10-febrero 2025 / Cesarion Stuart / Son las doce del mediodía atravesadas por el toque de campana que la anuncian veteado por voces extranjeras que pasan por la calle atravesando la espina dorsal y urbana del pueblo en la zona antigua. Un esquinazo de sol pasa por mi ventana. El sol de febrero en el mediterráneo arropa la sensación fría de la mañana cuya mezcla levanta los mejores colores al paisaje: el azul del mar arrugado por la brisa que recorre sobre la superficie; un vientecillo frío que hace clemente soportar el sol que, sin la brisa, mostraría el natural picazón de su cenit estacional. El color y el aire transparente entre la tierra y un cielo también azul convirtiendo la naturaleza en espacio acrónico sin cualquier intervención humana en ello o, lo que es lo mismo, ajeno a cualquier contemporaneidad y a su vez presente a todas ellas por su naturaleza de eternidad cósmica: cualquier mortal pudo ver esto en distintas edades y otros vendrán que sobre las ruinas de las anteriores contemplaran rielar la brisa en un mar de similar color y que refresca el sol sobre la piel. Es contemplación en sí misma ausente de pejigueras existenciales: pura vida sin concesiones a cualquier disquisición sobre el sentido de la misma. Me dejo llevar frente al mar, el color, ese sol bonachón de febrero. ¿Estará ahí la verdad? Al menos es la Naturaleza en toda su esencia.
Me pongo como propósito del mes volver a los Diarios de Rafael Chirbes (tres tomos editados por Anagrama que suman unas 2.500 páginas). Me pasa con estos diarios que nunca termino de leerlos porque sus reflexiones sobre las lecturas que el comenta me lleva a algunos de los autores que cita y que no he leído (un descubrimiento mágico fue Raffaele la Capria). Aparte alguna de sus consideraciones perfectamente respetables pero que puedo o no compartir, su lectura siempre enriquece y sobre todo la honestidad que refleja el texto tanto en los acuerdos como en desacuerdos. Chirbes ha amado mucho y como todo quisque con sus aciertos y desaciertos y en algunos momentos puede parecer que la veracidad de lo que cuenta está destinado a ser semilla de una futura ficción. Hay un párrafo donde exprime el dolor que provoca la visión de objetos y momentos que adquirimos o vivimos con un amor ya acabado: » En el amor, hay que ver que prisa se da uno por cargarse de recuerdos comunes: libros, discos, lugares, mots de famille: como si no fuera precisamente toda esa ganga la que te hace pagar un elevado precio a la hora de la ruptura. Una vez que la historia de amor se acaba, esos objetos, sonidos, lugares o caras que viste u oíste con la otra persona, lo que oíste y palpaste, te persigue por todas partes, te asedian y te impiden levantar cabeza». La experiencia en mayor o menor grado suele sucedernos. Aunque, también es verdad que esa proyección anímica requiere de un alto grado de intensidad y de un verdadero amor hacia la otra parte, que en muchos casos algunos desconocemos. No así la referencia que hace sobre los olores; «ese doloroso peso» lo describe, cuando en la «construcción de otra historia sentimental. El cuerpo que ahora abrazas no huele como el de la otra persona, nadie huele igual que nadie». En ese momento, cuenta «el disfrute que parecía el inicio de tu curación, de repente se te vuelve desagradable, repulsiva, casi siniestra, porque al abrazarla te ha llegado el olor, que en nada se parece al que esperabas,…». Ese momento de nota olfativa puedo darlo por experimentado, y aseguro que puede llevar al traste muchas relaciones que pudieron tener su progresión, pues no sólo estropeó esa noche concreta sino también cualquier trayectoria futura. Siempre me pregunto que dudas levantaría en aquellos que creyendo ser un bonito pedazo de carne, a la manera del Sansón de Romeo y Julieta, se vieron rechazados y sin excusa ante la inexistencia de ese aroma a limón y cuero de aquella piel y de la que empapé pituitarias escasas noche y, llegado al melodrama, para el amor un hombre marcado. «Cierra ventanas, echa cerrojos y se forja a sí propio una noche artificial», dijo papá Montesco de su niño Romeo, luego ya sabemos lo que ocurrió.
Aunque no venga al caso, pero que sí viene, veo en Prime dos joyas de mi cine: Il vitelloni de Fellini y Ossesione de Visconti. Las vi en la filmoteca hace muchos años, también las dos juntas en sesión doble de unas jornadas de cine italiano. Ambas me traen efluvios de aquel limón-cuero, pues las vimos.







