La sangre de Agamenón en el cuello de un cisne / Tomás Hernández

Probablemente algún lector se haya preguntado qué despropósito traemos hoy. Pero, también habrá lectores, creo, que sientan curiosidad por la metáfora, insólita, del enunciado. “La sangre de Agamenón en el cuello de un cisne” es el título de la tercera parte de un libro, esencial, de Jorge Pérez Cebrián, “Pero nunca los huesos de las aves”. Se han escrito muchas y elogiosas reseñas sobre este libro por la concesión del Premio Poesía Joven RNE. Así que, después de tanto y tan bien dicho, sólo puedo hablar del placer que ha sido para mí su lectura. Un poemario breve porque nos deja con ganas de más poesía. Esencial por su despojamiento, la desnudez luminosa, la metáfora nunca oída. Y sin embargo, este joven poeta bebe en la tradición. “Ser tradicional es una forma de ser revolucionario”. Así lo afirma en una entrevista con motivo de haber ganado en 2022 el Premio Arcipreste de Hita con su libro, “De cuánta noche cabe en un espejo”. Ese apego a la tradición va apareciendo a lo largo de todo el libro, desde los temas y motivos recurrentes hasta los “marbetes lingüísticos” con resonancias clásicas: “el dulce descansar de la condena”, que nos lleva, irremediablemente, al ritmo de Garcilaso, “el dulce lamentar de dos pastores”. El verso se lee en un poema recreación de Dante, “Voi ch’entrate”.
Acogerse a la tradición no debe ser copia ni mimetismo, es reinterpretarla, es hablar del agua en los arroyos, de la soledad o el “carpe diem” con un lenguaje de hoy. Para no repetir lo dicho hay que conocerlo. Por eso, en la entrevista citada, Pérez Cebrián habla de cómo  descubrió “la necesidad de la lectura y el aprendizaje, que la poesía es un arte serio”, dice.
Hablando con un amigo me comentaba, refiriéndose al oficio de la poesía, que no es tiempo este de cantar las rosas o la luna. Depende de cómo sea el canto, pensé. En el poema “Deshojar la rosa” no sólo se usa el tópico de la rosa, sino que además se presenta bajo el símbolo más común. La rosa. Fugacidad, belleza. Pero en este poema no hay nostalgia, ni lamento, ni pérdida. Al leerlo, recordé la sentencia de Antonio Machado, “palabra en el tiempo”. Eso somos, tiempo. ¿A qué temerlo entonces? A lo largo del poema, se va presentando el poeta: rostro, “su cómputo de azar en los cristales”; nombre, “que ha abreviado mis ayeres / en unas pocas sílabas gastadas”; el que escribe; alguien que dice, “detrás de cada pétalo hay futuro”.
De esta manera, Jorge Pérez Cebrián acepta la tradición y la reescribe de la única forma posible, la suya, la de sus lecturas y curiosidades, y lo hace de la única manera posible también, desde la palabra, la precisión y la belleza, que es la apuesta revolucionaria del poema. Es, en otro arte, la manera en que Miguel Ángel rompe la proporción de la escultura griega con la “monstruosidad” del David o el dolor arañado en el mármol de la Pietá.
Los clásicos, su rastro, serpentea entre los versos de este libro. Su “carpe diem” es rutinario y anónimo, como en el poema “Alguien”: “Un hombre parte pan y se pregunta / si puede el tiempo /  rozar una belleza / por más que muera un poco / cada día”. Y están los grandes temas del ser humano, sus afanes verdaderos. El amor: “Aquí, / secretos y desnudos, / te acaricio  como si entre mis manos / cupiese la luz toda sucediendo”. O “También tú te detienes, / te das la vuelta y tu mirada / se abre como un hexámetro de luz”. Y la muerte. “La muerte eran promesas sin cumplir, / me dijo, / y una vaga superstición la vida”, que suena a Séneca o Marco Aurelio. Y está Homero cuando amanecen “los dedos / culpables  y encarnados de la aurora”. Ese adjetivo, culpables, da una nueva dimensión a la metáfora. Y así, en todo el libro.
Tomás Hernández
 

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