Desde que Pedro Sánchez decidió convocar las elecciones ha generado una controversia donde no plantea un debate, lo que hace es retar a la democracia: el Parlamento sólo es legítimo si vota lo que propone la minoría progresista de tal manera que, si su investidura era incuestionable por haber alcanzado los votos de la mayoría, ahora deja de serlo cuando no vota lo que desde la misma minoría trata de imponer. Ahora la legitimidad se ha mudado del Congreso de los Diputados a una calle de la que el Presidente se proclama exégeta, para ello se apropia de esa cosmogonía política conocida como “lado correcto de la historia” hija de esa superioridad moral de la que como un fondo buitre se pretende desahuciar definitivamente al centro-derecha. Se trata de un asunto grave porque desafía el sistema de representación y lo desplaza hacia la inefable idea de “calle”, siempre, naturalmente, que siga sus dictados y la ocupen sus partidarios, por encima incluso de cuál sea el número porque siempre serán más (y si no es así las matemáticas tienen un problema).
Con semejante reto quemando las manos de la democracia se nos aparece el pasado viernes en “El Mundo” Félix Ovejero imputando al liberalismo atribuirse ser moralmente superior al proclamarse únicos defensores de la libertad frente al resto. “Hombre, hombre, hombre”, que escribiría Arcadi Espada, en pleno debate electoral con la izquierda exudando superioridad moral por los poros, y perdiéndola con sus hechos, va el filósofo de la razón en marcha y pretende robarles la cartera a los liberales gritando al ladrón. Es lícito poner a prueba cualquier teoría, ahora bien, lo de la superioridad moral de la izquierda ni ella misma lo ha negado, de hecho, se siente políticamente convencida en esa certeza. En tiempos tan recios como los que vivimos resulta que el Sr. Ovejero no está a las cosas sino a las quisicosas, optando por flotar en el éter de lo teórico.
El artículo de Ovejero tiene truco, lo que no excluye una acreditada solvencia intelectual, si bien a cada uno de tira lo suyo y le repelen ciertas cosas en particular, que en su caso son en general las doctrinas liberales. Empieza distinguiendo al liberalismo de academia, citando a un sedicente liberal como Rawls, de los que él denomina liberales de tertulia y editorial, cambia el sujeto a mitad del texto para redirigir sus ataques a los gobernantes liberales y termina llevando la cuestión en la última parte de su exposición a un debate doctrinal donde trata de demostrar que su republicanismo (de ideas, no de régimen, aclara) es moralmente superior al liberalismo. Un giro de 360º que peca justamente de lo que se supone que quiere defender, esto es, que ningún pensamiento ni ideología puede atribuirse ser moralmente superior a los demás, sobre todo, y esto no lo dice Ovejero, porque sacados del confort de los enunciados los dilemas que plantea la vida real muchas veces resultan incompatibles con la rígida pureza de los principios. Más bien la cuestión práctica a resolver sería en qué medida un conjunto de valores o ideas permite mayores niveles de afinidad con la naturaleza humana de la que es forzoso partir o, incluso, qué sistema ha demostrado mejor esa compatibilidad a lo largo de la historia. Y a partir de ahí, sin subterfugios retóricos, dilucidar el estatus que corresponde a cada uno.
La tesis fuerte de Ovejero se ofrece al inicio de su artículo al sostener que los liberales “de trinchera”, unos indeterminados opinantes y editorialistas, acusan de liberticidas a quienes tratan de matizar sus afirmaciones, mostrándose como los verdaderos defensores de la libertad. Mezclando las sutilezas de filósofo con la táctica del activista dice que “(esos liberales) desde su pedestal moral lanzan acusaciones de superioridad moral”. Esta frase es confusa porque si el artículo reprocha a los liberales su exhibición de superioridad moral decir que son ellos los que lanzan tal reproche parece contradictorio. Pero, en definitiva, lo que trata de demostrar Ovejero, recurriendo a la falacia del hombre de paja, es que esa primera línea de liberales hace alarde de una superioridad moral que, sin embargo, incurre en abiertas contradicciones al defender principios que luego se abandonan cuando se pasa “de las musas al teatro”, justificando actos incompatibles con dichos principios. Esto último no impide a Ovejero refugiarse en las musas de lo abstracto evitándose bajar a las tablas del teatro.
Como ya quedó dicho más arriba a continuación sustituye a tertulianos liberales por gobernantes liberales para acusarlos de resultadistas, insistiendo, ahora dirigida a los políticos, la primera acusación de romper con los principios por conveniencia o utilidad (una especie de “cholismo” según Ovejero). Por trivial debería ser innecesario explicar que el agente que opina no está en la situación del que decide, ni el teórico respecto de los anteriores, las posiciones de cada uno pertenecen a órdenes muy distintos. Al liberalismo en general le atribuye concretamente, viciado de consecuencialismo, la burla del derecho internacional como si la realpolitik no fuera una cuestión ideológicamente transversal. ¡Adiós a Kant!, dice, recordando seguramente la paz perpetua, como nada ni nadie es perfecto habría que recordarle que esa idolatrada epifanía de las libertades que fue la Revolución Francesa se olvidó, entre otras muchas cosas, del sabio de Königsberg en beneficio de la guillotina. Para que pase desapercibido el cambio de sujeto Ovejero intercala una retahíla de inconsecuencias liberales antes de arrojarse sobre la hipocresía de sus políticos atribuyéndoles predicar con el evangelio deontológico mientras gobiernan con el catecismo del resultado. Algo que recuerda una escena de la película Lawrence de Arabia cuando Omar Sharif en respuesta a Anthony Quinn, que le recrimina ser hijo de un ladrón, le responde: “¿Acaso me confunde Auda con uno de sus bastardos?”. Nadie ha contradicho más sus principios que el marxismo y sus distintas versiones políticas cuya traducción práctica ha sido la implementación de sistemas de poder construidos sobre la represión de las libertades con el fin de llegar a una utópica sociedad sin conflictos…sustentada en la lucha de clases, una aporía que explica el fracaso de todos los ensayos socialistas, obstáculo que Ovejero elude mediante una elipsis terminológica hablándonos de republicanismo. Juega aquí con el mismo as en la manga que el resto de la izquierda: confrontar un socialismo teórico con las imperfecciones de las sociedades liberales. La realidad es que una vez puestos en un mismo plano, la superioridad moral del liberalismo no se establece en base al método dialéctico sino fundada en las certezas que proporciona la acción humana y ésta nos enseña que “en los países no comunistas las personas no andaban con banderas con los rostros de Adam Smith, Milton Friedman o Friederich Hayek y menos andaban citando sus palabras como si se tratara de profetas. En cambio, en la Unión Soviética o en la China de Mao se impuso una verdadera fe a la cual las personas debían subordinarse a la fuerza.” (Jan Doxrud, “El Libro Negro del Comunismo: ¿un libro negro del capitalismo?”).
José María Sánchez Romera






