La “Segunda antolojía poética” de Juan Ramón Jiménez fue, que yo recuerde, el primer libro de poesía que leí. Aprendí algunos poemas de memoria de tanto leerlos; los de amor y tristeza adolescente sobre todo. Pero el poema de esta semana lo leí muy tarde. Mi querido y recordado Arcadio López-Casanova me contó, mientras tomábamos un café mañanero, que la noche anterior había ido a consultar “Espacio”, el poema de Juan Ramón, y había acabado leyendo los tres fragmentos hasta la madrugada. Cuando le dije que no conocía ese poema, los ojos le dieron vueltas en las órbitas, como las tragaperras.
Escribir sobre “Espacio”, considerado por los especialistas un poema esencial en la obra de Juan Ramón y uno de los poemas más importantes en la poesía, no sólo española, del siglo XX, es atrevimiento y osadía por mi parte. No comparto el optimismo del poeta Virgilio de que la fortuna ayuda a los audaces. La audacia provoca algunos descalabros.
Además, Juan Ramón Jiménez es un clásico, y escribir sobre los clásicos siempre nos hace temblar el pulso. Pero recuerdo cuando prevenía a mis alumnos contra la sacralización de la palabra “clásico”. Un clásico es un hombre, una mujer que escribe y sus enseñanzas permanecen. La reverencia, la veneración, crea distancias insalvables entre quienes no se atreven a leerlos por esa idolatría del prestigio.
Hay, además, circunstancias externas al poema que me interesaron mucho. La primera es que Juan Ramón nunca conoció el éxito de “Espacio”. Los estudios más importantes sobre el poema se publicaron después de la muerte del poeta. Pero él sabía, o me gusta imaginar que así fue, que estaba haciendo algo grande. Recoge Aurora de Albornoz en su edición de “Espacio”, en la desaparecida Editora Nacional, la carta que el poeta escribe el 6 de agosto de 1943 a su amigo Enrique Díaz-Canedo: “Pues en 1941, saliendo yo, casi nuevo, resucitado casi, del hospital de la Universidad de Miami (…) una embriaguez rapsódica, una fuga incontenible empezó a dictarme un poema de espacio, en una sola estrofa de verso mayor”. Y un mes antes le había escrito a Luis Cernuda: “Ahora, hace tres años, tengo en mi lápiz un poema que llamo “Espacio” y sobrellamo “Estrofa”, y llevo ya de él unas 115 pájinas seguidas. Pero sin asunto, en sucesión natural. Creo en la escritura poética, como en la pintura o la música, el asunto es retórica, ‘lo que queda’, poesía”.
El primer fragmento de “Espacio” se publicó en Cuadernos Hispanoamericanos de México en 1943 y pasó sin pena ni gloria. Parece ser que sólo Gerardo Diego, el poeta del 27, escribió una reseña y a él dedicará Juan Ramón el poema.
La otra circunstancia externa al poema es que Juan Ramón, a la par que escribe “Espacio”, ha empezado, poco antes, otro poema largo, que titula “Tiempo”. Alguien dijo, no recuerdo la cita, que si “Espacio” es el punto más alto de la poesía de Juan Ramón, el cenit, “Tiempo” es el nadir, el mismo punto adentrándose en la tierra y complementándolo. Mi amigo, el profesor de la Universidad de Huelva, Manuel José de Lara, me informa de lo mucho que sabe y ha leído sobre estas circunstancias y, por si esto fuera poco, nos ha regalado una joya bibliográfica, una edición facsímil del “Diario” de Zenobia (1916). Emociona ver su letra apretada, tachaduras, anotaciones al margen de página. Incluso los días del dietario en blanco cuando no pudo escribir. Acompaña al libro de Zenobia el “Diario de dos recién casados”, que escribieron Juan Ramón y ella después de su boda (1916). Por si esta generosidad no fuera suficiente, adjunta a los Diarios la edición de “Lírica de una Atlántida” en Tusquets. ¿Cómo agradecer tanto?
No podemos reproducir aquí el primer fragmento completo, claro está, por eso vamos a destacar tres o cuatro pasajes donde se desarrollan algunos de los temas esenciales del libro.
“Espacio” comienza con una afirmación rotunda:
Los dioses no tuvieron más sustancia
que la que tengo yo. Yo tengo, como ellos,
la sustancia de todo lo vivido
y de todo lo por vivir. No soy presente solo,
sino fuga raudal de cabo a fin.
¿Ansia de eternidad? ¿Soberbia? Creemos que no. Está más cercano a lo que escribió Quevedo: “Ayer se fue, mañana no ha llegado, / hoy se está yendo sin parar un punto”. Es la percepción de lo presente como instante único de eternidad.
En ese vivir simultáneo, que no nostálgico, se superponen paisajes.
Qué amigo un árbol, aquel pino, verde, grande,
pino redondo, verde,
junto a mi casa en Fuentepiña;
pino de la Corona, ¿dónde estás?,
¿estás más lejos que si yo estuviera lejos?
Y qué canto me arrulla tu copa milenaria
que cobijaba pueblos y alumbraba en su forma
rotunda y vijilante al marinero.
(…)
Lo que fue esta mañana ya no es,
ni ha sido más que en mí”.
Así, el presente no es más que un punto de apoyo que junta ayer y hoy en un instante de eternidad.
No es el presente
sino un punto de apoyo o de comparación,
más breve cada vez; y lo que deja
y lo que coje, más, más grande.
No, ese perro que ladra al sol caído,
no ladra en el Monturrio de Moguer,
ni cerca de Carmona de Sevilla,
ni en la calle Torrijos de Madrid;
ladra en Miami, Coral Gables, La Florida,
y yo lo estoy oyendo allí,
allí, no aquí, no aquí, allí, allí”.
Un presente que es lugar de eternidad y comunión con las cosas.
Aquel chopo de luz me lo decía,
en Madrid, contra el aire turquesa de otoño:
“Termínate en ti mismo como yo”.
(…)
Alas, cantos, luz, palmas, olas, frutas
me rodean, me envuelven en su ritmo,
en su gracia, en su fuerza delicada, y me olvido
de mí entre ello, y bailo y canto,
y río y lloro por los otros embriagado.
No es panteísmo, es transmutación, comunión con la mansedumbre y el aire del árbol, vivir su altura.
“Chopo de luz”, llama el poeta a ese árbol; la luz como alimento: “¿Por qué comemos y bebemos / otra cosa que fuego o luz?”, se pregunta. La luz como materia que hace el mundo, y el amor.
Vosotras, yo podemos
crear la eternidad una y mil veces,
cuando queramos. Todo es nuestro
y no se nos acaba nunca. ¡Amor,
contigo y con la luz todo se hace,
y lo que hace el amor no acaba nunca!
Tomás Hernández






