
Cuando pensé en traer a este patio algún poema de Olalla Castro, busqué entre dos de sus libros, “Bajo la luz, el cepo” y “Las escritas”. No es que sus otros libros me gusten menos, -¡no!- es que en estos dos títulos está la Olalla Castro más escondida, la que presta su voz para que hablen otras voces. Tanto “Bajo la luz, el cepo” como “Las escritas” son libros donde hablan otras vidas, ausente, en apariencia, la poeta, que no habla de sí misma, “de su insignificancia”, como gustaba decir César Simón. En “Bajo la luz, el cepo” -qué hermoso título ¿verdad?- la voz es coral, en “Las escritas” se individualiza.
Tardé en decidir qué poema de esos libros escoger. Elegí el dedicado a Mary Shelley frente a otras escritoras menos leídas, porque ese poema es un ejemplo de cómo un asunto conocido, la biografía de Mary Shelley, se puede convertir en un poema de desgarro y belleza. También me decanté por ese poema, porque recordé el libro de Gil de Biedma, “Débil es la carne” -¡qué horroroso título!- donde recoge cartas, referencias indirectas y las circunstancias de aquellas noches en Villa Diodati, cerca del lago de Ginebra, donde Byron propuso el desafío de que cada uno de los asistentes escribiera un cuento de terror. De aquel reto nació Frankestein, “ese monstruo al que acariciamos”, como dice Olalla. Creo que del envite de Byron surgió sólo otro relato, el que escribió el médico Polidori, que acompañaba al hipocondríaco lord. La relación nunca fue cordial entre médico y paciente. Una de esas noches de alcoholes y desvelos, Polidori preguntó airado: “¿Qué pasa con Byron? ¡Tanto Byron! ¿Qué puede hacer él que yo no haga”? “Yo, contestó el poeta, puedo meter una bala en el ojo de esa cerradura, cruzar el río a nado y volver, y, luego, darte una monumental paliza”. Byron era un magnífico nadador y algo “broncas” a veces.
De aquellas noches queda, sobre todo, Victor Frankestein y Mary Shelley.
Mary Shelley
Al parpadeo de la llama medio extinguida, vi abrirse los ojos amarillentos y apagados de la criatura.
Escribir es también ser Víctor Frankestein. Coser pulmones, nariz, ojos y esperar que el milagro del rayo alumbre el movimiento. Llenar de carne la nada para que no dé miedo. Hacer latir lo muerto. Juntar trozos inermes de lenguaje para dar a luz algo que respire: una criatura extraordinaria, tan revulsiva como hermosa. Escribir consiste en crear un monstruo más grande que nosotros, un engendro capaz de estrangularnos al que, sin embargo, acariciamos.
Fui madre cuatro veces y hasta en tres ocasiones vi morir a mis niños (qué distinta la muerte cuando cabe el ataúd entre tus manos; cómo el dolor te vacía por dentro igual que una termita). Me enamoré de un hombre casado. Aguanté las miradas de todos y ahogarnos en deudas; ser primero la amante, luego la madre incapaz a la que arrebatan sus hijos. Conseguí el título de segunda esposa solo cuando el cuerpo empapado de Harriet, la primera mujer de Percy, flotaba sobre el lago Serpentine. Algunas noches me parecía que la boca se me llenaba de agua y despertaba tosiendo, con los labios azules.
Casi siempre lo que da más miedo no son los monstruos, sino la culpa que crece y crece hasta no caber dentro del armario, debajo de la cama. La culpa que, incapaz de ocultarse, acaba durmiendo con nosotros. Y, aunque la ciencia diga que podemos crear igual que dioses, esa culpa nos sigue separando de ellos, convirtiendo lo que hacemos en este engendro capaz de estrangularnos.
(Las escritas)
Además de esas caprichosas circunstancias personales, mi admiración por este poema fue inmediata. Transforma Olalla Castro (Mary Shelley) la creación del monstruo en una poética rotunda: “Escribir es (…) juntar trozos inermes de lenguaje para dar a luz algo que respire…”
En la segunda parte del poema recuerda Mary Shelley los sucesos más relevantes de su vida,
“qué distinta la muerte cuando cabe el ataúd entre tus manos”, escribe al recordar la muerte de sus hijos, y cierra el relato la sorprendente imagen de la ahogada, Harriet Shelley, primera mujer del poeta, cuyo cuerpo apareció flotando sobre las aguas del lago Serpentine en Londres. “Algunas noches me parecía que la boca se me llenaba de agua”. Esa identificación entre la ahogada y Mary Shelley siempre me intrigó. Quizá sea el sentimiento de culpa, “este engendro capaz de estrangularnos”, que estigmatiza a los libres y más si son mujeres.
Tomás Hernández







