
En su libro “El conocimiento inútil” (1.988) dejó escrito Jean F. Revel que la mentira es la primera fuerza que gobierna el mundo. En la misma obra afirmó que si en el pasado el gran enemigo de la humanidad fue la ignorancia ahora, 1.988 para él, es la mentira. Es difícil pensar cómo habría enjuiciado la actualidad, pero no es arriesgado afirmar sin conocer la opinión que tendría hoy el pensador francés, que actualmente la única verdad que puede formularse apodícticamente es que todo es mentira y que solo esto hace posible que al menos una verdad sobreviva para que no se olvide su significado original. La mentira ya no es la primera fuerza que gobierna el mundo sino la única. Cualquier acercamiento a la realidad subyacente a lo que se nos ofrecen como verdades, sean las dichas por el poder o por quienes les sirven de mensajeros, es una fatídica predeterminación por ocultar la realidad. En una televisión, por ejemplo, podemos ver que mientras la voz en off nos habla de la dura represión de la policía argentina hacia una manifestación, lo que nos muestran las imágenes son agentes acorralados por una turba arrojándole piedras y calles llenas de objetos incendiados. Si el relato puede confrontar con semejante impunidad ante la verdad que muestran unas cámaras sin que quien lo difunde sienta la necesidad moral de quedar vinculado en su discurso por los hechos, qué no será posible respecto de lo que desconocemos.
En el frenesí bélico de los últimos tiempos podemos apreciar una caracterización muy aproximada a lo que se expone de forma genérica en el párrafo anterior. La Unión Europea por medio de sus diversos representantes, en una enorme confusión de mensajes entre la representación comunitaria y los dirigentes nacionales, lanzó la cifra de ochocientos mil millones de euros (qué comprende esa cifra, en cuánto tiempo, quién paga cuánto…) como montante de los recursos económicos necesarios para garantizar la defensa europea frente a Putin, ¡confesando estar militarmente a su merced!, sin amenaza explícita o hecho verificado que avale ese temor. La inaceptable invasión de Ucrania respondió a unas motivaciones y tuvo unas consecuencias inalteradas desde que se produjo el ataque hace tres años (sanciones económicas y compras de gas ruso mediante). La inverosímil excusa ha sido el cambio de administración en los USA con la irrupción de un nuevo tahúr en la partida global como es Trump, un jugador respaldado en sus envites con la potencia económica y militar que aún tiene, por más que se intuya que casi siempre va de “farol”. Pero lo cierto es que no existe una amenaza militar inminente, su gestación sería forzosamente lenta y por esa razón sería viable sin mayores estridencias, de ser algo más que hipotético el peligro, que cada país fuera reforzando su capacidad militar para contribuir a la defensa común europea y de paso atender las exigencias norteamericanas, anteriores a Trump, de repartir los costes militares del bloque occidental con mayor equidad. No deja de resultar irónico que los europeos hablen ahora de la ruptura del vínculo de lealtad que nos unía, cuando, entre otras cosas, no han dudado en tratar a los “yanquis” con paternalismo y mimado a una élite intelectual, enemiga declarada de la democracia liberal, para marcar las distancias, entendiéndose con los rusos siempre que ha convenido. Una lealtad consistente en que arreglaran nuestras incesantes refriegas armadas poniendo los medios y soldados que aquí nos acababan faltando. Nadie quiere ya recordar la petulante independencia del Presidente de Gaulle (reducido a vivir como militar expatriado de no ser por intervención americana para liberar Francia) y al “gaullista” Chirac ejerciendo cínicamente liderazgo frente a los Estados Unidos con motivo del conflicto de Irak. No se puede hablar de lealtad si se piensa en una calle de dirección única.
Volviendo nuestra vista hacia España encontramos que se repite el patrón europeo a escala reducida en todos los órdenes: tanto los materiales como los humanos. Se habla de un gasto en rearme que se desconoce, de una necesidad de medios sin planificación, para hacer frente a un enemigo no identificado. Es un decorado de sombras chinescas en el que colaboran unos socios de legislatura que dicen no apoyar al Gobierno porque quiere gastar en rearmar el país, pero al que sostienen de forma incoherente dada la gravísima disensión que esa cuestión capital implica. En realidad, todo es una gestualidad pactada y cierto simbolismo pacifista tan añejo que no les alcanza ni para una condena verbal contra el agresor ruso. Ya decía el bastante pirado pero genial Wittgenstein que el progreso es la divisa que más nos deslumbra y extravía, por eso nuestro mítico Gobierno de progreso se mantiene en dramática minoría por unos sedicentes mitómanos que sirven como actores de reparto para una elaborada representación en la que, a cambio de concesiones, van a permitir el aumento a hurtadillas del gasto en defensa mientras ellos fingen oponerse. El resultado es una idea de progreso tan errática como para sostener que el coste del esfuerzo militar se hará sin merma de nuestra débil economía, a la que sólo mantiene de pie el crédito, exigiendo como si fuese una cuestión de simple voluntad que se mantenga intacto el gasto social. No cabe descartar, sin embargo, que sea una forma sutil de seguir subir los impuestos para llegar al socialismo “por las “armas” porque no sería la primera vez. Churchill ganó la II Guerra Mundial en 1.945 recurriendo a una sistemática e innecesaria intervención de la economía británica, obteniendo como correlato una humillante derrota a manos del Partido Laborista del anodino Atlee por olvidar que el diablo las carga: si a la gente se le hizo creer que con la planificación socialista se ganó la guerra, en la paz traería la abundancia. Como las “ciencias” sociales son tan propicias para el éxito de la extravagancia y campo abierto para sicofantes, oiremos a su tiempo que la guerra genera un impulso de la actividad económica porque hay que reconstruir lo destruido, sin reparar en el tremendo retroceso que implica las ingentes pérdidas de reservas materiales y humanas junto a la cantidad de material de guerra que queda inservible y obsoleto cuando cesan las hostilidades. En una virtuosa aproximación a ese tipo de argumentos no hace mucho un cerebro desvencijado celebraba la subida de las ventas de vehículos bajo el impulso de la fuerte demanda de la Comunidad Valenciana.
A falta de conocer nuestra suerte definitiva, pasaremos el tiempo fantaseando con el uniforme del futuro soldado europeo inspirado en las chaquetillas de la belicosa Sra. von der Leyen.






