Las fuentes de energía como dilema / José María Sánchez Romera

LAS FUENTES DE ENERGÍA COMO DILEMA

Es posible que nada haya más contingente que la idea de “ciencia”. Tantas cosas pueden ser denominadas o presentadas como “científicas” que podría decirse que todo lo es, aunque puede no serlo o demostrarse con el tiempo que no lo era. El conocimiento no es rectilíneo, teorías refutadas en su momento por no poder demostrarse pueden convertirse en “la ciencia” más adelante cuando alguien consigue validar antiguas hipótesis. El flogisto como parte de una sustancia causante de su combustión fue una teoría admitida por la ciencia hasta que Lavoisier demostró que sencillamente no existía. El ingeniero agrónomo ruso Trofim Lysenko tuvo un gran predicamento como científico en la URSS de Stalin y quiso hacer pasar como ciencia lo que no eran más que una sucesión de ocurrencias todas fracasadas con las que se pretendía crear una ciencia genuinamente marxista. Al contar con el apoyo de Stalin la pseudociencia de Lysenko se impuso como válida por supuesto a base de represión, encarcelando o liquidando a verdaderos científicos soviéticos de la época.

No es de extrañar que los políticos utilicen la ciencia como argumento para sostener las medidas que adoptan ya que en general consideramos que cuanto venga respaldado por un conocimiento especializado mejora el bienestar común. Cuando un político manifiesta apoyarse en la evidencia científica para justificar una decisión lo hace para persuadir a la sociedad que se trata de algo positivo y caso de no convencer, lo impone. Adoptar una teoría científica u otra para convertirla en norma termina siendo una decisión política que el gobernante adoptará por muy diversas motivaciones de las que nunca estarán lejos sus intereses de poder, tanto más cuanto ese poder se pretenda más extenso. De ahí que si lo que se impulsan son políticas intervencionistas la ciencia que se promueva será aquella que facilite la mayor intromisión posible del sector público en las relaciones sociales. Paul Ferebayend en su icónica obra “Tratado contra el método” advierte que la apariencia de éxito de una teoría, y nada más fácil que lograr ese éxito con la propaganda que nada como un gobierno puede desplegar, no puede considerarse “un signo de verdad”, cabiendo sospechar que al extenderse fuera de su pretensión inicial se convierte en ideología. Con ironía señala que una de las cosas que más puede desviar al científico moderno de su “conciencia científica” es el dólar. Y los estados antiliberales disponen de muchos dólares y de lo que haga falta para lograr sus objetivos.

La llamada ciencia del cambio climático no es tal, es una teoría, admitimos que científica, dentro de la ciencia del clima que ha sido adoptada por una mayoría de políticos elevándola a la categoría de verdad incontrovertible desde una posición de poder, por descontado mucho más allá de lo que la propia teoría está en condiciones de probar. De esa forma todo hecho que la cuestione tiene que ser negado o ignorado y por eso del asunto hablan mucho más los políticos y los periodistas que los científicos. Es altamente significativo que considerándose los efectos del cambio climático un grave problema para el futuro del planeta, los problemas son los que motivan las investigaciones (Popper), no existan debates abiertos para demostrar las patentes equivocaciones de quienes son denominados negacionistas ya que nada debería ser tan fácil como dejarlos en evidencia si tan contundentes son los hechos que lo demuestran. Por el contrario, hay un generalizado rehúse al contraste y eso nos indica que la cuestión es mucho menos evidente que la presentación que se hace desde las instancias políticas y que detrás hay un proyecto ideológico que sustituye por otros medios la imposición de poderes e ideas más o menos despóticos que cuestionan las virtudes de la democracia liberal. Por eso podemos afirmar que la democracia es liberal o no es, algo mucho más racional que el hamletiano dilema planteado por la Ministra Aagesen sobre el ser o no ser verde de España como requisito existencial (algo para el Gobierno es muy relativo si hace peligrar su continuidad). Eso puede llevar a una colisión entre democracia y ecología que tenga como riesgo una suerte de ecoautoritarismo con la excusa de salvar el planeta, lo cual no es una fábula de las oscuras fuerzas de la reacción, como no lo era la posibilidad de un cese general del fluido eléctrico si las energías renovables no estaban convenientemente soportadas por la estabilidad de las tradicionales.

La enfática intervención del Presidente del Gobierno en el Congreso esta semana proclamando lo que es ciencia y lo que no lo es demuestra cuán ideológica es su postura respecto a la cuestión de las fuentes de energía cuyo trasfondo es el cambio climático. Con independencia de que los discursos presidenciales no alcanzan ya la menor eficacia por sus contenidos sino en la medida de que son pronunciados por “uno de los nuestros”, nada hay más contrario a la ciencia que cegar la consideración de otros puntos de vista, de inicio porque ninguna teoría concuerda con todos los hechos conocidos que pretende abarcar y por eso necesita ser reexaminada de modo permanente. Termina de demostrar esa contaminación ideológica, el recurso a la demagogia al hablar de “ultrarricos” refiriéndose a los propietarios de centrales nucleares. La derivada implícita en esa afirmación es que los titulares de empresas de energías renovables, que vienen a ser los mismos, no sean también “ultrarricos”, una conclusión que sería también muy cuestionable, ya que dedicándose a la misma actividad están guiadas por el mismo ánimo de lucro, legítimo debe entenderse, y seguramente con mucha mayor rentabilidad ya que cuentan con el apoyo político, que se traduce en económico, del Gobierno.

Quienes el bienestar social no lo identifican con un vivero de votos, tienden a pensar que deben explotarse todas las alternativas que mantengan los estándares de progreso alcanzados, lejos de maximalismos detrás de las cuales no hay ninguna certeza. Porque es al contrario, lo que hay son muchas incertezas y una certidumbre: que el fanatismo siempre termina destruyendo los avances de la sociedad. De momento la luz se paga a precios muy superiores al poder adquisitivo medio de los consumidores, lo que se compagina mal con lo que se entiende por progreso. Sin embargo, se pretende que todos debamos estar al Acontecimiento (como en 1.789, en 1.917 o cuando la larga Marcha de Mao), ajenos al mundo real, sin admitir críticas y donde sólo se redime quien se implica en la batalla (Scruton) en pos de un imaginario mundo que sólo encontramos por aproximación en las sociedades liberales, prósperas, abiertas y democráticas. Precisamente esta semana tenemos como referencia para una comparación empírica la ecología que se practica en los países liderados por esa coalición de sátrapas que se ha reunido en Moscú.

José María Sánchez Romera
 

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