La vuelta de Trump / José María Sánchez Romera

La derrota del Partido Demócrata a manos de Donald Trump en los USA debe entenderse en dos sentidos, el más simple es el de una reacción a unas políticas muy alejadas de las preocupaciones básicas de la población. El más complejo, es que la materialización de esas políticas viene inspirada por una ideología dogmática que concibe la sociedad como un conjunto de sutiles estructuras de poder y privilegios en el que unos grupos sufren una dominación injusta que se proyecta hacia ellos por su raza, su género, estatus colonial, víctimas del cambio climático, inmigración o cualquier otra circunstancia que deja de ser contingente para convertirse en esencial, tales grupos se marginalizan para dejarlos al margen de toda idea universal sobre el individuo. La convivencia humana es “problematizada” en el sentido de buscar en cualquier simple manifestación o actitud un elemento de conflicto, que sólo los iniciados en la teoría pueden percibir, que debe ser corregido desde las instituciones o mediante el activismo social y político. Para sostener todo esto, la refutación se presenta como una parte más de las relaciones de dominación (violencia epistémica), lo que delata su carácter dogmático y anticientífico que recurre a una jerga muchas veces ininteligible, cuando no absurda y en ocasiones ridícula, como llamar refugio climático a lo que toda la vida se ha conocido como un lugar a la sombra donde protegerse del calor.

La gran aportación de Gramsci al pensamiento social fue comprender la progresiva inserción de una serie de ideas en la sociedad como paso previo a la hegemonía política. Formulado para la instauración de una sociedad comunista sin necesidad de una revolución violenta, el principio es válido para cualquier otro tipo de proyecto político. Y si la ideología woke se ha ido imponiendo en Estados Unidos desde el mundo académico como un errejoniano “núcleo irradiador” que ha llegado a alcanzar gran influencia sobre el poder político, ese mismo mundo académico e intelectual ha generado los anticuerpos desde los que el debate se ha llevado a la política y para ahora ser tenido en cuenta por el nuevo gobierno. “Teorías cínicas” (Pluckrose y Lindsay), “Falacias de la justicia social” (Sowell) o “La mente parasitaria” (Saad), son ejemplos de ello e incluso un liberal (en el sentido americano del término) como Mark Lilla ya advirtió en la frase final de una breve obra publicada en 2.017 a propósito de la primera victoria de Trump que “Solo cuando tenemos ciudadanos podemos esperar que se conviertan en liberales” (entiéndase socialistas)…Si quieres resistir ante Donald Trump y todo lo que representa ahí debes empezar”. No parece que le hayan hecho mucho caso y la idea de ciudadanía de la izquierda en términos de bienestar material ha sido disuelta por el wokismo en ese mundo de identidades fluctuantes y de subjetivación de lo exterior hasta convertir la realidad en una permanente incertidumbre. Para alguien que ve en peligro la continuidad de la fábrica en la que trabaja y que ve cómo su salario es devorado por la inflación esa sofisticada y artificiosa concepción del mundo la percibe como un abandono de sus prioridades.

Convirtiendo los malos modos de Trump en una cuestión de fondo, sus adversarios y muchos medios de comunicación, que a la postre y con diferentes excusas siempre han tratado muy mal a los candidatos republicanos, han perdido la pista de los asuntos principales para los electores y que el Presidente electo sí ha planteado. Ante la falta de una respuesta coherente a los problemas de la sociedad americana, los votantes han reaccionado del modo que cabría esperar: entendiendo que la alternativa política es completamente ajena a sus preocupaciones primarias. Los negros han podido considerar que antes vivían mejor o las mujeres que el aborto no sea tan trascendente para sus hijas como ver buenas posibilidades de futuro para su familia. Únicamente desde la mayor de las arrogancias y la completa ignorancia de los problemas reales de la gente el apoyo de los multimillonarios de Hollywood o de la Sra. Obama, a la que su raza no le ha impedido llegar a ser muy rica, pueden ser contemplados como referentes para la causa más tradicional de la izquierda: la de los más necesitados. Esto es algo muy habitual en donde élites políticas, económicas e intelectuales con estatus de vida privilegiados pretenden ser la voz de sectores sociales a los que son completamente ajenos.

La victoria de Trump está seguramente más allá de la tradicional división entre derecha e izquierda. Liberales y socialistas, al margen de la validez última de sus respectivas propuestas, han debatido sobre cómo mejorar las condiciones de vida humana, sin embargo, ahora ese debate se ha desplazado por una parte de la izquierda a la formulación de una teoría basada en una sociedad estamental en cuyo vértice se sitúan unos grupos a los que hay que liberar del sometimiento de oscuras fuerzas de poder. Trump ha sido el contrapunto de esa visión tan retorcida de América con tanta fuerza como para haber dejado sin influencia sus problemas judiciales, su pésimo perder en 2.020 y el asalto al Capitolio cuya responsabilidad no estuvo en la inducción del hecho sino en el riesgo moral que asumió al denunciar ante miles de seguidores un fraude que no podía demostrar.

En todo caso la necesidad de reflexión salta ahora al lado de los adversarios de Trump, para revisar, además de sus postulados socioeconómicos, su estrategia política. No se pueden hacer acusaciones de “iliberalismo” al trumpismo negando los valores fundamentales del estado liberal. En este sentido el Presidente Biden no ha podido ser más verdaderamente eficaz en defensa de la democracia y en extraer una primera conclusión acertada ante la derrota, que asegurando una transición ordenada del poder en contraste con la tensión con la que Trump lo hizo cuatro años atrás. En el lado negativo están los que persisten en la batalla por el relato dibujando un futuro apocalíptico sin extraer las lecciones consecuentes al desplante del electorado, una de las cuales debería ser el dejar de confrontar con la derecha y el liberalismo (no necesariamente equivalentes) con la misma falta de respeto y empatía con la que Trump suele tratar a sus oponentes y de éstos también hacia él comparándolo con Hitler, aunque la mayoría de la prensa sólo se dé publicidad a las descalificaciones del republicano.

P.S.: Los medios de comunicación deberían afrontar también su propia catarsis, no se puede acusar de mentir a la vez que se miente sobre el mentiroso y se defienden las mentiras de un Gobierno por estricta subordinación ideológica.

 

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