Los nombres del poder / José María Sánchez Romera

Una de las falsedades más malévolas difundidas en estos días es esa identificación entre corrupción y dinero, pretendiendo que lo corrupto tiene que ver únicamente con la obtención ilícita de riqueza para así excluir al resto de actividades que tienen que ver con la política u otras manifestaciones sociales. Se transmite la idea de que sólo es corrupción el enriquecimiento por medios ilegales, todo lo demás serían decisiones legítimas en la medida en que cumplan ciertas formalidades rituarias. Esto tiene no mucho, sino todo que ver con la derivación interesada de todo lo malo al mundo de la libertad económica, porque aparte de escurrir el bulto de lo que procede precisamente de la (mala) política, se alimenta y justifica de paso el discurso intervencionista, atento únicamente a lo material, para el que el Estado debe controlar los flujos de riqueza para garantizar no sólo una distribución “justa” de los recursos sino la moralidad de su uso. La experiencia, sin embargo, nos indica exactamente lo contrario, cuanta más capacidad de gestionar recursos económicos queda en manos de los políticos más se incrementan las posibilidades de corromperse y corromper. Esa dicotomía difundida estos días diferenciando a corruptos (torcidos en sus buenas intenciones) de corruptores, los “capitalistas” naturalmente, no es más que una celada terminológica para desdoblar lo que es una misma cosa y que tiene su origen en el poder del Estado y sus muchas discrecionalidades.

Sin la existencia de un poder que tiende a lo totalitario envuelto en objetivos liberadores de unas mayorías imaginarias, la corrupción quedaría mucho más limitada. Nunca el exceso de poder ha sido el límite del abuso, al contrario, y por lógica, es el origen necesario de las prácticas inmorales. Limitar ese poder tendría además un efecto socialmente beneficioso que sería el contener el alcance del perjuicio que provoca esa clase especial de socialización de pérdidas. Desde el momento en que desde el poder se puede decidir sin más límite que el respeto a ciertos ritos simbólicos la renta máxima que se considera legítima, cualquier otro asunto puede quedar justificado con la mera observación de los trámites previstos y esas cuestiones no está exento de ser actos de corrupción que no necesariamente han de tener un contenido económico. Circunscribir el examen del contenido de la decisión al hecho de que alcance un determinado número de consensos que permitan dar validez legal a lo aprobado, en una cámara de representación, por ejemplo, es insuficiente para representar su validez.

Frente al señuelo ideológico de que lo único que corrompe es el dinero hay que oponer otras quiebras de la democracia que no pueden pasar inadvertidas porque si no son la condición necesaria para facilitar los enriquecimientos sin mérito, desde luego lo facilitan. Incluso, si se quiere, no llamaremos corrupción a lo que no sea obtención de dinero por medio del poder con el fin de adecuar el uso del lenguaje al contexto habitual en que la palabra se usa. Ahora bien, cómo podemos definir el que en una democracia el Ejecutivo controle a la Oposición sin que eso tenga como efecto abrirle las puertas a la sensación de impunidad. También habrá que encontrar la palabra que nos indique qué ocurre cuando en una democracia un Fiscal General tiene su independencia constitutivamente negada por su dependencia del Gobierno por cuyo apoyo se mantiene en el cargo. Y, siguiendo con la búsqueda de los términos adecuados, se haría necesario uno para describir una democracia en la que el poder judicial y la honradez de sus magistrados se pone en tela de juicio al margen del contenido de sus resoluciones o manipulando el sentido de las mismas desde las más altas instancias del Gobierno. O, por último, la denominación que nos permita entender la fórmula en la que democracia es declarar la beligerancia de una parte del país frente a la otra como justificación de una mayoría que permita formar gobierno.

Se cuenta la historia, no confirmada pero juzgada plausible, en torno a una conferencia que el filósofo alemán y nazi Martin Heidegger (a cuya rehabilitación en la posguerra contribuyeron eminentes pensadores de izquierda, aunque creo que por simple admiración estética) pronunció en 1.929 al tomar posesión de su cátedra en Friburgo bajo el título “Qué es la metafísica”. La enrevesada jerga con la que filosofaba Heidegger, que incluyó durante la charla un juego de palabras muy suyo del tenor como “la Nada nadea”, hizo que, al finalizar la exposición, donde se supone debía encontrar respuesta la interrogante que planteaba el título, un desacomplejado asistente se levantara para preguntarle: “Sr. Heidegger, qué es la metafísica”. El interpelado contestó de forma coherente con su inane “nada que nadea”: “Buena pregunta”. No es extraño que algún colega lo llamara estafador y cosas peores.

Podríamos decir que en estos días en España se ha hablado mucho de corrupción porque, hasta donde se sabe, unos individuos se han repartido unos dineros mal habidos para costearse un mejor pasar por la vida y otras debilidades menos confesables y después de tanta cháchara, el concepto no parece que se haya clarificado. ¿Qué es corrupción?, ¿sólo cobrar comisiones? Y si es así, entonces, ¿qué es una democracia?, ¿formar mayorías de conveniencia en el parlamento? Buena pregunta, nos respondería Heidegger.

José María Sánchez Romera

 

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