Con una pregunta que nos llena de perplejidad, se abre este poema: “¿Qué habrá más delicado que morir?”
Sobre la mesa, “Ser el canto”, el libro preferido entre los de Vicente Gallego, y no es fácil la elección. Voy directo al Canto XLVIII, “Juan de Yepes entrega el espíritu”. Y acabo leyendo el libro una vez más, porque si entras en él, ya no puedes salir. Veo, bajo la dedicatoria de mi ejemplar, que Vicente ha escrito con letras mayúsculas: “ABRIL, 2016. AÑO CÉSAR SIMÓN”. Porque en ese año, Vicente publicó la “Poesía Completa” de César en Pre-Textos. El recuerdo de César siempre está entre nosotros y estoy seguro de que a él le habría gustado saber que somos amigos. Era costumbre en las primeras universidades que además de los clásicos, se estudiara en ellas algún autor contemporáneo, Garcilaso, Herrera, Fray Luis. “Ser el canto” podría ser uno de esos libros comentados en nuestras aulas universitarias. Todo lo sencillo y lo misterioso de la poesía está en ese libro.
CANTO XLVIII
(Juan de Yepes entrega el espíritu)
¿Qué habrá más delicado que morir?
No se molesta a nadie para eso,
nadie se va o se queda y todo brilla
al final por su ausencia meridiana.
Unos detrás de otros,
qué paso descuidado de gorriones
dimos al borde mismo
de nunca habernos dado un mal alcance.
Toda luz, olvidada de sus muertos,
abre su corazón la madre muerte.
Estaba en esas Juan
de Yepes, aquel hombre
de saberse estas cosas en la pura
pobreza de la vista.
<¿Qué hora es?>, preguntó.
<No son las doce aún>, le respondieron.
<No llegarán a serlas y estaré
cantando ya maitines en la gloria
del Señor de mi amor>.
Lo lloraban los frailes,
todavía presente y dando ejemplo.
Tomaron el breviario,
le quisieron leer
la Recomendación del alma.
Él los puso en lo cierto:
<Déjenlo, por amor
de Dios y aquiétense. Dígame, padre,
de los cantares sólo,
que eso no es menester>.
Oía de la boca de un amigo
aquel cantar de amores que él hiciese
crecerse con el suyo, y ya iba queda
quedándose la hora sosegada.
Pasó por Juan la muerte,
dijo él a su paso: <¡Qué preciosas
margaritas!>, y allí
se abrió el claustro a los montes,
quedó la muerte lúcida de sol.
No habiendo menester en su morir,
qué delicadamente vio
en su muerte sus flores Juan de Yepes.
Tras la pregunta de sorpresa y perplejidad, la elegía, “lamento fúnebre por la pérdida de alguien o algún hecho luctuoso” según la retórica, se transforma en un canto de luz lleno de gozo. No hay queja alguna ante la muerte, aunque lloren los frailes y busquen en los libros de oración los pasajes que más propicios fueran a oficio de difuntos, pero el fraile reclama: “Dígame, padre, de los cantares sólo”.
Suelen las elegías empezar con una imprecación a la muerte: “Ay muerte, muerta seas, muerta e malandante, / matásteme a mi vieja, matases a mí enante”, recrimina el Arcipreste de Hita. Aquí la imprecación es ese verso de dulzura: “¿Qué habrá más delicado que morir?” El panegírico, la exaltación de la biografía del héroe y sus cualidades morales, se reduce en el poema a ese sencillo
“pasó por Juan la muerte”.
Hay en este poema, y en toda la poesía de Vicente Gallego, un decir tan cercano y, a la vez, tan delicado, por usar su adjetivo, que es difícil encontrar en otros poetas. La precisión expresiva, “él los puso en su sitio”; la imagen de belleza y sugerencias, “de saberme estas cosas en la pura / pobreza de la vista”, la palabra cercana, “estaba en esas Juan de Yepes”. Estamos aquí, en la celda del monje que agoniza en un camastro pobre, mientras pregunta por la hora de su muerte y pide “aquel cantar de amores, que él hiciese / crecerse con el suyo” y oye los versos, mira unas margaritas como único atavío de despedida.
De sencillez y asombro está hecho este poema, y toda la poesía de Vicente Gallego, el discípulo predilecto de César. Pero, como dice el poeta en el Canto XI:
Dejáos de sermones, cosas todas,
y vamos a lo nuestro,
y vamos a este mar de los naufragios;
hazte de noche en mí, carne que tiembla.
Tomás Hernández






