Manual de urbanidad / Tomás Hernández

 

“Traidor, felón, presidente ilegítimo, “chauvinista”, adalid de la ilegalidad, incapaz, irresponsable” y otras lindezas llamó Pablo Casado al presidente Sánchez. Aquella ristra de improperios me recordó un poemilla que la princesa Walada de Córdoba dedicó a un amante, ex-amante probablemente. “Tu apodo es el hexágono, un epíteto / que no se apartará de ti / ni siquiera después de que te deje la vida: / pederasta, puto, adúltero, cabrón, cornudo y ladrón”. El reproche amatorio de Wallada no es menos agrio que la descalificación política de Pablo Casado.

El domingo último, el “criminal” Salvador Illa ganó las elecciones en Cataluña. Criminal llamaron al ex-ministro por su gestión de la pandemia. No sé si fue Casado, el diputado Egea o algún portavoz quien lo insultó con tanta brutalidad. El domingo Illa ganó las elecciones después de una gestión de la pandemia con errores, dudas y vaticinios a veces en exceso optimistas. Pero, a diferencia del espectáculo vergonzoso en que se han convertido las matinales de los miércoles en el Congreso, entre abucheos, silbidos, improperios, palmetazos en la banca y pataleos por el suelo, Illa no insulta, ni grita, ni señala con el dedo. No sé por por qué el socialista Salvador Illa ha ganado las elecciones. Quizá los huidos del derrumbe de Ciudadanos o el hartazgo de los nacionalismos que también se pelean entre ellos, o -¿por qué no?- las buenas maneras durante sus comparecencias como ministro y durante la campaña electoral. ¿Por qué no?

Esta mañana un preclaro tertuliano ironizaba sobre el hecho de que el auge del independentismo había llegado con un gobierno de Sánchez, no de Rajoy. Como me dice Almudena, los independentistas no crecen como las setas, de la noche a la mañana, con un poco de lluvia. El preclaro comentarista olvidaba quizá las imágenes de Rajoy, entonce jefe de la oposición, por plazas y mercados, taco de folios en ristre, pidiendo firmas para la denuncia en los altos tribunales del Estatut. “Aquellos polvos trajeron estos lodos”. Frente al insulto, Salvador Illa nos hablaba con la parsimonia aburrida de un fraile mínimo; entre tanto alboroto, un poco de “seny”. Quizá algunos catalanes hayan visto algo así.

Tomás Hernández


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