En memoria de Miguel Matías Joya / Ulises Najarro Martín

El pasado 16 de julio falleció Miguel Matías Joya, mi suegro. Fue un referente silencioso, un ejemplo cotidiano de humanidad, trabajo y generosidad. Hoy quiero dedicarle estas líneas no solo como un homenaje, sino como agradecimiento personal. Porque hay personas cuya huella no se mide por lo que dicen, sino por la forma en que están, día tras día, año tras año. Miguel dejó mucho para quienes tuvimos la suerte de compartir la vida con él.

Miguel dedicó toda su vida a la hostelería, fue camarero durante décadas y lo fue con una entrega absoluta que iba más allá de lo profesional. Los que compartieron trabajo con Miguel lo saben. En un mundo donde a menudo se subestiman o infravaloran ciertos trabajos, él reivindicaba, sin palabras, el valor de servir con respeto, con elegancia, con amabilidad, con presencia y con profesionalidad. Su saber estar, su educación y su cuidado por los detalles hablaban de una ética del trabajo construida sobre la constancia, la rectitud y la humildad de su persona.

Pero más allá de lo que hizo, lo que permanece es cómo fue. Miguel era de esas personas que no necesitan alzar la voz para hacerse escuchar. Su forma de estar en el mundo era firme pero amable. Era amigo de sus amigos, su educación, su templanza, su confianza, generoso sin alardes, empático incluso en silencio, era el tipo de persona que uno quiere tener cerca en todos los momentos importantes, y también en los más cotidianos.

Durante más de veinte años, tuve el privilegio de tenerlo cerca. Me vio crecer desde que era un niño y siempre fui uno más de su familia. Su trato hacia mí fue siempre respetuoso, afectuoso y constante. Miguel me brindó confianza sin condiciones, me acompañó en cada paso de mi desarrollo personal y académico, estuvo en los momentos importantes y celebró mis éxitos. Confiaste siempre en que era posible lograrlo Miguel. Y eso, aunque parezca poco, lo cambia todo para mí.

Hoy, en este vacío que siento lleno de tristeza, me acompaña su ejemplo. Me esfuerzo por honrar lo que me enseñó y lo que hizo por mí. Porque Miguel fue, ante todo, un buen padre, un buen amigo, un gran trabajador y un luchador incansable hasta el final de sus días. Amaba a su familia. Y esa forma suya de mirar la vida -sin quejas, sin ruido, con entrega- es una lección que no quiero olvidar.

Por todo eso, te escribo estas palabras, Miguel. Gracias por tanto. Gracias por tu presencia, tu cariño, tu confianza, tu valía y tu constancia en la vida, entregada siempre a tus seres queridos. Tu familia te quiere y siempre te llevará en el corazón. Y yo, con gratitud profunda, también. En tu memoria, Miguel, comparto este poema que siempre me ha conmovido. Hoy lo hago tuyo.

El viaje definitivo
Juan Ramón Jiménez

… Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará nostáljico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

Ulises Najarro Martín, yerno de Miguel Matías Joya

 

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