenos a su contribución al cambio climático, durante la Segunda República asociaban en relación de causa-efecto la carbonización de los centros de culto (y el tesoro cultural que albergaban) con los avances sociales que demandaban. Por supuesto, no estaban políticamente huérfanos, Azaña se negó a reprimir aquellos excesos proclamando que todos los conventos de España no valían la vida de un solo republicano, una de las muchas arteras disyuntivas en las que se prodigó.
La segunda categoría tiene que ver con la libertad de expresión y en cuya defensa se han pronunciado de forma destacada tanto el Presidente del Consejo de RTVE, a cuyo sostenimiento contribuyen los católicos, como el Ministro Bolaños, para defender a la presentadora del evento. El Presidente del llamado, con gran precisión, Ente, y de manera tan inexacta, Público, se ha pronunciado sobre el asunto diciendo que le gusta “la gente que arriesga”, con lo que ha parecido sugerir que “Lalachús” podría haber sido despedida, único riesgo concebible, dada la tradicional ataraxia del mundo católico ante las ofensas que recibe. Puesto que la hipótesis del despido es impensable por motivos más que obvios, la manifestación del dirigente de la televisión pública no es más que una penosa “boutade” delatora de algo premeditado. En el caso de Bolaños, inasequible al desaliento en su semántica divisiva, ha calificado de ultras y amedrentadores a quienes han criticado a recién descubierta estrella del progreso, para, demostrando nuevamente que no hubo la menor improvisación, anunciar una reforma (que será derogación) del delito de ofensa a los sentimientos religiosos. Como la única religión objeto de ofensas es la católica, en la medida en que hay una con la que no se atreven y el resto no les preocupan, lo que se despenalizará son las ofensas a la fe de los católicos. Esto, aunque fuera traído de manera cínica ahora, tendría cierta coherencia si no conviviera con el amparo oficial, Código Penal en mano, de grupos protegidos que cuando se consideran ofendidos por cualquier expresión que no se atenga a la rígida observancia de una terminología impuesta como la única correcta promueven todo tipo de alborotos y denuncias. Ahora bien, si la libertad de ofender no debe tener límites para así preservar la libertad de expresión, la condición mínima e innegociable debería ser que se aplicara a todos por igual. Una ingenuidad sin duda porque eso, ¿a quién se lo estamos contando?
José María Sánchez Romera





