
Los partidos políticos tienen a gente en permanente orden de servicio y vigilia* (hacer méritos en la loca juventud y agradecimientos en la dulce senectud) y así es imposible que no te graben, te difundan y confundan. En esa pertinaz permanencia en la vigilancia, ejercitada con perseverancia, del otro siempre el contrario, suelen verse demonios que la razón no entiende. Así, los llamados fontaneros de guardia de una avería de atasque pueden hacer colapsar la ingeniería de aguas del edificio por un deseo empecinado en demostrar su eficacia a la superioridad en el mando, y cuando éste es autocrático el fin justifica los medios, aunque en el caso del diligente y ambicioso fontanero, a quien nadie le pidió ir más allá de la avería evidente, el despido es seguro.
Muchos poderes, políticos, económicos, sociales, a que engañarnos, son deudos de esa autocracia sedimentar de la naturaleza humana. Así que parezcan absurdo los eufemismos o las acusaciones multidireccionales de esos procederes. Y si esto no es más evidente y efectivo es porque el sistema democrático tiene herramientas y mecanismos para poner coto a alguno de esos desmanes. Recordemos a aquel Polo de Sicilia que quería convencer a Sócrates de las bondades de la dictadura señalándole que «no existía vida más feliz para un ser humano que la del dictador, ya que la dictadura le capacita a uno a actuar como le plazca». Obvio, que bajo su omnímodo poder cualquier arbitrariedad le es consentida y permitirlo esconde «el bien particular que de ellos queremos recibir», según decía La Rochefoucauld y que cito de memoria.
Hemos conocido en la Historia muchos casos de fontaneros idiotas; al caso, aquel mariscal Grouchy, a quien la Historia culpa de la derrota napoleónica de Waterloo. Éste por seguir a pies juntillas las ordenes del Emperador no supo oír la propia intuición ante el giro imprevisto de la batalla, siguiendo la estrategia proyectada en un principio y acaso temiendo equivocarse ante el plan diseñado por el emperador. Hay fielatos que matan y la lealtad a su general le costó al corso el final de carrera. Luego al general La France le hizo algunos honores, pero el fallo quedó en los anales como culpabilidad de aquella derrota.
Estamos asistiendo en estos días a un momento de novela decimonónica (lo decimonónico parece peyorativo, pero es la literatura que nos contiene): un bartender literario mezclando a Balzac, Galdós, gotas de Stendhal, chorreón de Flaubert y un golpe de Baroja de donde pudiera resultar un sabor Gay Talese en sus crónicas mafiosas (Honrarás a tu padre). Nos falta Rafael Chirbes que pudiera novelar la crónica de estos días, aunque hay que releer Crematorio donde ya estaba algo del mejunje y sus aderezos políticos, empresariales y demás. Claro está que hay más autores y coctelería.
Nota *
La fotografía que ilustra esta entrada pertenece a la película «Todos los hombres del rey», adaptación de la novela publicada en 1946 de Robert Penn Warren. Es un clásico de la literatura americana que aborda temas fundamentales como el poder, la corrupción y la moralidad. Inspirada en la figura del gobernador populista de Louisiana, Huey Long, la historia sigue la ascensión de Willie Stark, un personaje carismático y maquiavélico que llega al poder en medio de manipulaciones y oscuros pactos. Tienen una magnífica traducción en la editorial Anagrama







