La llave de la caja / José María Sánchez Romera

Por la época podría corresponder al título de un hit estival. Como tales canciones son indiferentes a la congruencia entre el título y la letra o a la coherencia interna de ésta siempre que vayan rimando sus estrofas, no existiría el menor problema en nombrar así a la canción del verano. La cuestión es que el sintagma que componen las cinco letras del título no tienen que ver con el mundo de la música pop, sino con la reciente pretensión del nacionalismo catalán de hacer suyos todos los ingresos tributarios que se recaudan en la Comunidad catalana y que constituyen un paso más hacia la secesión por un camino menos directo que el de la pura rebelión frente a la legalidad vigente, o de lo que de ella va quedando de derecho y sobre todo de hecho. La legalidad constitucional ya es ficticia en muchas zonas de Cataluña y los catalanes no nacionalistas no son a efectos prácticos ciudadanos (esa condición que la izquierda tanto encomia) libres e iguales sino parias políticos e incluso sociales si llegan al intolerable límite de tratar de defender sus derechos.

Lo que menos sorprende a estas alturas es la brutalidad con la que plantean ese máximo de entre otros objetivos con puerto de llegada en la independencia, con o sin mayoría al bolivariano modo. La zafiedad con la que, especialmente Junts, amenaza al Gobierno y a través de él a todos los españoles tiene que ver con la convicción de que pueden aspirar a muchas cosas con carácter inmediato, la secesión requiere algo más de sutileza para controlar la intensidad las reacciones adversas, porque el Ejecutivo cifra su éxito en seguir de pie al margen de cualquier otra consideración. Dado que en una parte de la sociedad se ha instalado un estado cercano a lo paroxístico al considerar que cualquier cosa es mejor a que gobierne lo que de forma alternativa o conjunta se denomina derecha y extrema derecha, lo que haga o deje de hacer el Gobierno se considera un asunto menor con tal de que no puedan llegar los otros, ignorando, en muchos casos de buena fe, que, como en la película de Amenábar, ellos también son los otros. Los motivos que guían la acción humana son esencialmente los mismos en todos los individuos, incluso en todas las épocas ya que nuestra naturaleza no ha cambiado por los progresos del conocimiento, y no están determinados de forma predominante por la ideología. Marx quiso explicar la adscripción ideológica en función del estatus social, algo que dramáticamente desmentían por sí mismos él y su amigo y protector Engels por cuanto que ambos eran burgueses y sin embargo comunistas.

Pero no es la faceta formal la única que importa en cuanto a las consecuencias que se derivan de la posición predominante del secesionismo frente a un Gobierno que ha aceptado depender de él en la secreta convicción de poder ir modulando sus impulsos para acompasarlos a las necesidades legislativas de su programa. De ese error, evidenciado esta semana con dos importantes revolcones parlamentarios, se derivan externalidades positivas tales como impedir la progresión del intervencionismo estatal que no parece encontrar límite en estos tiempos. Sobran leyes y normas, por lo que un período de tiempo a dieta de las insaciables exigencias de Leviatán debe ser bienvenidas. En el lado negativo hay que destacar las cuentas tramposas que elabora el nacionalismo para justificar sus demandas. Empezando por una deuda autonómica de la que son absolutamente responsables de su astronómico nivel a la que sobreviven por el respaldo del Estado Español y siguiendo por ser Cataluña la Comunidad con más impuestos propios y una de las fiscalidades más altas, responsabilizar al sistema de financiación autonómica de la calamitosa situación de la economía catalana es una falsedad. El locuaz Sr. Rufián pidió el otro día más Estado para cerrar medios de comunicación a la vez que postula menos Estado con el que poder igualar económicamente los territorios más pobres al pedir “la llave de la caja”. Con ello demuestra que su izquierdismo, en lo que de positivo pueda significar, es un flatus vocis, retórica de atrezzo tras la que se oculta que todos los recursos de la economía catalana no provienen de su territorio, son rentas e impuestos (I.V.A. fundamentalmente) que se genera y recauda en las transacciones comerciales de muchos productos elaborados en Cataluña y adquiridos por el resto de españoles. Tan burdos como su supremacismo son los agravios económicos de los que se queja el nacionalismo.

En el lado del Gobierno Central será conveniente que más pronto que tarde asuman la idea de que no va a poder hacer casi nada si no es a base de dejarse arrancar jirones en forma de competencias en los territorios vasco y catalán. Cada vez que se acude al Parlamento con un proyecto legislativo la condición es la misma, la bolsa o la vida (del Gobierno), dicho en otras palabras, la caja o la Moncloa. Ante la inocultable evidencia del afán de sobrevivir la coalición gubernamental a toda costa, los que prestan sus votos no dudan en reclamar la contrapartida a cada apoyo e incluso ni así cuando quienes apoyaron la investidura creen más conveniente recordar al Gobierno su manifiesta debilidad o ejecutan una vendetta para señalar a algún Ministro. El recurso de culpar a la Oposición de las derrotas parlamentarias infligidas realmente por esa inexistente mayoría de progreso, con su correlato de “somos más”, tendrá la esperanza de vida que el resto de eslóganes que para cada ocasión se han ido improvisando y no tendrá otro efecto que acelerar un deterioro que es inescindible, en este caso sí, de toda situación de precariedad. La tierra firme sólo es útil si se tienen los pies en el suelo.

 

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