Jorge Pérez Cebrián canta la tierra / Tomás Hernández

Cuando el conocimiento se expresa como necesidad y no como exhibición insolente, nos deja la emoción del que escucha al que sabe. Eso sucede con las Canciones de la tierra de Jorge Pérez Cebrián. Me gusta la poesía rica en referencias que nos urge a la consulta de otros libros. Los Cantos pisanos de Ezra Pound en la cuidada edición de Javier Coy serían un buen ejemplo. Y estas Canciones de la tierra también serían ejemplo de ese saber que sólo puede decirse desde el arrebato y el vértigo, cuando el poema es puerta que se abre a otras puertas y no reiteración de obviedades.

Al empezar a leer este reciente poemario de Jorge Pérez Cebrián, iba subrayando las citas y referencias que necesitaba ver, tantísimas que pasé sobre ellas, sin consulta ni distracción alguna que me apartara del fervor de estas canciones. Son tantas las alusiones a otros libros, otras culturas, que sería largo enumerarlas y, además, ya lo dice muy ajustadamente Santos Domínguez en el Prólogo: “Porque más allá de Heráclito y los presocráticos, más allá del salmista y del Libro de los muertos, la historia de la humanidad es en buena parte la historia de esas confluencias que reaparecen en Platón y en Lucrecio, en Dante y en John Donne, en la mística sanjuanista y en el quietismo de Molinos, en Hölderlin y en William Blake, en Rilke y en Heidegger, en el Octavio Paz de Blanco y en el Eliot de los Cuatro Cuartetos, en la razón poética de María Zambrano o en la poesía de José Ángel Valente”.

Siete son las canciones de la tierra. El número, dicen los estudiosos del simbolismo de la cifra, que representa la conjunción de lo humano, las cuatro direcciones, y lo divino, el tres de las triadas religiosas, Isis, Horus, Osiris / Padre, Hijo, Espíritu. Creo que no puede decirse que cada canción desarrolle un asunto, este es un libro de leitmotivs y reiteraciones léxicas que van enhebrando la urdimbre del poema. Sin embargo, sí hay algunos asuntos más definidos que otros. Así, la canción III nos hace recordar de inmediato el tono bíblico del Levítico y sus admoniciones y prescripciones, revividas ahora como tradición o maldición: “lávate los dientes. Tu cuerpo es sagrado, / si un hombre comete homicidio, ese hombre / debe ser ejecutado / produce, consume, no enfermes / no te rasques hasta sangrar, no mires, / no mires, no mires al sol / pero sobre todo”. El poema V sorprende. Se abre con una larga enumeración de citas en diferentes lenguas y diferentes grafías, un caos semántico y visual que nos devuelve a la realidad con una apelación, “Oh, mi pueblo, qué te he hecho”, y ese es el asunto del poema, la extrañeza entre los suyos expresada entre el contraste de las citas y lo cotidiano: “Doy un sorbo al café, respiro el humo / y entonces miro el cielo”.

Estas Canciones de la tierra no son ajenas al mundo. Pueden revestirse de la retórica de la tragedia griega (coro, estrofa, antistrofa) para recoger el tema clásico de belleza vs barbarie desde declaraciones de principios de organismos internacionales y una mirada irónica, hasta los desasistidos: “Legión las prostitutas, los ladrones y los mendigos, / legión los locos, los soldados, las madres que vieron / morir a sus hijos, legión los huérfanos y los parricidas, / legión los prisioneros, los esclavos y los siervos, / legión las adúlteras, los leprosos, los enfermos de SIDA, / legión los desaparecidos, las mujeres violadas, / las asesinadas, los exiliados, legión los adictos, / los civiles, los animales sin nombre, los ancianos en residencias, / legión los perseguidos, los apátridas, los refugiados, / legión los herejes y los maricones, los campesinos hambrientos, / legión los pueblos cuya semilla ya no es. / Legión. Legión tu historia”.

El caos también puede decirse desde el caos, con la disrupción gráfica en la presentación del poema, mayúsculas, “MI COLUMNA DE PLATA MI RESPALDO DE ORO / MI PÚRPURA”; la enumeración caótica, “MURALLAS / TORRES ALMENAS PUERTAS SICLOS DE PLATA”; reiteraciones, “abre la mano, tuyo es el amor”, “este es tu pueblo”, “legión es mi nombre”.

Un libro breve, pero ancho en sugerencias, que nos deja la sensación, al cerrar el último poema, de lo que el poeta escribió: “YO he llegado a ver / la espalda de aquel que mira”.

Tomás Hernández

 

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