
La Semana Santa en Almuñécar no se mira desde lejos. Se camina. Se respira. Se vive entre la gente. No es una celebración que se contemple desde la distancia de una gran avenida, sino desde la cercanía de las calles estrechas del casco antiguo, donde el murmullo de las conversaciones se mezcla con el sonido seco de los tambores.
Pero antes de que caiga la tarde y las procesiones tomen la ciudad, el día en Almuñécar comienza de otra manera. Desde la mañana, las playas recuperan el bullicio propio de estas fechas. Tras un invierno marcado por varios temporales que alteraron la línea de la costa, el litoral sexitano ha ido recuperando poco a poco su aspecto habitual y durante estos días vuelve a mostrar una imagen muy reconocible: familias paseando junto al mar, turistas aprovechando el sol primaveral y terrazas abiertas frente al Mediterráneo.
En playas como Playa Puerta del Mar o Playa de San Cristóbal el ambiente es ya claramente turístico desde media mañana. Algunos se animan incluso a tomar el sol o a acercarse al agua, mientras otros simplemente pasean por el paseo marítimo o se sientan en una terraza a contemplar el mar.
Ese movimiento se traslada también a la hostelería (ver aquí nuestra sección Gastronomía y Ocio). Restaurantes, bares y chiringuitos viven jornadas de gran actividad, especialmente desde el Martes Santo, cuando la llegada de visitantes ha ido llenando poco a poco las mesas y las calles. A mediodía, encontrar sitio en muchas terrazas del centro o del paseo marítimo requiere algo de paciencia. La conversación animada, el tintinear de los vasos y el aroma de la cocina forman parte de ese ambiente de vacaciones que caracteriza estos días.
Con la tarde llega otro ritmo. La ciudad empieza a transformarse con una lentitud casi natural. Las familias salen a pasear, los visitantes se dirigen al centro histórico y las esquinas se convierten en improvisados miradores desde donde esperar el paso de las procesiones. Nadie parece tener un lugar exacto. La gente simplemente se queda donde puede, donde encuentra un hueco entre una pared encalada y una puerta antigua.
La expectación crece alrededor de la Iglesia de la Encarnación. Allí se concentra la multitud con una paciencia silenciosa. De pronto, las puertas se abren y aparece el primer trono. La maniobra para sacarlo es lenta, casi milimétrica. Las dimensiones del paso y la estrechez del templo obligan a los portadores a moverse con una precisión que el público observa con una mezcla de respeto y curiosidad. Cuando finalmente el trono pisa la calle, un aplauso espontáneo recorre la plaza. (pincha aquí para seguir horarios y recorridos)
A partir de ese momento la procesión avanza por el laberinto urbano de la ciudad. No hay prisa. Los tronos caminan despacio, balanceándose suavemente, como si midieran cada metro del recorrido. Las bandas interpretan marchas que rebotan en las fachadas y se quedan flotando en el aire durante unos segundos.
En plazas y calle se forma uno de esos pequeños teatros urbanos que solo se producen en las fiestas populares. La gente se amontona en las aceras, los niños se suben a los bancos y los mayores comentan en voz baja el peso del trono o la elegancia del andar de los portadores.
La procesión continúa después por calles que parecen demasiado pequeñas para tanta solemnidad. Sin embargo, ahí reside precisamente su encanto. Los balcones casi se tocan, las luces iluminan las imágenes y el incienso dibuja una especie de neblina ligera que acompaña el paso del cortejo.
Así transcurre la Semana Santa en Almuñécar: con mañanas de playa y terrazas llenas, y con noches en las que la ciudad se reúne en sus calles para ver pasar los tronos. Una combinación sencilla, casi natural, que explica por qué en estos días la ciudad parece latir con un ritmo distinto, hecho de mar, tradición y vida compartida.








