Fábula del filósofo griego y el ribaldo romano / Tomás Hernández

El Arcipreste de Hita era un hombre sabio, y, como casi todos los sabios, divertido. Siempre vuelves a algunos pasajes de su libro, una obra a la que ni siquiera puso título ni firma de autoría. Vuelves a la elegía a Trotaconventos, a la más hermosa declaración de amor, “vuestro amor e deseo…”, o algunas de sus fábulas, que parecen metáforas de nuestro tiempo. Por eso recordé esta mañana, en el paseo del colesterol, la patraña del filósofo griego y el ribaldo romano. Por eso y porque llevaba varios días medio ojeando algunas tertulias mañaneras mientras me entretenía en otras cosas.

Componen las tertulias menos reacccionarias, de las otras ni hablamos, periodistas afines ideológicamente, y dos o tres disidentes cuya función parece ser la de oponerse a todo lo que diga el contrario. Porque a eso se reduce la tertulia, no es un contraste de ideas, los disidentes van a disentir, interpelar o contra argumentar con matices inverosímiles, bulos o invenciones. Eso sí, cuánto más vociferantes y agresivos, mejor.

Pero vayamos al divertido cuento del Arcipreste. Los griegos han convocado a los romanos para ver si entienden el dogma de la Santísima Trinidad (sic) y así permitirles que se gobiernen con las leyes griegas. Como los romanos no tenían sabios que pudieran igualarse a los de Grecia, decidieron elegir a un bellaco, un ribaldo grande y furioso. Como un tertuliano disidente. Sin pinganillos de traducción todavía, el diálogo es gestual. Se levanta el sabio, ceremonioso y lento, y muestra el dedo “que está cerca del pulgar”. El ribaldo extiende con fuerza el brazo y tres dedos de la mano a manera de arpón. Respondió el griego sólo con el gesto de la mano abierta y el ribaldo lanzó el brazo otra vez, ahora con el puño cerrado. Y así explicó el bellaco a la plaza llena de gente, el diálogo gestual. Me dijo que me metería un dedo en un ojo. Yo le dije: Y yo a ti te romperé los ojos con dos dedos, “con el pulgar los dientes”. Él me enseñó la mano abierta para una palmada, y yo le mostré el puño con el que le daría un puñetazo que no olvidaría en su vida. Y así son las tertulias, o eso me parecieron, y por esa razón recordé las patrañas del Arcipreste.

Los disidentes deben de ser la cuota de objetividad y equidistancia que los programadores creen necesaria, digo yo. La objetividad es tarea ardua y compleja, aunque necesaria y deseable. La equidistancia no existe, porque existe el bien y el mal y no puedes sentarte en medio. Le atribuyen a Chesterton el consejo de no discutir nunca con un idiota, dice él; porque puede haber alguien que no perciba la diferencia. Sentar a una misma mesa a razonables y falsarios puede producir el mismo efecto, que no veamos la diferencia. Cuando una persona de prestigio participa en alguna de las astracanadas de Iker Jiménez, no hace ningún favor a la ciencia, blanquea el disparate y la mentira más burda.

Quienes creen que sentar a la misma mesa a griegos y ribaldos es emblema de democracia y libertad, pueden estar sembrando, sin proponérselo, la confusión y el desconcierto, ese “todos son iguales”, que tanto crece y tanto daño hace, la semilla de la desesperanza, la tentación al odio. ¿O es eso lo que pretenden?

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