Los del rayo de luna / Tomás Hernández

Así llama Vicente Gallego, los del rayo de luna a las gentes de la espera iluminada, los que cuidan el verso y saben que en cada palabra hay un secreto, algo que aún no sabes de ella. En el poema 5 de este Pan ácimo reparten, el poeta valenciano define su poética. El ingenio le hablaba al corazón: “Como me faltas tú, tendré que contentarme con lucirme. Y él le contestó: Nada quieras conmigo, que yo busco a mis fieles solamente, tú el halago. Y fueron a lo suyo, el uno a escribir versos, el otro a la poesía”.

Llamo poemas a los epígrafes del libro, porque la mayoría son eso, poemas donde cantan los endecasílabos, el Mester de Clerecía, la alegría siempre fresca del Cancionero. Estos poemas se van enhebrando, por usar una metáfora del libro, en un estambre de tres hilos. La exposición de una poética desde el momento mismísimo, ensimismado, diría el maestro César Simón, de la escritura hasta el método, las rutinas y las manías de la creación. Esencial en este libro es la poesía como fe de vida, como entrega y sumisión, como contemplación desnuda a la manera del quietista Miguel de Molinos, que habla de la meditación como acto del pensamiento, en tanto que la contemplación pertenece a otra categoría del conocimiento. Una página al día de Miguel de Molinos, una página al día de agua clara, escribe. Hay un tercer asunto, más mundano, en Pan ácimo reparten, y es lo que podríamos llamar antipoéticas.

Al definir su poética se entretiene, con gusto, en los detalles mínimos del proceso de escritura. No leer otros libros de poesía que puedan alejarlo de su camino, la noche y el silencio como alimento necesario, el fracaso, incluso, el verso o el poema cuya música rondó y nunca fue. Tachar y tachar hasta el fracaso, confiesa. Quitadle eso al que escribe, descontadle las horas de impotencia, y le habréis arrancado media vida.

Pero, sin duda, la parte esencial, el asunto único de este libro es una pregunta bien sencilla: ¿Qué es para Vicente Gallego la poesía? A esta pregunta intentan responder los poemas de este libro. El poema se escribe con el cuerpo, dice. Mientras leía estas meditaciones poéticas, me venía a la memoria otro poeta, el norteamericano Robert Lowell, muy alejado de la poética de Vicente, pero que escribió una sentencia luminosa: El poema es un acontecimiento, no la descripcición de un acontecimiento. Vicente lo dice con metáforas sencillas. Si oyes cantar un gallo, en el poema ha de estar ese canto, como nunca antes fue ni volverá a serlo. No se trata de describir ni celebrar, ha de ser canto también.

La belleza no guía el propósito del poema. El poema no aspira a la belleza, da con ella a través de su verdad. Y advierte: Podría parecer un matiz, pero en ese matiz se juega el alma. Ya saben: La belleza es verdad y la verdad belleza (Keats).

La verdad como principio y la pasión como actitud define, a mi entender, la última poesía del poeta valenciano. De ahí su desdén por la retórica de abalorio y oropel. Muchos son los poetas que admira Vicente. Larga sería la lista que preside, sin duda, su amigo y maestro César Simón y Juan de Yepes, Juan Ramón, Claudio Rodríguez, los Machado, Manuel por su alegría y decir directo, Garcilaso, Fray Luis, pero también los escondidos, Aldana, Gonzalo Rojas, José Antonio Muñoz Rojas, Luis Feria, Idea Vilariño, Julián Ayesta, porque la lírica es la lengua de los musgos, del arroyo escondido entre la fronda. Esto dice a propósito de Bécquer y Rosalía: … pero ella, Rosalía, fue aún más delgada, no se quiso tratar con ironías ni sucumbió al reclamo del ingenio, ella sólo cantó mientras lloraba, mientras las pobres carnes se le abrían.

Tratan las últimas páginas de este libro de los apellidos de la poesía, de la experiencia, metafísica, del silencio, surrealista, y todos ellos son innecesarios. Con valentía y honradez poco frecuente, habla de los desapegos por algunos nombres grandes que leyera con entusiasmo en su aprendizaje poético y ahora poco o nada le dicen. Así le ocurrió con Ángel González y Jaime Gil de Biedma: Yo comencé leyendo a González y a Biedma, me admiraba su fresco desparpajo. Hoy veo a dos obreros -eso sí, más que dignos- construyendo artefactos muy vistosos. Así le ocurrió con Vicente Aleixandre: Aquel surrealismo de Aleixandre -nuestro gran disyuntivo-, ese elefante entrando en nuestra casa disfrazado de cebra amorosísima, pisándonos las carnes con pata aleatoria, repartiendo quincalla y oropeles, perfumándose a bulto, pagado de sí mismo, no pasaría hoy ya ni la criba de un premio de poesía, y le dieron el Nobel.

También dice que los dos faros luminosos de la poesía española del siglo XX fueron Juan Ramón Jiménez y Lorca, porque, citando a Valéry, de los dioses depende el primer verso, los demás del poeta.

Habrá acuerdos y desacuerdos entre los lectores de este libro, sin duda, pero nadie lo leerá con indiferencia, estoy seguro.

Tomás Hernández.

 

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