
Anna Ajmátova
Requiem
El nombre de la poeta ucraniana Anna Ajmátova (1889-1966) irá siempre unido en mi recuerdo al de mi amigo Miguel Ávila Padial. Tomamos la costumbre, no sé quien la inició, de dejarnos en el casillero de la sala de profesores algún libro que habíamos leído y que pensábamos que podría interesarle al otro. Allí encontré una mañana “Requiem” de Anna Ajmátova.
Anna Ajmátova nació en la desolada Ucrania, cerca de Odesa y fue un mito literario bajo la tiranía y la persecución de Stalin. Cuando le quitaron la cartilla de racionamiento, sus amigos, cuenta ella, le regalaban fruta, bombones: “Pero si yo lo que tengo es hambre”, se lamentaba. Aunque sus obras estaban prohibidas y no podía publicar sus nuevos libros, su obra se estudia como un ejemplo de la pervivencia de la trasmisión oral; se memorizaban pasajes de su obra que recitaban en reuniones clandestinas y luego los quemaban. Tras la muerte de Stalin en 1953, su figura y su obra fue reivindicada y reconocida. Un año antes de su muerte, su nombre estuvo entre los nominados al Nobel de Literatura.
Olvido García Valdés, en su Antología de Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva, “El canto y la ceniza”, recoge algunos testimonios de la personalidad de Ajmátova. El poeta Osip Mandelstam dijo de ella que “mirando sus labios se podía oír su voz, que su poesía estaba hecha de su voz y era inseparable de ella”. El novelista Josep Brodsky: “Percibías físicamente que estabas en presencia de alguien mejor que tú, alguien mucho mejor, y más aún, de alguien que sólo con hablar te transformaba. (…) Nada igual me había ocurrido antes ni creo que me haya ocurrido después”. El filósofo e historiador Isaiah Berlin escribió que los dos breves encuentros que tuvo con ella, con un intervalo de veinte años, fueron de plenitud. Amor in absentia lo llamaba ella y para él escribió esta rotunda declaración de amor: “No será mi amado esposo, / pero seremos juntos tan temibles / que el siglo veinte se conmoverá de raíz”. El pintor Modigliani dejó varios retratos de ella, todos perdidos en la Revolución rusa, menos uno, “Desnudo con gato”. Marina Tsvetáieva, la otra gran poeta rusa, escribió: “Anna Ajmátova tuvo el don y el resistir, oír arañar el tiempo, sus maullidos de gato”.
Era un mito, escribe Olvido García Valdés, porque un mito es “un ser en el que cuajan aspectos de una época que toman la imagen de este ser”. En “Poema sin héroe”, tan necesario con “Requiem”, recrea la poeta tres momentos decisivos en su vida y en la de su amada Rusia. Sus años de juventud en Petersburgo, 1913; la guerra y el terror, 1940, y cierra el círculo con el atroz asedio de Leningrado, antes San Petersburgo, en 1942.
“Poema sin héroe” es un canto coral, en “Requiem” es una sola voz la que habla, una mujer sola, rodeada de otras mujeres solas, que hablan en susurros y buscan a sus presos en las puertas de las cárceles. En el texto de justificación para “Requiem”, escribe:
EN VEZ DE PRÓLOGO
Diecisiete meses pasé haciendo cola a la puerta de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer -los labios morados de frio- que nunca había oído mi nombre, salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba sólo en susurros):
¿Y usted puede dar cuenta de esto?
Yo le dije:
Puedo
Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro.
Recorre todo el poema una prevención literaria y moral de la que ya habló Josep Brodsky y que recoge Garcia Valdés. ¿Es lícito transformar una experiencia íntima de dolor en una manifestación poética? “Cualquier obra que trabaje con materiales autobiográficos de dolor y muerte, (sufre) el desdoblamiento, la escisión que siente quien escribe entre la experiencia personal del dolor y la contemplación estética de esa experiencia, una escisión que puede acercarse a la locura”. Creo que Ajmátova resolvió esa inquietud entre la verdad biográfica y la verdad poética con aquella repuesta a la mujer anónima. “¿Y usted puede dar cuenta de esto?”. “Puedo”. En ese “puedo” hay un deber ético de solidaridad con el dolor ajeno y sin voz. Pudo Anna Ajmátova huir de ese terror en su viaje a Italia y París y cuando fue nombrada Doctora honoris causa por la Universidad de Oxford, pero siempre volvió.
Recojo aquí el Poema I del Epílogo que responde al ruego de la mujer anónima que hablaba en susurros de miedo.
EPÍLOGO I
He aprendido cómo se hunden los rostros,
cómo bajo los párpados late el miedo
cómo surca el sufrimiento las mejillas
con trazo rígido de signos cuneiformes;
cómo los negros rizos y los rizos de oro
de repente se vuelven pálida plata,
cómo huye del dulce labio la sonrisa
y en la risita seca halla eco el terror.
Si ruego, no es sólo por mí: ruego
por todas nosotras, hermanas -en la desdicha- mías,
en el frío feroz y en el ardor de julio,
al pie de muros rojos que permanecen sordos.
Termina “Requiem” con una rasgo de humor. “Y si alguna vez quisiera la ciudad / levantar un monumento a mi memoria”, advierte la poeta en 1940, en el terror estalinista, que lo levanten frente a las paredes el presidio, “donde permanecí de pie trescientas horas”.
Que desde los yertos párpados de bronce
fluya -y sean esas lágrimas- la nieve derretida,
que arrullen a lo lejos las palomas del presidio
y bajen silenciosos los barcos por el Neva.
Tomás Hernández






