España, ese país donde la luz siempre está cara / PilladaStar

 

España es ese país donde el sol cae a plomo sobre los tejados nueve meses al año, pero la electricidad se paga como si la produjera un monje tibetano pedaleando en la cima del Himalaya. Somos potencia solar, potencia eólica, potencia renovable… pero también potencia en facturas. España es un país curioso: tenemos sol para aburrir a los lagartos, viento para despeinar a los molinos de Cervantes y, sin embargo, pagamos la luz como si la trajeran en diligencia desde Noruega. Uno mira el mapa, mira el recibo y piensa que en algún punto del camino alguien ha puesto un peaje invisible.

Nos dijeron que la transición energética era el futuro, y una lo cree, porque el futuro siempre suena bien en boca de los ministros. El futuro es limpio, verde, europeo y sostenible. El problema es que el futuro, sea guerrero o pacífico, llega siempre con suplemento en la factura.

España, que fue país de aceite, de vino y de siesta, ahora es país de tarifa. Tarifa regulada, tarifa libre, tarifa indexada, tarifa nocturna, tarifa inteligente. El español medio no entiende el sistema eléctrico, pero ya habla de kilovatios como antes hablaba de fútbol. En la barra del bar ya no se discute si el delantero está en fuera de juego, sino si el megavatio se disparó en el mercado mayorista. Lo admirable del asunto es que siempre hay una explicación técnica para cada subida. Si el precio sube, es el gas. Si no es el gas, es el CO₂. Si no es el CO₂, es el mercado europeo. Y si no es Europa, será el clima, que este año ha soplado el viento con menos entusiasmo del previsto. Entre tanto tecnicismo, el ciudadano aprende una vieja lección española: la energía, como los impuestos o el alquiler, siempre sube con disciplina casi moral. Bajar, lo que se dice bajar, baja poco y con timidez.

España se ha llenado de placas solares como si el país estuviera intentando fotografiar al sol desde todos los ángulos. Campos enteros de paneles negros mirando al cielo con fe fotovoltaica. Una estética nueva del paisaje nacional: ya no toros de Osborne en las carreteras, sino rectángulos brillantes prometiendo un mañana eléctrico. Y, sin embargo, el recibo llega puntual, con esa vocación pedagógica que tienen las facturas: recordarnos que el progreso también se paga.

Los gobiernos, de un color u otro, han descubierto una cosa muy española: intervenir el precio de la luz siempre parece urgente cuando gobierna el contrario y tremendamente complicado cuando gobierna uno mismo. Es una constante política casi tan fiable como el sol de agosto. Mientras tanto, el ciudadano hace lo que siempre ha hecho en este país: adaptarse. Apaga más luces, pone la lavadora a horas absurdas y aprende a mirar el contador como quien vigila el nivel del aceite del coche. Pequeñas estrategias domésticas contra un sistema que siempre parece escrito en letra demasiado pequeña.

España será una potencia renovable, dicen. Seguramente lo será. Tenemos el sol, tenemos el viento y tenemos esa infinita paciencia nacional para pagar las cosas dos veces: una en promesas y otra en recibos.

Y así seguimos, iluminados por un sol gratuito y una electricidad que cada año parece más de lujo.

 

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