La moleskine de Cesarión / No todo tiempo pasado fue mejor, pero sí más elegante

 

Mientras España pasaba por la década de los sesenta entre planes de desarrollos y proclamas de 25 años de paz o el inefable España es diferente, en aquellos días dorados, pero enmohecidos por dentro, cuando los hombres llevaban sombreros y las mujeres encendían cigarrillos como si pudieran así encender el mundo, existía un lugar llamado Madison Avenue. Y allí, en una oficina de cristal, humo y bourbon, en el New York de los sesenta, nacía cada mañana un hombre llamado Don Draper. Pero como en todo buen vals americano, lo que parecía firme bajo los pies se deshacía como niebla al amanecer.

Mad Men no fue solo una serie de televisión. Fue una elegía suave al esplendor roto de los años sesenta, una postal escrita con tinta de whisky y firmada por fantasmas de una época que fingía creer en el futuro mientras abrazaba sus contradicciones. Y entre sus armas más letales —más que la publicidad, más que los silencios cargados— estaba la música.

La música en Mad Men no solo sonaba: flotaba. Como el humo de un Lucky Strike por entre las persianas de la oficina de Roger Sterling. Era la música de un país en trance, de un sueño americano que bailaba en tacones altos hacia el abismo, al ritmo de Sinatra, en las proclamas de Dylan o de Nancy Sinatra cantando que solo se vive dos veces y que las botas eran para caminar.

Cada canción era un espejo. No uno brillante y nítido, sino de esos empañados por el tiempo, que reflejan más lo que se desea que lo que es. Cuando sonaban los Beatles —sí, aquellos verdaderos Beatles, no imitaciones baratas— con su “Tomorrow Never Knows”, el mensaje era claro: el ayer ha muerto, y el mañana ya no pertenece a hombres como Don Draper. La juventud se sube a un tren psicodélico, mientras los adultos aún buscan el vagón de primera clase en un mundo que ya cambió la estación.

Draper —o quien fuera antes de Draper— camina por la vida como si cada día fuera un anuncio que aún no ha sido aprobado. Pero detrás de sus trajes a medida hay un silencio profundo, una canción que nunca suena. Y es ahí donde la banda sonora interviene: canciones como “You Only Live Twice” acompañan su soledad como una amante fiel y distante. No hablan por él, sino que cantan lo que él jamás podrá decir.

Peggy Lee pregunta en su voz de terciopelo desilusionado: “Is That All There Is?” Y el espectador entiende. Lo entiende todo. El éxito, el dinero, la perfección, todo eso es solo un decorado. Lo que importa, en realidad, es lo que no suena.

La grandeza de Mad Men no reside solo en su guion o en sus trajes entallados. Reside en la forma en que cada episodio se despide con una canción como si cerrara la puerta de un club nocturno a las tres de la mañana. Se oye la última nota mientras uno se queda en la acera, solo, con el eco de una época brillante como el oro, pero pesaba como el plomo.

Porque al final, la música de Mad Men no es solo música. Es memoria. Es la voz suave del pasado diciendo que no todo tiempo pasado fue mejor, pero sí más elegante. Es el susurro de un saxofón en la oscuridad.

Aquí se hizo un sucedáneo llamado Velvet ambientado en los inicios de los grandes almacenes, pero nunca como aquellos impecables trajes de Madison Avenue. Aunque, todo hay que decirlo, reflejaba bien la pacatería de la época de cuando España era diferente.

Cesarión Stuart

 

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