Europa, ¿fin del Estado de Bienestar? / José María Sánchez Romera

Casi todo el mundo habrá oído alguna vez la expresión “Houston, tenemos un problema”, que no fue dicha por el Comandante de la nave Apolo XIII exactamente así, sino “Houston, hemos tenido un problema”. El cine se encargó de depurar el contenido del mensaje para popularizarlo. Hoy es la metáfora perfecta para expresar que se están en un grave apuro. El Canciller alemán Merz tras unos pocos meses al frente de su país ha lanzado el mensaje: Estado de Bienestar, tenemos un problema. A diferencia de la tripulación del cohete americano que dieron cuenta al instante de la gravedad de la incidencia, las fallas del sistema implementado en Europa, y en gran medida en los USA, tras la Segunda Guerra Mundial, se llevan manifestando muchos años, pero lejos de buscarse soluciones a las causas que lo han generado, se ha optado por ir ocultándolo con decisiones que no han hecho más que incrementar la parálisis de Europa y su empobrecimiento consiguiente. La espiral impuestos-deuda pública con la que sostener un modelo desbordado por los cambios tecnológicos, sociales y económicos, ha tocado techo (o fondo) y ha sido alguien venido de la cuna del idealismo (el pragmatismo alemán es un cuento) quien ha tenido que reconocerlo. Algo por otro lado evidente para cualquier observador mínimamente atento a los gestos y la disposición de los líderes (¿) europeos en su reciente reunión con Trump en la Casa Blanca con motivo de la cuestión ucraniana. Parecía un grupo de históricos descendidos de primera división que esperaban de forma servil que la autoridad federativa hiciera algo por ellos.

En 1.942 una Gran Bretaña en guerra encontró tiempo para confeccionar un informe conocido como Beveridge, apellido de su autor, un político liberal encargado de hacerlo bajo el mandato de Churchill. Los laboristas se lo encontraron en un cajón y tan en consonancia con sus postulados debieron encontrarlo que se pusieron de inmediato a implantarlo. Nunca los socialistas, como veremos, podrán pagar al conservador Churchill todo lo que le deben por esto. Fue el modelo que después se implantó en la Europa no comunista por los países que quedaron fuera del Telón de Acero. Y como toda habilitación para el intervencionismo del gobierno su tendencia ha sido expandirse sin límites y con ello un aparato burocrático costoso en la mayoría de los casos ineficiente dirigido por unas élites encastradas en el aparato estatal. Sabemos que todo lo tocante a economía con marchamo socialista a los días de vino y rosas, sucede la depresión una vez que se agotan los recursos que encuentran al empezar y van más tarde secando las fuentes que los crean sin tiempo para recuperarse por la necesidad de mantener el modelo a toda costa. En una economía mixta donde conviven lo público y lo privado el tiempo que se necesita para destruir esos flujos financieros procedentes de lo no estatal se alarga, pero sus efectos deletéreos terminan por llevar al colapso. Esta parte del sueño socialista es un lujo muy caro que paradójicamente sólo es posible si lo respalda la prosperidad que crea el capitalismo que tampoco es infinita, para un sistema socialista puro se sabe inalcanzable. La pretensión de diseñar la economía como quien poda un seto hasta darle la forma geométrica deseada es algo cuyo fracaso está teorizado desde hace más de un siglo (von Mises, 1.922) y corroborado empíricamente durante el mismo espacio de tiempo. Insistir en ello sólo puede deberse a una arrogancia inconsciente o a una pulsión totalitaria. Quizás ambas.

No pueden negarse los seguramente bien intencionados objetivos de quienes diseñaron en sus inicios el modelo, aunque ahora seguramente no lo reconocerían por la cantidad de incentivos perversos que ha acumulado. Uno de ellos la falta de previsión para el futuro que, fiados a la cobertura estatal, ha hecho que la preferencia temporal por el consumo de bienes y recursos se haya acortado hasta el punto de penalizar gravemente la capitalización y el ahorro, base de la financiación de los proyectos que traen el progreso social y económico. Así, la captación por los estados de inmensas cantidades de renta por vía tributaria ha perjudicado el necesario cálculo económico que toda decisión precisa y ha contribuido a su falta de eficacia y despilfarro. No menos grave es la distorsión del debate democrático, donde casi todo se remite no ya al buen o mal uso de la parte de riqueza que los gobiernos exigen a los contribuyentes, sino que la imparable expansión de los dependientes de las subvenciones públicas los han convertidos en los árbitros de la situación frente a los creadores de riqueza, por lo que cuestionar el sistema es una vía segura a la derrota. Esto lo sabe la izquierda que ha ido paulatinamente conduciendo a esta situación sin que la derecha, olvidada su raíz liberal, haya sabido contrarrestarlo. Quienes aportan los recursos van decreciendo por las trabas y exigencias cada vez más onerosas a las que son sometidos, por tanto su opinión cada vez tiene menos influencia, y a la vez son presentados como los causantes de las carencias de quienes reciben sus contribuciones. Tampoco mejoran los servicios públicos que estando en récords de recaudación terminan desbordados y sin financiación porque las otras necesidades son mucho más apremiantes para conservar el apoyo electoral, yendo imparablemente a menos las inversiones estratégicas. El manido reclamo de que todo lo van a pagar los ricos ya no lo creen ni los pobres que ven cómo sus magras economía no se libran de pagar toda clase de exacciones. Esto nos lo dicen millones de votos que se quieren ignorar encapsulándolos en las diversas denominaciones que pretenden vincularlos con el extremismo.

Merz ha dado la voz de alarma, sin que por ello deba suponerse que vaya a hacer algo más que algún arreglo menor (gobierna con los socialdemócratas que a la vez no pueden ceder en este asunto sin que sus votos vuelen hacia los más izquierdistas de Die Linke). Francia está al borde del colapso financiero y se habla hasta de necesite la ayuda del FMI. Con una deuda pública de 3,3 billones de euros y un déficit estructural del 5,8% del PIB en 2.024 va a ver además caer a su Gobierno por anunciar unos modestos ahorros presupuestarios de unos 44.000 millones de euros. La Francia Insumisa de Mélenchon y el Frente Nacional de Marine Le Pen ya han anunciado que votarán por la liquidación del Gobierno Bayrou. Con Alemania en el quirófano y Francia en la UCI, los grandes referentes de la Unión Europea no anima al optimismo, sin olvidar que los británicos no están mejor con un Gobierno laborista en caída libre frente a la Reform UK de Farage disparada en las encuestas. ¿Hemos tocado techo o nos vamos hacia el fondo? Pues viene a ser lo mismo.

José María Sánchez Romera

 

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