Si la historia tuviera voluntad se diría que ha decidido volvernos locos, no bien ha ocurrido un suceso relevante, otro lo desbanca de la actualidad, pudiendo el anterior, no obstante, volver al primer plano en cuanto se conoce algo nuevo y así a diario. La semana nos deja exhaustos: Puigdemont decide romper con el Gobierno, se cumple un año de la trágica DANA de Valencia y el Presidente del Gobierno tiene que comparecer ante el Senado para contar lo que (no) sabe del asunto Koldo-Ábalos. Imposible asimilar para ciudadano medio toda la información que se genera a partir de esos acontecimientos y de ahí el interés por el dominio de la fugacidad televisiva en la lucha partidista, no hay más que oír al Presidente de RTVE cómo se faja en el Parlamento sin el menor disimulo con los partidos de la Oposición, como si fuera un de cargo más de los que forman parte del Gobierno. De hecho, si no fuera por las denostadas redes sociales el centro-derecha tendría la batalla definitivamente perdida y por eso la izquierda ahora abomina de ese medio de transmisión de hechos e ideas sin filtrar que escapa a su control, de momento al menos.
Sin duda alguna el asunto más importante es el del Presidente de la Generalidad Valenciana en esa mezcla maliciosa que se ha creado entre la responsabilidad política y la penal. En relación a este asunto y la cantidad de implicaciones que tiene, los otros dos no pasan de ser confirmación de cosas que se saben o que deberían saberse. La ficción de una mayoría progresista fue la coartada para justificar un pacto con un adversario ideológico dispuesto a favorecer con sus votos la formación de un Gobierno de izquierdas a cambio de borrar por ley sus delitos. La falsedad de esa narrativa quedaba cuestionada en cada votación del Congreso de los Diputados y su prolongación iba destrozando a Junts cuyo progresismo se ha hecho transparente cuando le ha salido un competidor, Alianza Catalana, que responde a las esencias: independentista, antiinmigración e integrista, bajo el liderazgo desacomplejado de Sílvia Orriols. Pero, con o sin Junts, el Gobierno no tiene, ni ha tenido, programa ni proyecto ni, por lo mismo, tampoco presupuestos. El único propósito identificable es llevar la legislatura lo más lejos posible o abortarla en el momento que más convenga.
La otra fecha señalada del calendario, la comparecencia del Presidente ante el Senado, sólo podía entusiasmar a quien desconozca la mecánica de las comisiones de investigación. El formato mediante el cual las preguntas se acompañan de juicios de valor, las respuestas también, a la vez que tanto los parlamentarios como los comparecientes tienen permitido divagar y debatir entre ellos en vez de centrarse en averiguar lo que se supone que la comisión tiene interés por conocer, anticipa la inutilidad de las sesiones, por no hablar de sus conclusiones, prefabricadas por quien tenga la mayoría. Si el llamado a comparecer sufre por coincidencia un episodio agudo de amnesia frente a las preguntas incómodas, el interrogatorio cae en lo retórico, sin que el olvido persistente, por más sospechoso que resulte, tenga la menor consecuencia. En un tribunal cualquiera la desmemoria no diagnosticada acarrea serios problemas.
Lo del Presidente de la Generalidad Valenciana Carlos Mazón sí es una cuestión grave porque son más de doscientos muertos los que hablan a través de las familias que perdieron a los seres más importantes de sus vidas. Como es habitual desde el naufragio del Prestige la izquierda convierte los episodios catastróficos en una autoría directa de los responsables políticos, naturalmente si no es ella la que gobierna. En el desuello programado del Sr. Mazón se quiere establecer una relación de causa-efecto entre su comida aquel fatídico día 29 de octubre de 2.024 y los muertos por la riada, como si una cosa derivara de la otra de forma necesaria. Es sabido que la coincidencia de dos hechos en el tiempo no los vincula necesariamente, correlación no es causalidad, y quienes tratan de hacer ver lo contrario mienten. Es indiscutible que el Presidente valenciano estuvo el día equivocado, en el lugar equivocado, a la hora equivocada y que no supo valorar la gravedad de la situación que se le planteaba. Su responsabilidad política y el gesto obligado de dimitir nacían desde ese momento, llamarlo criminal y asesino cuando ni siquiera tenía la obligación legal de estar en el famoso CECOPI no demuestra otra cosa que añoranza por esos tribunales populares donde fiscal, juez y verdugo son funciones intercambiables. Sea como fuere, la cuestión para la parte activista de la izquierda, que no es toda la izquierda, aunque sí la que actualmente toma las decisiones, Camps fue absuelto de todas las acusaciones y Díaz Ayuso cuenta por docenas los archivos de las denuncias por la gestión de las residencias de ancianos sin que nada haya cambiado en el discurso de sus acusadores, por lo que acierta quien piense que hubiera dado igual cualquier cosa que hubiera hecho Mazón ese día.
No nos engañemos, lo que se organizó el jueves el funeral fue por Mazón, un cabeza de turco con el que seguir agitando la calle, recurso predilecto de una izquierda en problemas. Como lo ha sido la ya olvidada Palestina, como aquel “no a la guerra” o, recientemente, en Andalucía por las mamografías, donde sobre la verdad de un error de gestión (que se ha producido en otras comunidades regidas por la izquierda) se quiere abatir al Gobierno autonómico del PP. A la Consejera Andaluza de Salud y a la Justicia e Interior valenciana les costó su cargo, pero es perder el tiempo tratando de recordar las dimisiones o ceses provocados por la gestión de la pandemia, el apagón de abril o los fallos de las pulseras electrónicas de los maltratadores. Mazón tiene muchos incentivos morales para dimitir, políticos, viendo quienes se lo exigen, ninguno.






