Luz de septiembre / Tomás Hernández

Pendientes del relampagueo de las pantallas (ordenadores, móvil, televisión) no miramos los cambios de luz que presagian las estaciones. El homo videns que profetizara el sociólogo italiano Giovanni Sartori, lee el mundo a través de imágenes en aluvión y estamos perdiendo la capacidad de mirar la forma en que una nueva luz cae sobre el mar o baja por los campos.

Pensé en el otoño esta mañana, cuando oí la noticia de la muerte del pintor y escultor Gustavo Torner y recordé la costumbre de los viajes a la hermosísima y recogida ciudad de Cuenca, las orillas del río, las plazas y las calles con los árboles de oro, las hojas en los charcos. Cuenca es un ejemplo de cómo la cultura, un grupo de pintores, convirtió una ciudad alejada y perdida en un lugar que merecía ser visitado. Luego vendría el turismo, pero eso es otra cosa. A Cuenca íbamos a ver latir el corazón del otoño, a pasear sus calles, beber sus vinos y entretener la tarde en el Museo de Arte Abstracto Español, Torner, Saura, Zóbel… Todavía hay en las paredes de nuestra casa algunas reproducciones enmarcadas de aquellos cuadros.

Septiembre es el mes de la vid jugosa y el membrillo ácido; la pérdida del ocio para volver a los relojes y los horarios, que ahora están en ese artefacto ontológico que es el teléfono móvil, todo en uno, el mundo al alcance de la mano, que pregonaba el noticiero del NODO. Unos magníficos reportajes de propaganda franquista, todo hay que decirlo, que ahora son documento de trabajo para estudiosos. Cuenta Josep Pla, en un breve texto que no consigo encontrar, el final del verano en el pueblo de Palafruguell. Cómo, una vez acabado el bullicio, ahora invasión, del turismo, el pueblo recuperaba sus rutinas, se vaciaban las playas y las luces se encendían más temprano. Todos los septiembres recuerdo ese texto de Pla y la visita de mi querido amigo Regino Zaragozí, que venía desde Altea a celebrar su santo, porque quería que lo pasáramos juntos.

Quizá sea la pérdida del esplendor del verano, si lo hubo, lo que da a este mes un aire de tristeza; pero la luz no es triste, nosotros somos los entristecidos. Por eso, esta mañana me senté frente al ventanal, apagadas todas la imágenes. Mirar el mundo ahora es ser testigo del horror y la barbarie. Quizás sea una actitud indolente y cobarde mirar hacia otro lado, pero es necesario. Esta luz de septiembre seguirá siendo hermosa y los bárbaros no podrán derrotar tanta belleza.

Tomás Hernández

 

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