El Gobierno ha exhibido, imitando las maniobras de distracción bélicas, diversos episodios de una performance que a imitación del dúo “Pimpinela”, se escenifica con doloridos reproches que deberían terminar con la relación, pese a lo cual, sin duda un sacrificio por la estabilidad nacional, el tándem nunca se rompe. Esta vez la causa ha sido el salario mínimo interprofesional la que ha dividido a los partidos que componen el Ejecutivo. La figura del salario mínimo es una derivada del sistema de planificación central propia del socialismo que la fortaleza del capitalismo soporta y cuyos resultados ya deberían haber desalentado a los más optimistas. Cuando nadie discute que, para acceder a una serie de oficios y empleos, en aras de la igualdad de oportunidades, hay que rebajar las exigencias a determinados aspirantes, se pretende que una misma cantidad de dinero sea abonada por todas empresas cualesquiera que sean sus circunstancias. Un pequeño negocio localizado en una población con pocos habitantes tendrá que dar una misma mínima remuneración que otro similar en una capital de provincia con una clientela potencial infinitamente superior. Esta homogeneización impuesta por ley es tan absurda que no hace falta ser explicada para comprenderla, de hecho, todo el mundo lo sabe, pero, como en el caso de las pensiones, nadie se atreve a decir lo que es evidente: las cuentas no salen y en algún momento habrá que poner los pies en el suelo cuando se agote el crédito y la posibilidad de extraer recursos de la economía productiva por haberla asfixiado.
La medida en términos políticos no podía resultar más ventajosa ya que la externalidad negativa que conlleva se carga a las empresas, ucranianos “avant la lettre” como costaleros de la paz social, y pactan otros dos para los que el acuerdo no trae más que ganancias políticas a coste cero (para que se diga que la izquierda no sabe generar beneficios). La subida de salarios lleva consigo la de las cotizaciones sociales y más recaudación para el Estado, un negocio redondo. En la lógica de un sistema fiscal carente de límites por las necesidades del gasto público, un número X que tiende a infinito, al subir las percepciones, por modestas que sean, la base imponible del impuesto sobre la renta alcanza el punto que obliga al pago por lo percibido y aquí viene la discordia de la que cada cual trata de sacar su rédito sin temor a que se revelen sus contradicciones (desde luego no por las televisiones, subvencionadas para polarizar, no para informar). En la izquierda, entusiasta de la presión fiscal, se descubre que esa idea no se puede generalizar tan alegremente. La derecha, coherente en el fondo, yerra en la descripción cuando, como dijo el Sr. Feijoó, cobrar impuestos al SMI “no es progresista ni justicia social”. El progresismo, como atribución a la ideología de izquierdas, es precisamente cobrar impuestos y la justicia social, en esa misma atribución, consiste en hacer del Estado un dios que conoce mejor que nadie redistribuir la renta justamente a través de la recaudación tributaria. Al César lo que es del César y sería bueno recordar que la asimilación como propio del núcleo semántico ajeno es perpetuar la derrota, incluso en la victoria, una aporía tan sólo aparente si se comprende lo que esa asunción comporta.
La fijación por el Estado de una remuneración fija e incondicionada no es más que una mínima expresión de un asunto mucha más amplio que subyace bajo esa decisión. Escribía Juan Luis Cebrián este martes que “El estado de bienestar no fue un invento de la izquierda, sino el fruto de la colaboración de ésta con la democracia cristiana tras la postguerra mundial. Sus perspectivas de futuro no son muy halagüeñas”. Tiene razón el ex director de El País, sin embargo, únicamente contempla la superficie de lo que esa suerte de pacto histórico ha significado para Europa y del que ahora empezamos a ser conscientes de sus consecuencias. Eso llamado estado de bienestar remite a una idea intervencionista de la política que como otras no ha hecho más que expandirse a base de normas cada vez más discriminatorias, crecimiento del aparato burocrático y una incesante progresión en las necesidades de recursos económicos cada vez más acuciantes. Un proyecto de socialismo macroeconómico hasta cierto punto amable con la propiedad y la iniciativa privadas, pero socialismo al fin y al cabo, a las su naturaleza intervencionista ha ido acorralando siempre necesitado de encontrar imperfecciones sociales que justifiquen sus interferencias. La Unión Europea ha devenido un formidable aparato de poder que todo lo regula y supervisa, un inmenso exoesqueleto normativo que ahora se descubre inútil para afrontar los retos tecnológicos, la competencia comercial y lo que el cambiante mapa geopolítico exige para su propia defensa. Atrás quedan los tiempos del gasto social despreocupado (que se soporta con deuda), la protección militar pagada por los americanos y energía obtenida a bajo coste con el gas ruso para dar rienda suelta al sueño de la descarbonización, como si la atmósfera no tuviera fronteras. Putin se ha encargado de demostrar que la razón liberal tampoco es perfecta desmintiendo a Bastiat sobre aquello de que “donde entra el comercio no entran las balas”. La Unión Europea tiene por delante un largo aggiornamento que las inercias acumuladas no harán fácil y en este sentido las recientes proclamas suenan a impotencia frente a una realidad que nos aplasta. Sólo un cambio radical de lo hecho hasta ahora puede permitir una reversión a medio plazo, pero si, como apunta lo anunciado, se quiere recuperar el terreno a base del manido recurso al gasto público y un maquillaje desregulador que no libere con convicción la iniciativa individual (referido al individuo que actúa, no al egoísmo del que habla el mantra “progre”), nada cambiará.
De momento y para magro consuelo de nuestra recién descubierta inanidad, los medios de comunicación han creado sección fija y diaria sobre Trump con la vana y pueril esperanza de convertir sus defectos en nuestras virtudes, lo que nos trae a la memoria ese penúltimo verso del poema de Kavafis: “¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin los bárbaros?”.






