La muerte del Papa Francisco es un acontecimiento histórico de esos que se llaman de evento único en el sentido de que es irrepetible. Todas las reacciones que ha suscitado tanto en el orden político como religioso han sido completamente inesperadas si es que en este tiempo sometidos como estamos a la tiranía relativista de la incongruencia y lo ilógico no constituyen precisamente el núcleo de lo que es normal, que parece que sí. Desde la Iglesia y medios próximos se ha querido distanciar al Santo Padre fallecido de todas las facetas polémicas que marcaron su mandato: cuanto hizo y dijo debe entenderse enmarcado en la tarea pastoral que le era propia, en especial, la defensa de los pobres y desfavorecidos como expresión de una doctrina nada excepcional de la Iglesia. El mundo de la izquierda por el contrario ha visto en la muerte del Papa y lo que proclamó en vida la más acabada expresión de denuncia contra el capitalismo y las injusticias y desigualdades que provoca, algo que validaría sus posiciones.
La postura oficial de la Iglesia expresada por sus portavoces y prelados se desenvuelve dentro de lo que podría denominarse políticamente correcto, orillando las polémicas, que las hubo, para reconducirlo todo a la faceta estrictamente religiosa de la labor del Pontífice, siendo la social una inserta en la más amplia de la faceta espiritual. En la izquierda la muerte del Papa ha provocado una ola de expresiones de adhesión que podría parecer sorprendente si no somos conscientes del dogma relativista sobre el que lleva tres décadas instalado el mundo llamado ahora progresista que uso el citado relativismo como salida de emergencia ante el derrumbe de lo que se conoció como socialismo real (una muestra del rigor conceptual que era normal en otros tiempos). En estas horas de luto del mundo católico la izquierda postmoderna ha encontrado, siquiera sea transitoriamente, en el Papa Francisco un líder, alguien con peso global suficiente para suplir la falta de una figura genuina. Es cierto que de los viejos los marxistas podían criticarse sus errores, pero no la seriedad de sus planteamientos, que llevados a sus últimas consecuencias causaron tanta miseria y sufrimiento. Lo de hoy, sin embargo, es una evolución que hace ya tiempo tiene denominación específica y no menos rigurosa que la de socialismo real: el grouchomarxismo. Los principios se definen por conveniencia o afinidad en la teoría crítica (el sexo, la raza, el colonialismo), de ahí que no se puedan comprar cartuchos a Israel porque masacran a los gazatíes, pero sí se puede comerciar con Rusia (por su condición de aliada del mundo antiliberal), aunque ello sirva para financiar la matanza de civiles ucranianos. Lo que en un caso se llama genocidio en otro es necesidad de paz. Hay que cabalgar contradicciones que dijo el que todavía manda en la sombra.
El entusiasmo de la izquierda por la figura del Papa Francisco tratando de aprovechar todo el simbolismo de su figura, a él no lo secularizan llamándolo el Sr. Bergoglio, tiene su mayor impulso en la coincidencia semántica sobre ideas como injusticia, pobreza, desigualdad, capitalismo o neoliberalismo. Una cosmogonía lingüística en la que se quiere identificar a la Iglesia con las ideas de un progresismo que ha transmutado la revolución en un escarceo burocrático adicto al consumo de recursos económicos de utilidad más que cuestionable. Podría incluso aceptarse que esa identidad en la expresión formal de los objetivos alcanzara también a los medios políticos para alcanzarlos, pero lo que no puede obviarse, y se obvia, es el abismo que la condena del aborto, la eutanasia y resto de cuestiones morales defendidas abiertamente por el Papa Francisco hacen imposible esa confluencia y la utilización de su figura como respaldo de lo que constituye la totalidad del corpus ideológico paleoizquierdista y su ética posmoderna. El pensamiento de la izquierda se basa en el materialismo dialéctico y la Iglesia es muy principalmente fe y espiritualidad de la que nacen los otros valores. Los imprevisibles sediarios morales del Papa que ayer clamaban contra los aranceles y en favor del libre comercio, ahora lo alaban por su anticapitalismo. Llama la atención que gente ajena a la Iglesia quiera que ésta responda a sus (oscilantes) creencias y no a las propias de la Institución. Por lo demás toda esa santificación pagana que los medios y los políticos han desatado en torno a la persona del Papa fallecido es ridícula y desmedida y seguramente avergonzaría al Francisco de poder verla.
Volviendo sobre la cuestión económica, es evidente que el Papa no era un experto en la materia, podía tener sus intuiciones y creencias tendentes a pensar que solventar las privaciones materiales de toda la humanidad es el triunfo del voluntarismo de lo pensado sobre la cruda realidad de las cosas. La ilusión platónica por erradicar la pobreza lo único que ha conseguido hasta ahora es multiplicarla allí donde se ha querido hacer por medios coactivos. Nada es perfecto, todo sufre altibajos, también el mercado desde luego (la mayoría de las veces por causas ajenas a su naturaleza), pero de lo que no cabe duda es que el paradigma de un socialismo próspero no se conoce, ni es plausible a la vista de sus reiterados fracasos. La metáfora evangélica de la multiplicación milagrosa de los alimentos corresponde al campo de la fe y la teología, en el mundo real lo que funciona mejor ya se conoce, la libertad económica, propiciadora de los mayores avances materiales allí donde se ha puesto en práctica. Muy a pesar de las críticas que se hagan del capitalismo, gracias a las cuales han prosperado tantos declarados anticapitalistas, es lo que ha hecho avanzar al mundo en menos de tres siglos mucho más que en los miles de años anteriores. Si Galileo fuera hoy llevado ante el Santo Oficio (Progresista) para que obligarle a renegar del capitalismo, tras su abjuración habría repetido lo mismo: “eppur si muove”.
José María Sánchez Romera





