Llevo un rato sentado en el ordenador con un nudo en la garganta. Necesito escribir para recordarte pero, en realidad, lo único que quiero es poder tomarme una cerveza contigo, Leyva. O dos. Quiero escuchar un chiste relacionado con lo que estemos hablando, da igual el tema, puesto que tienes uno para cada momento. Quiero escucharte recitar una de las 1500 poesías que te sabes de memoria. Me gustaría que me contaras, de nuevo, cuando estuviste en la cárcel por tu militancia comunista. Me encantaría escuchar alguna de tus frases con tu impronta. Deseo verte llegar y que me preguntes esbozando una sonrisa: ¿otra vez estas aquí, Juani? (aunque yo ya no esté y tú tampoco).
30 años, Leyva. Se dice pronto, ¿eh?
¿Te acuerdas cuando después de hacer caso a tres chavales que querían abrir un espacio inerte, como era la sede de IU, decidiste acompañarlos para intentar revitalizar un proyecto de izquierdas en el pueblo? Qué época…
Me acuerdo de cuando fuiste a hablar con Pedro Vaquero, que en paz descanse, para ver si una muchacha que trabajaba en I.E.S. Al Ándalus, llamada Reyes Peláez, podría ser la candidata de IU Almuñécar a la Elecciones Municipales.
Vaya compromiso en el que metiste a Reyes, Leyva. Y bendita sea la hora en la que lo hiciste, porque entró en nuestras vidas a una de las personas más maravillosas y genuinas que conozco.
Aunque lo pasó muy mal, todo sea dicho, tú siempre estuviste a su lado acompañándola; cuidándola.
Igualmente, me acuerdo de cuando años después metimos en el mismo embolado a nuestro amigo Iván, al que tienes bastante cariño. También estuviste a su lado, cuidándolo, mientras yo era bastante duro con él y sufría los insultos de quien, por suerte y gracias a nuestro trabajo, jamás volverá a pisar la alcaldía de nuestro pueblo.
Asimismo, me acuerdo de todas las pancartas que has hecho a mano, contra la guerra, por Palestina, a favor de las reivindicaciones de los jubilados, para IU, para espacios más amplios….
Me acuerdo porque estaba contigo mientras lo hacías, Leyva. Aprendiendo, adquiriendo conocimientos manuales, políticos e históricos.
(Es curioso, Leyva, escribiendo esto me doy cuenta de que lo que soy, en parte, es gracias a ti).
También, me acuerdo de cómo años más tarde, tras pringar a nuestra querida amiga Luci, te preocupabas por ella y te enfadabas por algunas cuestiones, que no vienen al caso, relativas al funcionamiento interno de las organizaciones políticas por las que ella sufría. Y siempre estuviste ahí, cuidándola, con ella, y repitiendo “para estar así, es mejor que os caséis”, que es lo que decías cada vez que ella y yo discutíamos. La próxima vez que nos veamos, cuando me preguntes por “la oreona” con una sonrisa, emulando a como yo me dirijo cariñosamente a ella en algunas ocasiones, te contaré cómo le va.
Y es que, Leyva, las personas que hemos tenido la suerte y el privilegio de poder compartir contigo militancia, hemos podido aprender lo que la misma significa, lo que es compromiso y que cuando compartimos un proyecto y mismos objetivos “el individualismo se va a la mierda”, como dijiste en una ocasión.
Pero estos recuerdos son sólo unos pocos de los que he tenido la suerte de acumular en estos treinta años; me faltan folios para describir la dimensión de lo que trato de explicarte. Si, además, todos estos años han trascendido más allá de lo que hemos compartido en lo político, permíteme decirte que nos has hecho una gran putada, aunque nada comparada con la que le has hecho a Mariángeles, claro.
Podría decir tantas cosas, Leyva… Pero, en todo caso, y puestos a recordar, así te recordaré: siempre presente e inasequible al desaliento.
Adiós, amigo. Gracias por todo.
*Me tomaré a tu salud una cerveza (o dos), y me relameré el bigote.






