
“No me importó alejarme: me hizo humano”. Creo que este verso define certeramente la andadura vital del poeta granadino Jenaro Talens. Una geografía de países, lenguas y ciudades donde ha impartido clase. Valencia, Madrid, Minnesota, Montreal, California, Dinamarca, Berlín, Buenos Aires y, en los últimos años, la Universidad de Ginebra. En todos esos lugares ha ido creando una obra apabullante y variada como crítico, ensayista y traductor de figuras tan relevantes y arriesgadas, como Beckett, Hölderlin, expresionistas alemanes, Goethe, Ezra Pound, Shakespeare y muchos otros que no cito por no hacer la lista interminable. He mencionado, someramente, títulos y ciudades, porque lecturas y paisajes vividos son referencias principales en la poesía de Jenaro Talens.
En todo ese trasiego intelectual y humano, Jenaro Talens es esencialmente poeta y nunca cambió de oficio ni perdió su querencia por Granada, ni el barrio y los amigos de adolescencia. El poema de hoy es prueba de ello. ¿Cómo elegir un poema en una obra de más de cincuenta títulos? Traigo a esta mañana “Homenaje en Espejo”, porque está en estos sonetos la ciudad, el diálogo con el amigo y un curioso artificio estrófico.
El soneto es un arma peligrosa. Quiero decir que es una estrofa exigente donde la impericia, las torpezas y el recurso facilón quedan al descubierto. Un soneto no debe parecerse a un soneto. La forma estrófica, la reiteración de la rima, y el molde rítmico son proclives al “sonsonete” y a una sintaxis rígida. Si duplicamos esas dificultades en dos sonetos que, además, van engarzados por la rima y desarrollan un mismo asunto, la vida como pérdida, Shakespeare dixit, pero también como redención, veremos entonces el malabarismo que sostiene este
Homenaje en espejo
(30 años después)
A Antonio Carvajal
Otros son los horrores de la vida.
A. C.
Pasó tu primavera y mi verano
pasó también como una amanecida
inconcreción. Son cosas que la vida
nos arroja a la espalda con el sano
fulgor de un tiempo si doblez. En vano
miro hacia atrás. La luz de una perdida
estrella marca el rumbo. Al fondo, erguida,
la edad nos hace señas con la mano.
Recuerdo tu esperanza en un futuro
mejor (la otra pasión que compartimos)
y mi niñez, ingenua y sin final.
Todo ha cambiado, es cierto, pero el puro
goce de ser persiste. Aún lo sentimos.
¿O me equivoco, Antonio Carvajal?
Líbrenos el poema de ese mal
de la nostalgia, Antonio. Que morimos
lo hemos sabido siempre. En el oscuro
ángulo del salón, el lagrimal
del alba nos extiende, si dormimos,
el cobertor de un sueño prematuro.
¿Te acuerdas de mi barrio? En él, ufano,
jugaba con el tiempo una partida,
seguro de vencer. ¡Qué hermosa herida
querer tocar el cielo con la mano!
No me importó alejarme. Me hizo humano.
Aprendí que hay horror, y también vida,
ese otro tigre de la edad vencida
en el jardín, tan nuestro, del verano.
Reproduce en su estructura el efecto de la inversión vertical de la lente. El segundo poema empieza con un terceto que recoge las tres rimas últimas del anterior. Es la imagen del ourovoros, la pescadilla que se muerde la cola, por decirlo más gráficamente. Escribo ourovoros y recuerdo a Víctor Orenga. Jenaro sabe por qué. Aquel desconocido con barba casi apostólica, que llegaba a la Facultad en un carromato tirado por una mula, que ataba en el tronco y a la sombra de una acacia. Aquel “raro” escribía también una prosa de una belleza seca, afilada, deslumbrante. Jenaro fue el primero, lo recuerdo muy bien, en llamar la atención sobre él. Víctor Orenga no había publicado aún ningún libro.
Decíamos que el soneto debe huir de la rigidez rítmica y estrófica. El encabalgamiento del significado de un verso en el siguiente “disimula” la reiteración de la rima; la cesura o pausa interna rompe el “sonsonete” rítmico. El recurso es constante, y eficaz, en todo el poema. Se evita así la correspondencia entre la unidad rítmica (endecasílabo) y la unidad de significado. El primer terceto del segundo poema sería ejemplo, entre otros muchos.
Líbrenos el poema de ese mal
de la nostalgia, Antonio. Que morimos
lo hemos sabido siempre. En el oscuro
ángulo del salón…
Pero hay mucho más que habilidad retórica o juego métrico en estos dos sonetos abrazados. Está la evocación de un instante de vida, “pasó tu primavera y mi verano”; la reiterada apelación, la llamada al diálogo con el amigo ausente y la reflexión compartida. Pero a nada de eso podríamos llamar poesía; la urdimbre del poema es la palabra. Una palabra que aquí va de lo narrativo a la imagen original y nueva; el vuelo del poema, de la poesía toda, está en la imagen. Rico es este poema en ese hallazgo, entreverado, sin alarde, en el discurrir del recuerdo, el diálogo y la reflexión, nunca la nostalgia.
Y hay, sobre todo, vida,
ese otro tigre de la edad vencida
en el jardín, tan nuestro, del verano.
Tomás Hernández







