Mañanas en el patio / «El destierro del filósofo» / Tomás Hernández

Descubrí las “Vidas de filósofos ilustres” de Diógenes Laercio en un ensayo de Rafael Sánchez Ferlosio. Cuenta el autor de “El Jarama” el destierro del filósofo Diógenes de Sínope. Un día, ya lejos de su ciudad, alguien pretendía burlarse de él. “He oído que los sinopenses te condenaron al destierro”. “Y yo a ellos a pasar su vida entre las murallas de la ciudad”, contestó. Cuando alguien lo vio pidiendo limosna a una estatua y le preguntó, con asombro, por qué lo hacía, respondió: “Me acostumbro a ser rechazado”. Y al que quiso saber cómo trataba un conocido a sus amigos, le dijo: ”Los trata como a sacos. Guarda los llenos y tira los vacíos”. Así se las gastaba el cínico Diógenes. Dedicaremos una mañana a algunas de sus ocurrencias. A su inteligencia, también.
Compré una edición de las “Vidas” de Laercio. Era un texto apelmazado, la letra muy pequeña y entre las líneas no había espacio para subrayar ni tiempo entre los párrafos para encender un cigarro y pensar un rato, como decía Josep Plá. Era la primera traducción que se había hecho al español (1792) por José Ortiz y Sanz. Una buena traducción, según García Gual. La leí con la sensación de una lectura incompleta. Le faltaba el contexto, el escenario en que suceden los hechos, que es lo que aportan las notas a pie de página. Unos años después de esta edición, publicó el profesor García Gual su magnífica traducción en Alianza Editorial. Y ahora, sí. Por eso insisto en leer a los clásicos en buenas ediciones. Si no, es como visitarlos desnudos. Me ocurrió lo mismo con las “Sátiras” de Juvenal. Hablaremos de ese libro, que tanto me gustó porque más allá de la sátira, cuenta el día y la noche de una ciudad, Roma. Y entre ajetreo de carros y gritos de borracho, unos versos hermosísimos.
Habla en la introducción el profesor García Gual del rechazo y  el aprecio que la obra ha suscitado. Y entiende que el lector actual pueda tener una sensación ambigua ante “ese centón erudito que multiplica tantos nombres propios, tantas citas y tantos títulos de obras pronto perdidas”. Recoge luego el editor algunas de las opiniones acerca de las “Vidas”.
Para el poeta argentino Leopoldo Marechal, a Diógenes le interesa más el chisme que la enjundia filosófica. El filósofo Hegel dice que Diógenes Laercio es un “amontonador de opiniones varias” y “chismorreador superficial y fastidioso”. No mejor opinión le merece al traductor de la obra al francés Robert Granaille. Afirma que Diógenes Laercio es “confuso, escritor de mal estilo”  y que “lo superficial de su pensamiento lo encontramos también en la sintaxis”. Sin embargo, al sabio lector de los clásicos griegos y romanos, Michel de Montaigne, le apena que no haya “una docena de Laercios”. Y Nieztsche, “tenaz lector de Diogenes Laercio”, lo llama García Gual, dice que Laercio “con tres anécdotas representa la imagen de un hombre” y que él hacía lo mismo con las teorías filosóficas. Escogía tres ideas y tiraba el resto”.
El primer traductor español de la obra de Laercio, José Ortiz y Sanz (1792) escribía: “Su estilo no es elegante; sus descuidos y faltas de memoria, frecuentes; su exactitud, no mucha, ni grande su crítica; pero su libro siempre será precioso por el tesoro de noticias antiguas que encierra, fruto de una lectura de muchos años”. Hay una traducción al catalán de A. Piqué Angordans en 1988. Y García Gual:  “Vidas y opiniones de los filósofos más ilustres” no es un texto acreditado por su rigor en la exposición de las ideas, pero es uno de los relatos más amenos, sugerentes y noticiosos de toda la época helenística.
Pasen y opinen.
 

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