Las grúas del Támesis / José María Sánchez Romera

El nivel que marcan los debates sociales no sólo nos indica el grado de optimismo con el que podemos abordar el futuro sino también el punto en que nos encontramos. Y si observamos bien las noticias que en estos días se han ido amontonando, todas apuntan en la dirección de un mismo problema: la completa abolición de un régimen de verdad que va destruyendo ese mínimo ethos que el régimen democrático exige. Por supuesto, si por sistema democrático se entiende, dicho resumidamente, un cambio pacífico y electivo de gobierno, no el que tolera cualquier medio para impedir la alternancia con una estrategia constante de persuasión social basada en la mentira. Por simplificar traemos a colación la antigua dicotomía entre democracias liberales y democracias populares, en donde las primeras respetaban los derechos humanos mientras que las segundas no, con todas las consecuencias derivadas de ello, incluida la verdad. Pero volviendo sobre la cuestión, la verdad, con todos sus matices, está anudada con democracia, no parece discutible la afirmación de que nada puede construirse sobre una letanía de mentiras que degrada sin límite eso que se ha dado en llamar “conversación pública”, que lo es, pública, precisamente porque existen las libertades individuales. Quizás por eso Richard Rorty escribió que si se cuida la libertad, la verdad se cuidará sola. Sin embargo, esto no es muy seguro en la medida en que la abolición de la verdad traerá consigo un falso concepto de libertad. La suplantación de la verdad necesita una semántica sustitutiva, para eso el chamanismo posmoderno crea términos tales como “iliberal” o “posverdad” tan carentes de sentido que habrían hecho a Wittgenstein empuñar de nuevo el atizador.

La verdad es un asunto complejo, de forma especial en las sociedades democráticas donde hay pocas cuestiones intangibles y las que lo son aluden al modo participativo y de deliberación mediante los que se organiza la estructura política, no a determinados principios y valores que no puedan ser cuestionados. Los hechos son el suelo que debe sostenernos para posibilitar la discusión, a partir de ellos nuestro criterio varía condicionado por la experiencia, ideología, formación, etc. De ahí que surjan las discrepancias y la contraposición de esas percepciones condicionadas por tales filtros. La libertad de expresión que garantiza que pueda discreparse del poder es a la vez libertad y servidumbre, permite difundir opiniones que pueden parecernos inaceptables o gravemente equivocadas, pero sin ella la democracia no es.

Por todo lo anterior no debe extrañarnos que alguien dimita por mentir en su currículum y otro no lo haga sosteniendo que decía la verdad cuando dio rango de máster a un título en base a lo que está escrito en el documento, incluso aunque lo haya obtenido jugando a policías y ladrones un fin de semana en un campus veraniego del partido. Para este último la verdad es lo que su documento refleja (¡máster!), sin importarle que otros puedan pensar que se trata de una verdad sospechosa. Una vez se penetra en ese campo las vivencias, costumbres, adhesión política o las exigencias éticas autoimpuestas pueden llevar, y llevan, en direcciones opuestas. Es como recorrer un camino en un sentido y el inverso, el camino es el mismo (los hechos), pero no se ven las mismas cosas (cambian los juicios). Es al exteriorizarse esa diferente concepción verdad/ mentira y cómo se actúa en función de ambas, cuando el debate democrático abre la posibilidad de generar conocimiento en la opinión pública para orientarla. La ciudadanía depurará lo que las partes transmiten y tomará posiciones a un plazo más o menos largo. A través de los medios de comunicación y de los comicios se verá el resultado que el proceso de decantación genere en el cuerpo social hacia las diferentes opciones. Seguimos, por supuesto, hablando de democracia liberal, donde pedir la celebración de elecciones no se identifica un golpe de estado, ni aspirar a ganarlas un delito de lesa humanidad.

En el caso de España si la verdad cotizara en el IBEX 35 el valor de las acciones sería cero. No es que se haya abandonado esa clase de verdad imprescindible para un mínimo entendimiento, es que la mentira ha llegado a alcanzar prestigio como método idóneo de resistencia a cualquier precio y frente a cualquier evidencia. Tal es el caso del Gobierno, habitante de una realidad paralela sostenida por un constante ejercicio de solipsismo político cuya única conexión con el mundo exterior es evitar, rozando el nihilismo, la alternancia política, si es preciso rebasando los límites que la Constitución marca con el auxilio necesario de quien debería garantizar su cumplimiento. Mantener esa huida hacia la nada, el poder por el poder, sería efímera, sin embargo, si no contara en la sociedad civil con apoyos que, no siendo decisivos, cumplen su misión de alargar todo lo posible la escapada. La primera, una buena parte de la prensa, que ya dejó de ser hace tiempo aquella institución comprometida con los hechos, para caer en el activismo político y el compromiso ideológico por encima del más mínimo atisbo de objetividad. Después los grupos (¿grupúsculos?) con alta presencia mediática, y prestigio social dudoso, que, ajenos a la escasa calidad de sus opiniones, se autodenominan intelectuales, pese a no ser más que lobistas rondando siempre al poder. Y también, no necesariamente la última, un grupo no desdeñable de miembros de la administración que desconocen un principio esencial de la democracia como es la neutralidad en el ejercicio de su función. Todos ellos viven con la avidez existencial de quien carece de un mañana, como si tras ellos no quedara nadie más.

Cuando murió Winston Churchill el féretro con sus restos mortales se trasladó en barco a través del río Támesis hasta el lugar de su descanso definitivo. En el último recorrido del político británico las grúas de carga situadas a las orillas del cauce se inclinaban a su paso en señal de respeto y reconocimiento a quien, pese a sus errores y polémicas, en los momentos críticos nunca dudó entre sí mismo y su país, entre democracia y dictadura (fuera nazi o comunista). Si el Támesis discurriera por España no habría ni una sola grúa con motivos para perder la verticalidad.

 

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