La revista de Almuñécar y la Costa Tropical

Estorbar a un jugador / José María Sánchez Romera

 

Carpeta J. Celorrio

La expectación levantada por la sesión plenaria de Senado esta semana solo se justificó a posteriori. De un simple enfrentamiento dialéctico en el que resulta previsible que los mensajes estén blindados a toda improvisación, no debe esperarse gran cosa. No obstante, la imprevisibilidad del ser humano siempre deja algún resquicio para lo inesperado, incluso cuando todo aparentemente debe estar bajo control. El Parlamento español oyó en su día a Don Juan Prim soltar desde la cabecera del banco azul aquellos tres jamases que negaban cualquier posibilidad de retorno a España de la dinastía de los borbones. Los Comunes británicos quedaron silenciados ante los tres noes de Margaret Thatcher al euro. El pasado martes la actividad de la oposición política en nuestra democracia quedó sellada por el Gobierno con un lacre donde figuraba por tres veces la palabra “estorbar”.

Si la palabra socialdemócrata no se hubiera convertido a estas alturas en una expresión polisémica y las afirmaciones solemnes en práctica de menudeo, oír tales manifestaciones debería ser preocupante. Pero se sabe que los socialdemócratas son otros, que los autodenominados liberales llegan a suplicar que les dejen votar medidas intervencionistas y que por tanto los significantes están tan vacíos de contenido que ni el contexto aporta ya nada a la interpretación. Aun así, en medio de tanto relativismo, es necesario recordar algo tan obvio como que la existencia de oposición es lo que caracteriza a las democracias. Sin oposición no hay libertades. El Gobierno es siempre la cúspide de cualquier sistema político, pero sólo son regímenes democráticos los que consideran que es tan esencial un poder ejecutivo como una alternativa real a la que se garantiza legalmente el uso de mecanismos de fiscalización y control a través del poder legislativo. Un Gobierno democrático además de cumplir los ritos y exigencias que hacen legal su acción está obligado a demostrar en el debate parlamentario que sus decisiones se justifican con los resultados que materializan. Decir que la oposición estorba es la demostración de que desde el Ejecutivo no pueden aportarse argumentos razonables para sostener las decisiones toma. Un pensamiento convencional sobre una situación así nos llevaría a pensar en la necesidad de un proceso de rectificación y sin embargo no parece ser esto una salida contemplada por el Gobierno.

Marina Playa

Como escribió Ortega y Gasset toda realidad ignorada prepara su venganza y toda abstracción (Thomas Schelling, La estrategia del conflicto) puede constituir una buena aproximación a la realidad o una caricatura de ella. Nuestros derroteros nacionales apuntan a esto último y no parece que las actuales circunstancias hagan desfallecer al Gobierno en el rumbo emprendido. La realidad no se corrige porque es culpa de la oposición, mientras se vive en una abstracción ideológica que elimina todo análisis objetivo ante aquélla. Las únicas victorias, útiles solo para ser quemadas en el fuego de la propaganda, se consiguen forzando mayorías artificiales y desbordando cuando hace falta los propios límites institucionales, no pudiendo salir peor parada en la relación coste-beneficio la segunda variable. Nuestro Estado ha llegado a una existencia intermitente que actúa solo cuando el Gobierno, desde una muy asimétrica consideración de la idea, se considera “estorbado”. Por eso no entran en la acepción política de estorbo los partidos que cuestionan dentro y fuera de España nuestra condición de país plenamente democrático, pero sí los que aconsejen que sería bueno, dada la situación, dar un margen a las economías domésticas rebajando las exigencias fiscales.

Por eso hay que pensar, en una aproximación racional a ese peculiar discurso, que de lo que se trata es de cebar un relato por un lado victimista y por otro aglutinador de un bloque uniformizado en los dogmas intervencionistas, esperando que ocurra algo, más o menos traumático, que dé fundamento retrospectivo a esa narrativa. La apuesta a una carta que deja patente la voluntad de no revertir la situación presente sean cuales sean sus derivadas. Aunque pueda parecerlo no es una digresión descabellada si el factor humano está referido a un jugador de todo o nada. Y el inexplicable movimiento con Marruecos lo demuestra: nada. Ni fronteras ni la garantía del gas argelino, que ha quedado fuertemente en entredicho, pero envidar es una pasión a la que solo la completa ruina del jugador detiene.

José María Sánchez Romera

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