
Hay oficios que desaparecen sin hacer ruido. Un día dejan de ser necesarios, después dejan de verse en las calles y, finalmente, quedan convertidos en una palabra antigua que apenas recuerda nadie. La talabartería es uno de ellos. En Almuñécar, sin embargo, todavía queda un hombre que se resiste a que esa palabra termine definitivamente en el diccionario de los oficios perdidos: Félix Jiménez Ruiz.
Este sábado, 19 de septiembre, a las 13:00 horas, Almuñécar rendirá homenaje al artesano sexitano con la inauguración de un monolito situado junto a su taller de la Carrera de la Concepción, el mismo lugar donde ha desarrollado durante décadas una actividad que aprendió cuando apenas tenía ocho años.
A sus 93 años, Félix Jiménez continúa siendo testigo y protagonista de una artesanía que durante generaciones acompañó la vida cotidiana de los pueblos. La talabartería no era entonces una actividad ornamental ni una rareza de museo. Era un oficio necesario para fabricar y reparar monturas, albardas, aparejos, cinchas, correajes y todo tipo de elementos destinados a caballos, mulos y burros, animales imprescindibles para el transporte y las tareas agrícolas.
El taller familiar, fundado por su padre en 1921 en la Carrera de la Concepción, se convirtió en su escuela. Allí aprendió a conocer el cuero, a cortarlo, coserlo y darle forma, pero también una manera de trabajar que no aparece en los libros: la que se transmite de maestro a aprendiz, de padre a hijo, a fuerza de mirar, repetir y perfeccionar.
Cuando el cuero formaba parte de la vida cotidiana
La historia de Félix Jiménez permite mirar hacia una Almuñécar que ya prácticamente no existe. Una localidad en la que los animales de carga formaban parte del paisaje y en la que detrás de cada montura, cada albarda o cada aparejo había un artesano que conocía las particularidades del cuero y sabía convertirlo en una herramienta de trabajo.
La mecanización del campo y la transformación de los sistemas de transporte fueron haciendo innecesario aquel universo de talleres. Los tractores sustituyeron a las mulas, los vehículos a las caballerías y el cuero dejó progresivamente de ser una materia prima imprescindible para convertirse en un material utilizado fundamentalmente en productos artesanales o decorativos.
Con la desaparición de la necesidad desapareció también el oficio. Muchos talleres cerraron y con ellos se fueron perdiendo técnicas y conocimientos que habían sobrevivido durante siglos.
Por eso el homenaje a Félix Jiménez tiene una dimensión que va más allá de la trayectoria personal de un artesano. Es también un reconocimiento a la memoria de una profesión que forma parte del patrimonio etnográfico de Andalucía y de una forma de vida que se ha ido extinguiendo con el paso del tiempo.
Félix pertenece a una de las últimas generaciones de talabarteros, albardoneros y guarnicioneros andaluces. Ha sabido, además, adaptar su trabajo a los nuevos tiempos, incorporando piezas decorativas y otros trabajos en cuero, pero sin abandonar las técnicas que aprendió en su infancia.
El resultado es una actividad que ha conseguido sobrevivir allí donde parecía que ya no quedaba espacio para ella: en un pequeño taller situado en pleno corazón de Almuñécar.
Un monolito para que el oficio no quede en el olvido
El monolito que se inaugurará este sábado albergará una de sus obras y ha sido realizado íntegramente por la empresa local Taller Montes, con aluminio y vidrio. La iniciativa pretende poner en valor tanto la trayectoria de Félix Jiménez como el trabajo artesanal y técnico realizado en Almuñécar.
El acto se incluye en el programa municipal de Honores y Distinciones, promovido por la Concejalía de Cultura, para reconocer a personas cuya trayectoria profesional, cultural o humana haya contribuido al patrimonio material e inmaterial de la localidad.
Félix Jiménez ya recibió en 2015 el Premio Turismo de Almuñécar y posteriormente fue homenajeado en el Festival de Arte Contemporáneo Trópica.
Ahora será su propio taller el que quede señalado como lugar de memoria.
Quizá sea esa la verdadera importancia de este reconocimiento. Porque cuando desaparece un oficio no desaparecen solamente unas herramientas, unos materiales o una determinada forma de ganarse la vida. Desaparece también una manera de entender el tiempo, el trabajo y las cosas bien hechas.
Y en una época en la que casi todo parece fabricarse para ser sustituido cuanto antes, el viejo taller de Félix Jiménez conserva otra medida del tiempo: la de las manos que todavía saben hacer aquello que las máquinas y los cambios de vida terminaron por convertir en innecesario.
A los 93 años, Félix sigue trabajando el cuero. Y mientras lo hace, la talabartería todavía respira en Almuñécar.







