En la ONU (At the Circus) / José María Sánchez Romera

 

Hablar ante la Asamblea General de la ONU suele ser un acontecimiento grande para países y dirigentes pequeños. Los discursos, salvo excepciones, tienen más efecto, caso de tenerlo, dentro del estado del representante que se dirige al resto de naciones. Salvo cuando alguna de las potencias mundiales da a conocer algún proyecto, decisión o plan (que suelen ser de contribuir más o menos al organismo), lo que allí se escucha es, a efectos prácticos, completamente intrascendente.

A lo más que aspiran los oradores se dirige a obtener cierto eco mediático dentro de sus propias fronteras y titulares favorables acudiendo, ahora nos referimos a la actualidad, a la consabida retahíla de palabras escoltadas por el prefijo “anti” o epilogadas con el sufijo “ismo”. A ello se añaden otras nociones generalmente sedicentes de democracia, voluntad del pueblo, libertad, justicia o igualdad que quienes generalmente están más lejos de cualquier idea compartible de ellas pronuncian con total solemnidad. Pasan así sin menor reproche incluso mixtificaciones históricas como la de eliminar al dirigente soviético en la conocida conversación entre Lenin y Fernando de los Ríos que concluyó con aquel “libertad, ¿para qué? Aunque nada tan elocuente de todo ese relativismo conceptual como que un dirigente revolucionario subiera a la tribuna y dijera allá por los años 60, sin que se le quebrara la voz, que en su país se había fusilado, se fusilaba y se seguiría fusilando, eso sí, sin asesinar a nadie (sic). Fue despedido entre aplausos por una parte importante de las delegaciones asistentes al acto. Como fácilmente puede comprenderse esa aprobación sonora debe ser valorada en función de lo que se ha respaldado con los aplausos y el nivel ético que el órgano que los acoge se da a sí mismo.

Por exigencia de los cambios históricos que a partir de la década de los 90 se produjeron en una parte importante del planeta, muy fundamentalmente tras la desaparición del llamado “telón de acero, esos aplausos se dirige ahora hacia discursos con vocación aparentemente universal, una especie “jogo bonito” verbal que actúa como arbotante que sujeta todo el aparato ideológico al que ya difícilmente se puede llamar socialdemócrata (que tuvo la virtud de enmendar las construcciones teóricas y los efectos más nocivos del marxismo-leninismo), por constituir una marmita en la que, a excepción cualquier valor tradicional avalado por la experiencia de siglos, se suelen admitir aportaciones teóricas singularmente extravagantes cuando no directamente extraviadas.

No es ajeno a la ONU el lobbysmo, de forma especial el de carácter ideológico, la sindicación de intereses o la utilización de sus múltiples comités para la promoción política, cementerio de elefantes políticos o recaudación de fondos a través de los cuales se ejerce influencia en la orientación de sus actividades o de los mensajes que salen del ente. Muchos programas humanitarios han derivado en abusos y se ha acusado a la organización de exceso de burocratización e ineficiencia. Los presidentes del Consejo de Derechos Humanos y la composición del mismo han provocado grandes controversias y críticas en las que se han mezclado el escándalo y la ironía.

De ahí que resulte francamente complicado elegir la ONU como un escenario político adecuado para plantear de una forma solvente asuntos tan relevantes como los peligros que corre la democracia, la incitación al odio o la justicia social. La organización acoge a todos los países del mundo, sean democráticos o no, y si se traen a colación los riesgos que en la actualidad acechan a la democracia, sin concretar tampoco qué se entiende por tal, se abre el camino a entender a conveniencia lo que representa tener un sistema que responda a esa definición. De hecho hay dictaduras que con total cinismo se autodefinen como estados democráticos. Lo mismo puede decirse de la denuncia de los discursos de odio cuando se hace partiendo de un esquema valorativo que admite detectarlo a niveles cuánticos en ciertos mensajes políticos, pero no en otros que contienen amenazas explícitas o incitaciones directas al delito. Esto último no admite una explicación razonable y queda en todo caso demostrado que los denunciantes del odio ideológico se consideran exentos de observar con el mismo rigor que exigen a los demás lo que proclaman. Como, en fin, y en sentido similar, es discutible lo que debe entenderse por justicia social, arquetipo de expresión equívoca y confusa. Hayek afirmó que la locución “justicia social” carece de significado y que su única utilidad ha sido el empleo por grupos particulares para plantear reivindicaciones que les permitan obtener una mayor participación en las cosas buenas de la vida, mientras que Andrew Curran criticó que el término es un mero fraude semántico igual al que se comete cuando se usa el de “democracia popular”. La ONU avala implícitamente esa dificultad para establecer una descripción pacífica de la idea cuando necesita al definirla incluir lo definido en la definición (ver explicaciones sobre las actividades a desarrollar con motivo del Día Mundial de la Justicia Social que se conmemora cada 20 de febrero).

En todo caso y en última instancia para entender muchas de las cosas que ocurren en el mundo siempre tendremos a los hermanos Marx.

José María Sánchez Romera.


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