
Como era lo esperable y cualquier otro desenlace un fantaseo ajeno a toda conexión con la realidad vivida, ante el mundo entero y, bien que apoyado con moderada discreción, Nicolás Maduro se ha proclamado Presidente-dictador de Venezuela decretando su antidemocrática impunidad frente al mandato de las urnas. No otra cosa se podía deducir de la precipitada publicación por parte del organismo a sus órdenes de los resultados electorales que lo declaraban ganador de los comicios. Tras ciertos escrúpulos fingidos prometiendo la publicación de las actas y una farsa ante el Tribunal Supremo de Venezuela presidido por una militante declarada del que es de hecho el partido único de Venezuela, el autócrata venezolano aparcó todo remilgo y se dedicó a la represión sistemática y violenta de la Oposición que ha denunciado sus políticas liberticidas y el fraude electoral perpetrado por una dictadura que ha hecho patente su ánimo de perpetuarse por medio de la farsa de su juramento como Presidente electo. Crímenes, detenciones arbitrarias, secuestros y todo tipo de coacciones han sido la reacción de la satrapía caribeña liberada ya de todo freno ante la imposibilidad de convencer a nadie de la limpieza del escrutinio y del respeto por los derechos humanos del régimen encabezado por Maduro. Sólo quienes odian la democracia liberal están con el régimen bolivariano, demostrando de , una doblez muy habitual en los espacios ideológicos “talibanizados”,las primeras son abolidas no existen tampoco las segundas.
Frente a toda esa desolación y miseria política, a la que se une la económica, se ha alzado sin embargo la fuerza imponente de una mujer, María Corina Machado, la valiente líder opositora a la tiranía surgida del chavismo. Esta mujer venezolana no es ese segundo sexo teorizado por Simone de Beauvoir (“la mujer no nace, se hace”) y demuestra que el hecho biológico que negó en su día importa y mucho junto con otros factores vitales y culturales que jalonan la existencia de cada persona. Como anécdota recordar que la teoría del género de Beauvoir no le impedía mantener una intensa atracción por un amante, escritor como ella, rudo y machista para el que estaba dispuesta, según le confesó en una carta, a cocinar para él y lavar los suelos de la casa que compartían algunas temporadas. Una doblez muy habitual en los espacios ideológicos “talibanizados” sobre la que sería interesante conocer si Sartre, su pareja oficial hasta la muerte del filósofo, obtuvo parecidas muestras de sumisión al mal llamado sexo fuerte. Esos roles de género preasignados saltan por los aires cuando se compara el nivel de valentía física y moral de María Corina Machado con Nicolás Maduro, dejando bien marcada la diferencia entre quien se juega la vida por sus conciudadanos y la democracia y el que se parapeta tras los poderes del Estado ilegítimamente obtenidos para convertirlos en mecanismos de represión y arbitrariedad. María Corina Machado es una mujer que no ha sido definida ni lo necesita, ella se ha autodefinido fijando sus propios objetivos, saltando sobre los supuestos roles de género que le debieron impedir ser la que hoy es.
La sorpresa, o quizás no tanta, llega del vacío inmenso que se ha creado en la mayoría de medios convencionales y colectivos “ad hoc” ante la condición de mujer de María Corina Machado. Así como vemos a diario la exaltación pública y desmesurada de hechos banales y la sobreprotección que sobre grupos muy definidos se promueve, la lucha de esta Atenea humana se desarrolla entre la indiferencia y la luz de gas a la que someten a esta mujer de arrojo excepcional por parte de quienes pese a su innegociable feminismo dejan que colapse puesto frente a las afinidades ideológicas compartidas con el dictador Maduro. Y no es tanta la sorpresa porque hablamos de una dictadura que se declara a la vez socialista y feminista, una simbiosis en la que al igual que la dictadura del proletariado se ejerce por una élite donde el proletario es una hipóstasis deshumanizada que justifica alcanzar el poder por cualquier medio, de igual modo concibe la lucha por la mujer privándola de su esencia, toda ella mera construcción cultural, al ignorar, con enrevesadas disquisiciones, su identidad más primaria. Más aún, se denuncia la situación de la mujer precisamente allí donde su emancipación carece de impedimento legal alguno, mientras se justifica, por razones culturales (¡), su discriminación objetiva en otras sociedades, sin que por supuesto vean contradicción alguna en defender ambas cosas al mismo tiempo. Y es en esa radicalidad en la que se inserta la excusa para inadmitir todo diálogo o contraste abierto de ideas bajo la excusa de negar al discrepante todo atisbo de buena voluntad con el no hay ni que molestarse en razonar, basta rechazar cualquier cuestionamiento de la teoría con los epítetos al uso convertidos en “falsillas” con las que dar la apariencia de rectitud a los renglones torcidos de la intransigencia.
Para el desconcierto (o la infamia) quedan las recientes gestiones de Lula da Silva y Macron con Maduro pidiéndole que deje de intimidar a la oposición y que retome el diálogo para restaurar la democracia. Este tipo de iniciativas en las circunstancias presentes, con un Maduro que no ceja en la amenaza y la violencia para imponerse en el poder, no pueden quedar amortizadas a título de ingenuidad o alguna esperanza con fundamento de obtener alguna claudicación del dictador por mínima que sea. Lo cierto es que Lula, que acaba irónicamente de celebrar el triunfo de la democracia contra el golpismo en 2.023, ha mandado una representación a la toma de posesión de Maduro y grabado está el regalo en forma de encuentro público de Macron con el dictador hace dos años en el COP 27, lo que permite albergar dudas sobre las verdaderas motivaciones de hacer públicas estas invitaciones al diálogo que dan estatus de interlocutor válido al autor de una estafa electoral cuando como demócratas lo que tenían que exigirle es la renuncia inmediata y que permitiera la toma de posesión del Presidente votado por los venezolanos. A Macron y Lula, declarados feministas, María Corina Machado tampoco parece sugerirles gran cosa y prefieren los discreteos con el dictador.
José María Sánchez Romera






