La revista de Almuñécar y la Costa Tropical

La gran lección de Ucrania / José María Sánchez Romera

 

Cuando concluyó la Batalla de Inglaterra el Primer Ministro Winston Churchill dijo, refiriéndose al papel de la Royal Air Force en la contienda que tuvo lugar entre el 10 de junio y el 31 de octubre de 1940 que «nunca tantos debieron tanto a tan pocos». Algo parecido ha hecho escribir a Yuval Noah Harari: “Las historias sobre la valentía ucraniana otorgan determinación no solo a los ucranianos, sino a todo el mundo. Dan valor a los gobiernos de los países europeos, al Gobierno estadounidense e incluso a los ciudadanos oprimidos en Rusia”.

Nunca tan escasamente organizados como desvalidos han dado una lección de valentía individual como la que los ucranianos están dando al mundo entero. Las tropas rusas atacan cumpliendo órdenes, cada ucraniano exhibe un valor cívico propio, resistencia ante una injusticia sin un mando que lo obligue a luchar o resistir en una trinchera. Su Presidente se ha puesto al frente de todos haciendo acopio de valor personal y no se ha exiliado ni se ha rendido. Siendo el motivo de la agresión la independencia ucraniana para decidir su posición en Europa y en el mundo, ha pedido en pleno ataque ruso su adhesión a la Unión Europea. Un mensaje que transmite que nunca va a rendirse.

Si existía la duda histórica sobre la una identidad real de Ucrania como nación, si algo podía faltarle a ese país tan agitado por los constantes cambios de fronteras, la agresión emprendida por Putin ha acabado por dotarle de un hito fundacional constituyente. Ucrania se ha convertido en nación no por aparecer delimitada en un mapa abarcando un determinado territorio, sino porque sus habitantes actuales y los descendientes de ellos ya siempre sabrán por qué existen y qué son. Como el Israel actual no se entendería sin el Holocausto.

Los ucranianos han dado una gran lección al llamado mundo libre, una lección que tiene que ver con la defensa de la dignidad humana en su sentido más profundo. Un sentido muy alejado de la artificiosa lista de derechos que no son más que imposiciones inventadas por políticos oportunistas con cargo a una parte de la sociedad. Los ucranianos luchan por sus derechos naturales y arriesgan con ello la vida. En Occidente exigimos convertir cualquier particularidad en excusa para exigir lo que se llaman libertades positivas que son las que permiten a algunos gozar el derecho para hacer cosas especiales y que otros deben sufragar conforme a la decisión arbitraria del gobernante. En estos días los ucranianos no tienen ningún derecho, ninguno, ni el de vivir, porque éste, que podrían conservar rindiéndose, se lo juegan en un solo envite desde lo que debería ser una desmoralizadora inferioridad frente a la maquinaria de guerra rusa.

Occidente (Europa y USA) tienen una gran deuda con Ucrania: nos han enseñado el valor de la libertad y la necesidad de defenderla. Nos han despertado de ese pensamiento Alicia (feliz expresión de Gustavo Bueno), una ensoñación que nos ofrece un mundo pacífico y feliz basado en ignorar la cruda realidad de un mal que nunca dejará de existir y al que cuando trata de dominarnos se hace necesario combatir. Ese voluntarismo optimista es el peor enemigo de la buena voluntad, es su contrario, porque lo que hace es ocultar el verdadero rostro del mal, situándolo en el mismo plano moral que el resto. Ya hemos podido comprobar que el amable diálogo, la bienintencionada tarea de razonar con quienes encarnan una voluntad tiránica carece de sentido si no está respaldada por una determinación última de resistir a cualquier precio para conservar la libertad. La propia Unión Europea se ha dado sentido a sí misma impulsada por el arrojo de los ucranianos decidiendo ayudarlos a cara descubierta y aguantando las terribles amenazas de Putin de provocar una hecatombe nuclear. Puede que tras nuestro crónico diletantismo las amenazas rusas hayan despertado al tigre que se pasó siglos luchando contra sí mismo. Pero es que en realidad no hay alternativa si no se quiere pasar de la condición de ciudadano a la de súbdito.

Ucrania nos da una última lección: la superioridad del individuo sobre la colectivización de la voluntad que significa utilizar a la sociedad como coartada de las decisiones del poder. No ha sido necesario para que todos volcaran sus esfuerzos en una misma dirección el que unas cuantas ideas estereotipadas lanzadas desde el estado les dijeran lo que tenían que hacer, la reacción ha venido de compartir unos mismos valores. Como señala Hayek, la existencia de profundas tradiciones morales es condición de la libertad.

P.D.: Pese a una extendida creencia, la riqueza no va más allá de proporcionar distintos niveles de exuberancia material. El Sr. Guardiola es, con toda justicia, inmensamente rico porque cobra lo que le pagan en la libre concurrencia entre oferta y demanda a consecuencia de sus indudables capacidades como entrenador de fútbol. En días pasados ha culpado a la Unión Europea y a la OTAN del ataque a Ucrania sin mencionar al agresor. Se demuestra así la deuda que hay pendiente con Putin desde 2.017 y es una forma de ir pagándola, pero sería más honrado hacerlo con dinero, a él le sobra, y no con servilismo. Bien es cierto que si su sueño de tener un pasaporte catalán no se viera cumplido siempre podrá pedir el ruso a su amo.

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