La moneda de Sexi que viajó al Extremo Oriente y volvió / José Ángel Ruiz Morales

monedasexi
Facebook
Twitter
WhatsApp

 

Hoy vamos a contar una curiosa historia sobre una moneda de la ceca de Sexi, la cual descubrimos investigando los objetos arqueológicos de la ciudad de Almuñécar que se encuentran en los fondos de diferentes museos españoles. Se trata de una moneda de bronce perteneciente al Museo Cerralbo de Madrid y acuñada entre los años 175 y 126 antes de Cristo. Esta y otras monedas de la ceca de Sexi pertenecieron a la colección de D. Enrique de Aguilera y Gamboa, XVII marqués de Cerralbo y X conde de Alcudia, entre otros muchos títulos nobiliarios, amante del coleccionismo y arqueólogo vocacional.

El ejemplar al que nos referimos, de 25,80 milímetros de diámetro y 14,50 gramos de peso, presenta en su anverso a izquierda la cabeza de Melqart (asimilado a Hércules en el mundo romano), cubierta con la piel de león y detrás la característica clava o garrote, atributo del héroe, hijo del Dios Zeus y de la reina humana Alcmena.

En el reverso, tiene dos atunes a derecha, con una estrella de ocho puntas encima, en medio la leyenda en carácteres neo-púnicos: “mp´l sks” y debajo creciente con glóbulo.

La particularidad de esta moneda reside en el hecho de que en medio de la cabeza de Melqart aparece un “chop chino”, muestra de que dicha moneda perteneció, en algún momento, a un comerciante de esta nacionalidad.

La explicación a este hecho habría que buscarla en el poderío económico que tuvo el Imperio Español entre los siglos XVI y XIX, cuando la moneda española era la divisa comercial de referencia en el mundo.

Los españoles se establecieron en la isla filipina de Luzón en el año 1564 y en el puerto de Manila en 1571. Aquí se estableció la base del llamado “Galeón de Manila”, o “de China” que cruzaba el oceáno Pacífico desde los puertos de la América española.

Estas dos potentes bases comerciales, en la antesala del gran país asiático, atrajeron a numerosos comerciantes chinos dedicados al tráfico de diferentes mercancías como: paños de seda, porcelanas, tallas de jade, lacados, té, etc.
En estas transacciones se utilizaron, hasta finales del siglo XIX, monedas españolas, sobre todo de plata, pero sin renunciar a las de otro metal, como el bronce del caso que nos ocupa. El valor de estas monedas no lo otorgaba el estado chino sino los propios banqueros y comerciantes a través de una marca, punzonada, sobre la moneda. Si ésta pasaba a otro comerciante, se repetía la operación. Esta práctica, con el paso del tiempo, acabó siendo utilizada por un gran número de comerciantes chinos, considerándose la utilización de un punzón propio como signo de prestigio.

No sabemos cuando comenzó el singular periplo de esta moneda sexitana hasta el Extremo Oriente, ni el tiempo que estuvo allí hasta su vuelta. Sin embargo, lo que sí sabemos es que ese viaje la marcaría para siempre.