foto: «La espera» Javier Celorrio
Somos una poquedad, una causa breve en esa tocata y fuga del efecto Big-Bang en el que viajamos y del que desconocemos todo. Se nos ha olvidado que venimos de una proteína salida de una sopa gelatinosa y asquerosilla y que somos, como dice el bolero, dos gotas de llanto en una canción, esos somos nada más. Así, ¿de qué extrañarnos que un diminuto virus, un monstruo entre otros muchos que vienen de esa misma sustancia, intente exterminarnos sin carta de presentación y mucho menos sin instrucciones de uso? Desde el espermatozoide hasta el último conflicto bélico, lo único cierto es que el átomo de la vida es un gen que nos toma por un taxi y al que servimos en el viaje con gorra de plato hasta decidirse por otro, no sin antes, maleducado viajero, dejarnos hecho purita chatarra y en el desguace. Entretanto, vivimos de la calderilla que va marcando el taxímetro e inventando pasiones que nos deslumbran, ciegan o adelantan el fatal desenlace.
Lo asombroso de todo esto es la resiliencia que mostramos ante la continua entropía a la que todo conduce, logrando inventar parchear la cubierta, pero del interior de eso intangible que nos habita, para unos alma con palmas celestiales y para otros memoria genética, un asunto con más presencias de ultratumba que Cuarto Milenio, nos sale el mono aquel que descubrió doble función a la quijada o el fémur del mamut: alimentar primero y ser herramienta después que blandir como defensa o agresión. Entonces ya fuimos como el gen que nos tomó como cocherito leré: pura supervivencia que dejamos y tomamos al antojo.
Venimos de la casualidad de un átomo, y desde el mono aquel hemos sido capaces de pintar bisontes, llegar a llenar el silencio cósmico con el Mesías de Haendel, crear políticos a la española y hasta secuenciar en un laboratorio la proteína primera. Somos ese magma primigenio, esa sopa gelatinosa de inteligencia pero también de estupidez, igualadas en el reparto y donde a veces gana una y en ocasiones otra. Un compuesto binario, esos somos, dos gotas de llanto en una canción. Y sin remedio.
Ahora vuelve ese motorista que, casco y anónimo, cesaba a los ministros en nombre del Cesar Visionario, o sea Franco. Ahora el motorista es digital, cyborg y viene en mensaje de X, aunque el Visionario de turno se lo piensa más en cesar a alguien por aquellos de cuando veas las barbas de tu vecino cortar pon las tuyas a remojar, pero somos más tontos que la cola de una jaca jerezana que no deja de moverla por un que fijemos la atención. Estamos como esas tonadilleras que del mi arma han hecho corte celestial con sus querubines, arcángeles, tronos y serafines y ellas presidiendo toda esa Capilla Sixtina como virgenes de Murillo, pero algo pasada por Maléfica de Disney.
A la de la tonadilla y a nosotros se nos ha olvidado que venimos de la casualidad de una proteína y desde el mono aquel que descubrió que la quijada de una cabra era también herramienta que otorgaba poder para pasar a pintar barrocas mitologías hasta llegar a secuenciar en un laboratorio la proteína primera, somos ese magma primigenio, esa sopa gelatinosa de inteligencia y estupidez igualadas en el reparto y donde a veces gana una y en ocasiones otra.







