Es un defecto generalizado que inunda a toda la sociedad y que actualmente ha producido un daño tan elevado que es prácticamente imposible erradicarlo, dada su permeabilidad en todas las esferas sociales. Es, por lo tanto, transversal y afecta a cualquiera, dondequiera que se encuentre. Aunque emparentada con la maldad, no desciende de ella, puesto que la grosería no tiene connotaciones éticas. Diríase que es una manera de ser que dificulta las relaciones humanas, si no es que a veces las imposibilita.
Pero no es necesariamente congénita al ser humano. No se nace grosero, pero su existencia es tan contagiosa que, si aparece en el entorno, es muy difícil librarse de ella.
Parte del problema es que el grosero jamás aceptará que lo es, porque no se reconoce como tal en sus actos. En definitiva, la grosería es una actividad social, puesto que necesita, para expresarse, la existencia del otro.
De ahí que tenga tanta relevancia en la política.
Al estar tan generalizada, hay tipos diversos de grosería. Puede ser disimulada o manifiesta. Por exceso o por defecto (raramente se da esta última modalidad, pero, cuando ocurre, es la peor de todas, porque se transforma en desprecio).
La RAE la define como descortesía, falta de respeto, tosquedad y falta de finura.
Al ser la grosería una cuestión formal, es muy difícil definirla en sentido unidireccional.
Se comprende mejor si primero definimos la actitud contraria y las formas que la configuran.
Lo contrario a la grosería es la sensibilidad, la afabilidad, la apertura mental, la adecuación sin estridencias a la realidad y la generosidad de no tomar nunca ventaja, aunque nuestra posición nos lo permita.
Su facilidad para extenderse radica en la tendencia a emparejarse entre personas a las que no les molesta en absoluto que el otro sea un grosero. Incluso, si no lo fuera, no lo verían tan atractivo.
Tengo la sensación de que se tiende a emparentar la grosería con el machismo, siendo conceptos que, aunque a veces convergen, no son necesariamente comparables.
La grosería como arma política debe perderse en la noche de los tiempos. Sin embargo, cuando más destaca es en los momentos en los que el autoritarismo intenta controlar a la sociedad.
El uso de la fuerza y la prevalencia del poderoso sobre el débil son pura grosería.
El capitalismo desbocado que actualmente disfrutamos nos remite inequívocamente al concepto que estamos intentando comprender.
Los grandes empresarios, los políticos de primera línea, los influencers, los músicos que dominan el mercado y otros que cohabitan en las redes sociales, convertidos en ejemplos a seguir por gentes de todo estrato social, basan su éxito en la grosera acumulación exhibicionista de bienes de consumo. O presentan un portafolio que incluye, entre otras cosas, una casa tan inmensa como el mal gusto de su propietario, un Ferrari y una señora recauchutada, cubierta de joyas y que atiende servilmente las veleidades de su amo.
Entiendo que cuanto aquí se expresa pudiera parecer un mundo de lugares comunes que la mayoría de la gente da por supuestos. Sin embargo, y aunque así fuera, el hecho de exponerlos a debate merece la pena, porque no hay nada más peligroso que aquello que se calla por miedo a resultar reiterativo.
Para acabar con los malos olores hay que ventilarlos.






