En nuestro pueblo, como en todos los rincones de la costa, hay una nutrida y variada colonia extranjera. Están los amigos de Senegal, Alou, Ibrahim, Malick, que cumple años estos días, Mahmadou… También las familias que llegaron de Marruecos y los procedentes de distintos países europeos. Luego, los que cruzaron el gran charco desde los países de Hispanoamérica. Todos ellos son inmigrantes.
Ya dijimos aquí, hace unas semanas, que no nos gusta esa mirada neocolonialista en la que tanto se insiste, del inmigrante como mano de obra imprescindible para el desarrollo de la economía y no sé cuántas cosas más. El amo de una plantación esclavista pensaría lo mismo. Prefiero pensar que cada una de las personas que decidieron venir aquí y quedarse entre nosotros, tiene sus razones y preferencias. A unos les atrajo un clima benigno para la vejez, a otros, la belleza y a muchos, un trabajo, un proyecto de vida o cambiar de aires. ¿Por qué no? Y aquí es donde Feijóo se lía un poco; en el asunto de las preferencias, las motivaciones y los derechos. Porque Feijóo ha dicho, hablando del no-problema de la inmigración, que algunos barrios se están volviendo irreconocibles. ¿Se refiere a La Cañada Real de Madrid? ¿O a los barrios de siempre, inhabitables ahora por la avalancha de pisos turísticos? Y para evitar, dice Feijóo, que la inmigración acabe destruyendo nuestra ¿identidad nacional? propone una especie de máster en inmigración.
Se trataría, como axioma principal del argumentario, de elegir a aquellos con los que compartamos una afinidad cultural más cercana. Dejemos este espinoso asunto. Daría para una enciclopedia. Pero elegir por afinidad cultural, de procedencia o incluso lingüística, me resulta discriminatorio, una especie de triaje social. El máster de inmigración de Feijóo tiene sus objetivos, como todo máster que se precie. Se trata de elevar el nivel de exigencia lingüística, cultural y constitucional. La cursiva es cita literal de Santiago Abascal. Creo que Feijóo se debate entre dos mentores ideológicos; un Abascal al que ha dado por citar literalmente estas últimas semanas, y Ayuso o la alargada sombra de Pablo Casado. Con Ayuso no se juega, por ahora. Justifica el ¿líder? del PP su cursillo acelerado de identidad patriótica, porque la nacionalidad no se regala, la cursiva también es de Abascal. Hace unos años, pocos, esa identidad se adquiría si te comprabas un casoplón con muchos cuartos de baño.
En la letra pequeña del máster de Feijóo, se añade, como si tal cosa, que quienes no tengan contrato de trabajo no tendrán derecho a la acreditación de residencia, y los que cometan algún delito serán inmediatamente expulsados. Y ahora surgen mis duelos y preguntas. Supongamos que un amigo, un conocido, un vecino, que sea francés, alemán o sueco, comete un delito. Suponemos que sería juzgado y cumpliría la sentencia que se dicte, pero no sería inmediatamente transterrado a su país. ¿Y si nuestro amigo, conocido o vecino es africano, marroquí o ecuatoriano, sí lo arrojamos al destierro? ¿Por?
Ya dije que esto de la selección cultural tenía un hedor agrío. ¿O estamos hablando de inmigrantes ricos e inmigrantes pobres? ¡Acabáramos! Para eso no hacía falta tanta retórica ilegal, injusta y xenófoba. ¡Ánimo, Alberto!
Tomás Hernández







