La tarima / Tomás Hernández

La conspicua diputada del PP Cayetana Álvarez de Toledo, afirma con rotundidad pasmosa que la fotografía del ministro Bolaños declarando como testigo ante el juez Peinado es una evidencia palmaria de nuestra fallida democracia. De sobra conoce la doctora en Historia y diputada popular los síntomas y las penurias catastróficas en que estaríamos viviendo, si su afirmación resultara verdadera. Basta con leer, aunque sea en Google, qué es un Estado o una democracia fallida. De la docena larga de síntomas de Estado fallido que recoge Wikipedia se puede comprobar si estamos en una democracia fallida o si la diputada dice verdad.

Estas bravuconadas ideológicas no son buenas, estas arrogancias falsarias, sin base real, dicen mucho de quienes las sostienen o las inventan. Si son la expresión de un deseo, son también un peligro. Responderían al atavismo autoritario del “yo o el caos” o “conmigo o contra mí”, de los que tantos ejemplos tenemos, pasados y presentes. El impresentable Trump sería el más reciente y zafio. Así que el interrogatorio orquestado por el juez contra el ministro puede ser, y lo es, advertencia de muchas cosas, pero nunca de un Estado fallido.

De todas formas, a mí lo que me ha impresionado de la puesta en escena judicial en la Moncloa -¿no había otro sitio?- ha sido, si es que es cierto, la exigencia del juez de una tarima desde la que escuchar al testigo para evitar, eso dicen que dijo, que la autoridad judicial y el compareciente estuvieran a la misma altura. Si es cierto el episodio de la tarima, la necesidad del juez de hacer visible su estatus sobre el interrogado, entonces se queda uno entre la perplejidad y la risa, como esos personajes del cómic que manifiestan la risotada con las bocas muy abiertas, los pelos como escarpias y saltando y golpeándose las nalgas con las manos. Así estamos.

La boutade de la diputada es preocupante por decirla una representante del poder popular; la tarima del juez es otro episodio chusco, uno más, del enconado y atrabiliario juez. Salvo que bajo esa tarima se escondan aviesas intenciones, como las que incendian todo este proceso contra Begoña Gómez, cuya estrategia última es ver salir a Sánchez, como vimos a Rajoy abandonar el Parlamento tras su última y definitiva intervención. Es, sin duda, una aspiración democráticamente legítima, pero no con ardides de bufón o proclamas apocalípticas.

¿Y después de la caída? ¿Feijóo entrando en el Congreso del brazo de Abascal? Porque esa es la única alfombra de recepción de la que, al parecer, dispone el todavía no-presidente Feijóo.

 

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